Caras y caretas cordobesas

El semanario porteño ofrecía en el tercer mes de 1904 una nota a dos páginas ilustrada con varias fotografías de muebles antiguos coloniales, parte de una importante colección reunida por el médico alemán y anticuario Jacobo Wolff en la ciudad de Córdoba.

Cultura 27 de mayo de 2024 Víctor Ramés Víctor Ramés
Colección Dr. Wolff
Publicación de "Caras y Caretas", 19-3-1904. Fotografías con sus epígrafes.

 Por Víctor Ramés

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El Dr. Jacobo Wolff, coleccionista (Primera parte)

En ocasión de referir la historia del Museo Politécnico de Córdoba, en una serie de entregas anteriores, se encontraron referencias al médico alemán radicado en Córdoba en 1889, Dr. Jacob Wolff, una personalidad distinguida de la época, que se destacó no solo en su profesión altamente estimada, sino también por ser un serio coleccionista dedicado a reunir piezas históricas de diversos rubros. Nacido en 1861 en Edenkoben, pequeña ciudad de Renania, el Dr. Wolff se instaló en Córdoba y se fue convirtiendo en uno más de sus habitantes, totalmente incorporado a la vida profesional y cultural de la ciudad capital. Quien legó datos de interés sobre esta figura de la clase social acomodada, fue el insoslayable Efraín U. Bischoff, de cuyo trabajo: Dr. Jacobo Wolff. Un alemán cordobés, publicado en 2006, proceden la mayoría de los datos que se conocen sobre él.

Una anécdota es citada en el libro de Fernando José Ferrari, De la locura a la enfermedad mental en Córdoba: 1758-1930 - Una historia cultural de los discursos y prácticas médicas sobre la locura (2018). Allí se refiere el hecho de que “el infante Juan Filloy fue curado por el Dr. Wolff: «algunos episodios de Esto fui, las ‘Memorias de la infancia’ escritas por Juan Filloy, remiten a rasgos del siglo XIX alemán que dejan sus huellas en la Córdoba del comienzo del siglo XX. Al contar un accidente sufrido en la infancia, a causa de que fue despedido de una jardinera arrastrada violentamente por un potro, indica que lo llevaron ‘al consultorio del doctor Wolff’ y comenta que este ‘sabio alemán’ fue el que en definitiva lo curó».” 

Vinculado a la actividad cultural de Córdoba, Wolff fue cónsul honorario de Alemania en esta capital, y también participó de la institución cultural El Ateneo de Córdoba, por su cercanía con Gerónimo del Barco, en 1894, que entonces presidía el Dr. Pablo Julio Rodríguez, y de la que Wolff sería en un momento primer vocal. Se menciona en la prensa una conferencia dictada por el médico en 1898 que trató sobre la tuberculosis y el clima de Córdoba.

A poco de asentarse en la ciudad, Wolff estableció una estrecha relación con el Presbítero Jerónimo Lavagna, quien dirigía el Museo Politécnico instalado en la antigua casa del Virrey Sobremonte, desde 1887. Ambos compartieron un intenso interés por las actividades arqueológicas y por el coleccionismo. Tomando la personalidad de Jacobo Wolff en su dimensión de anticuario, su figura aparece vinculada en particular a la labor oficial en la que tuvo protagonismo en la primera década del siglo veinte y hasta su fallecimiento en 1917. Precisamente fue el Museo Politécnico su centro de actividad, ya que, al morir el Presbítero Lavagna en 1911, se le encomendó al médico la dirección de esta institución generalista, que se hallaba en permanentes etapas de organización después de varios años de fundada. Como señala la investigadora Ana Clarisa Agüero, durante la gestión de Félix T. Garzón se encargó conjuntamente al pintor Emilio Caraffa, entonces director de la Academia Provincial de Bellas Artes, y al anticuario alemán Jacobo Wolff marcar un programa para las colecciones existentes, lo que propusieron en 1912. 

Varios años antes de entonces, la importancia de Jacobo Wolff en su rol de amante y buscador de las antigüedades era reconocida a nivel nacional gracias a una nota que le dedicaba la revista Caras y Caretas el 19 de marzo de 1904, centrada en la colección de muebles coloniales reunidos por el médico alemán. La revista reputaba dicho conjunto como “la más completa que existe en el país”, y aportaba una serie de razones para calificarla de esta forma, atribuyendo al interior argentino, Córdoba en particular, ser un verdadero depósito de piezas de este tipo conservadas en diversas casonas, conventos y antiguas instituciones que preservaban elementos desde el antiguo régimen, cuyo final cumpliría un siglo en poco más de un lustro. 

A continuación, se transcribe un primer fragmento tomado de esas páginas del semanario, lo que será completado en una próxima entrega.

“En medio del degenerado culto á las cosas Luis XI, en que por lo común solo se trata de pura pacotilla para regalo del burgués aureus, es una verdadera satisfacción darse con objetos genuinos, muestras efectivas y no imitaciones groseras de aquel arte que fue encanto de su siglo, y que aún hoy, entre la maraña de falsificado mal gusto, deleita con sus líneas elegantes.

Imponiéndose a la admiración de nuestros tiempos positivistas e incómodos.

En Europa, este placer estético puede gozarse en toda su amplitud por poco que se visiten los grandes museos de la capital francesa; pero entre nosotros, el hecho resulta una verdadera hazaña, sobre todo si se piensa que no en Buenos Aires sino en el inferior de la república, bien que en la Docta ciudad, es donde se encuentra algo característico en tal sentido.

La cosa se explica. En el litoral los cambios y evoluciones domésticas fueron siempre violentos, así en la paz como en la guerra, en razón de la mayor actividad de la vida. En el interior el elemento tradicional, ya fielmente guardado por entonces, consérvase aún impregnando profundamente el carácter nacional; y así en los hogares patricios, de vástagos de adelantados o de funcionarios coloniales, en los conventos y colegios de misioneros, en las casas consistoriales, cabildos, audiencias, etc. mantúvose largo tiempo el mueblaje típico del siglo, los monumentales sillones y armarios, los solemnes escritorios, las consolas, cornucopias, bargueños, y demás ostentosos adornos de aquellos salones que apenas podemos representarnos hoy mediante los escasos datos de la crónica y la paciencia de algún coleccionista.

El doctor Jacobo Wolff, conocido medico establecido en Córdoba, ha tenido el buen gusto de reunir la mas completa colección de estas cosas, que seguramente existe en la actualidad en el país y que es la que en mínima parte presentamos en nuestros grabados.”

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