El vacío de poder alienta los saqueos

Un kirchnerismo que se abstuvo de reprimir incluso en sus tiempos de mayor fortaleza hoy está imposibilitado de revertir la anomia en la que estamos entrando.

Nacional 23 de agosto de 2023 Javier Boher Javier Boher
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Por Javier Boher

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Los diciembres siempre son complicados en este país. No podría decir si se debe al calor, a que hay que gastar mucha plata en regalos o a los ciclos electorales, pero siempre las cosas se ponen movidas. Cuando fueron los saqueos por los paros policiales de 2013, la entonces presidenta Cristina Kirchner aseguró que en 1989 y 2001 la organización había estado en manos de su partido. Quizás eso también tenga que ver.

Lo cierto es que el pasado fin de semana, tal vez por el efecto abrumador del viento zonda y por unos calores excesivos para la época, el malestar y movilización de diciembre se nos adelantó un par de meses. Además del calor hay clima electoral, y si no se está gastando en regalos -porque esta vez fue solo para los niños, no para toda la familia- hubo que gastar mucho por una aceleración inflacionaria que le pegó a todo los rubros.

Si el domingo no muchos le habían prestado atención a los movimientos en algunas ciudades del país, el lunes ya miraron con otros ojos porque se estaba volviendo algo un poco más serio. Ayer martes la cosa se hizo mucho más palpable. Las imágenes de tumultos en distintos puntos del país se confundían con algo mucho más concreto que la mediación de las redes: en algunos grupos se comentaba sobre cómo se habían escuchado los tiros en sus barrios. Quizás no hubo saqueos, pero algo rompió el ritmo habitual.

Ciertamente habrá algunos con ganas de decir que esto es parte del modus operandi del peronismo, que siempre ha buscado desestabilizar a los gobiernos cuando le tocó estar en el llano. Mal perdedor, el justicialismo no sabe estar al margen de los resortes del Estado sin poder opina sobre las decisiones políticas o económicas. Prefieren estar en el medio y hacer las cosas mal que estar al margen esperando a que el otro sea el que se equivoque.

Esta vez, sin embargo, al cosa es diferente. Es el mismo peronismo el que está en el gobierno, todavía faltan tres meses y medio para que cambie el inquilino de la Casa Rosada, y las tradicionales organizaciones de base del peronismo están todas alineadas con Alberto, Massa y Cristina: gremios y grupos piqueteros ya expresaron su apoyo a la fórmula oficialista, por lo que resulta difícil creer que podrían ser ellos mismos los que conspiran para ponerle fin a 16 años de kirchnerismo.

Esto parece obedecer a otras razones, de donde asoma una por encima del resto: la derrota del oficialismo generó un vacío de poder absoluto. Si el kirchnerismo siempre prefirió abstenerse de intervenir en estos problemas, nunca antes había estado tan débil y a las puertas de abandonar el poder. Si en condiciones normales nunca actuó, ¿por qué habría de actuar ahora, que está en retirada pero tratando de remontar una elección en la que el peronismo quedó tercero? La derrota electoral desencadenó un proceso que estaba latente.

Eso le pone el marco a esta agitación social, que se nutre de una mala situación económica a la que se llegó tras dos décadas de relativizar el valor de la propiedad privada, el esfuerzo para alcanzar los objetivos y el respeto por los derechos de los otros. Es el único corolario al que se puede llegar tras la fallida experiencia kirchnerista, que nunca supo resolver las disputas de la crisis de 2001, sino que apenas las administró según su beneficio, hasta que se le terminó volviendo con contra. Hoy estamos social y políticamente peor que entonces, lo que se puede ver en estos hechos.

En aquellos días de la caída de De la Rúa la economía estaba agotada. La convertibilidad ya no funcionaba, el desempleo estaba en dos dígitos y la pobreza llegaba a casi la mitad de la población. Hoy la desocupación marca valores insólitamente bajos para lo que son los otros indicadores, con la pobreza atacando a casi la mitad de la gente y con perspectivas de que empeore si la inflación sigue subiendo.

El “Estado presente” debe haber sido un ñoqui estatal al que le marcaba tarjeta un compañero, porque nunca estuvo para nada de lo que necesitaba la ciudadanía.

Si en aquel entonces la gente se conmovía viendo los saqueos por televisión, hoy todo cambió. Aquella situación económica hacía que la gente se preocupe por los pobres, pensando en las carencias alimenticias que podían llegar a tener. Todo eso desapareció. El kirchnerismo se robó hasta la capacidad de pensar en el otro.

Las imágenes de robos piraña e intentos de saqueos se confunden con audios sobre supuestos punteros organizando a la gente para ir a aprovecharse de la anomia en la que se vive, donde el comercio de barrio que apenas cambia la plata para no ser pobre tiene que buscar medios para protegerse como si tuviese espalda para soportar que le vandalicen el local y le lleven la mercadería.

Todas esas imágenes y audios no movilizan compasión por la gente con hambre, sino todo lo contrario: tantas veces nos quemamos con leche que al final aprendimos que el que tiene hambre no roba, que el que roba es un delincuente que aprovecha una oportunidad. Así, el sentimiento mayoritario entre quienes comparten ese material emerge con claridad: hacen falta orden y seguridad. Quieren detenidos, quieren balas. Quieren patrulleros y quieren ver a gente que vaya a la cárcel. Hay que agradecer que no existe libre portación de armas, porque esto ya sería un caos asfixiante.

Los que dijeron que esto se resuelve con educación tuvieron 20 años para probar sus recetas, que nos dejaron peor que cuando llegaron al poder. Por supuesto que el planteo de fondo no se descarta por la inutilidad de algunos, pero también hay que hacer otras cosas para proteger al que trabaja, al que produce o al que invierte. No se puede vivir si el Estado no hace aquello para lo que existe, defender la vida y la propiedad. Deberían tomar nota de que todo lo demás sacó menos del 30% en las urnas.

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