
La heroicidad de los antihéroes
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
No debería extrañarnos que los grandes relatos de las hazañas reales o ficticias que constituyen el acervo cultural de la humanidad, ponderen a un héroe como el responsable de haber llevado adelante esa proeza. Esa figura representó a lo largo de los siglos el ejemplo a seguir, por su templanza, por su inteligencia, por su valentía, por su fortaleza y por todas esas otras cualidades que rodean a esos seres de una raza superior, a los que los simples mortales deberían parecerse aunque más no sea un poco. Hasta las exageraciones eran bien recibidas si contribuían al propósito de elevar la vara.
Frente a esa épica, existió desde la antigüedad otra rama de narraciones en las que, por el contrario, se sucedían fracasos que también resultaban aleccionadores, pero que en realidad tenían como objetivo causar gracia y que, cuanto más absurdas, mejores resultados obtenían. La comedia (o cualquier propuesta de tono humorístico) solía presentar a uno o varios personajes que, en la búsqueda de concretar sus aspiraciones, cometían errores que los ponían en ridículo. Y eran esas situaciones las que provocaban el efecto buscado de desatar sonrisas, cuando alguno de los protagonistas chocaba contra su ineptitud o contra previsibles barreras externas.
Así es como aparece retratada la imagen del antihéroe, ese que se hace notar en cualquier pieza cómica, donde se vuelve imprescindible poner en evidencia a aquel a quien le va mal, quizás para hacer catarsis de lo que le pueda suceder en la vida personal a quien se predispone a reírse del prójimo. Podría mencionarse una infinidad de legendarios representantes de esa raza, que aceptaron inmolar su autoestima en escena para despertar carcajadas, como Jerry Lewis, Cantinflas, Chespirito, Woody Allen, Mr. Bean, la ingenua Catita de Niní Marshall o el inefable Minguito Tinguitella de Juan Carlos Altavista, por nombrar sólo algunos.
Sin embargo, la deformación de esta costumbre de burlarse del otro, dio pie a un rosario de chanzas que fomentaron la discriminación en todas sus variantes y que, en el caso del bullying, dispararon una avalancha de denuncias cuando los paradigmas cambiaron y la voz de los débiles empezó a ser escuchada. Las vertientes del humorismo que se habían hecho fuertes gracias a esos prejuicios, debieron adaptar su discurso a los nuevos tiempos o si no bancarse las críticas cuando optaban por permanecer aferradas a un estilo que recibía cuestionamientos y sobre el que pendía la amenaza de la cancelación como castigo.
En 2023, con la primera temporada de la serie “División Palermo”, Santiago Korovsky se propuso rescatar aquel antiguo recurso a partir de un elenco que podía mofarse de sus propias discapacidades, y de un mensaje que lanzaba sus dardos contra la hipocresía de cierta corrección política. La gente premió esa audacia y transformó a la tira en un fenómeno que trascendió el ámbito del streaming, para promover una mirada crítica sobre esa supuesta evolución en el comportamiento social, que en realidad ocultaba preconceptos disfrazados detrás de aparentes buenos modales, pero que seguían siendo subyacentes.
Tan buena recepción tuvo este producto, que se hizo necesaria una segunda tanda de episodios (seis esta vez), también disponibles en Netflix, donde a la tónica esgrimida dos años atrás se le agrega un componente gore y una sátira que expone con crudeza a la actual clase dirigente argentina. Korovsky ha asegurado que con estos capítulos se agota su idea, aunque haber hallado una senda alternativa en los meandros del humorismo de esta época, tal vez merezca otra oportunidad, por más que no sea mediante esa repartición de guardias urbanos que, paradójicamente, son antihéroes que asumen y cumplen funciones heroicas.







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