
En la vitrina de las antigüedades
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
A lo largo de la primera mitad del siglo veinte, varias generaciones de jóvenes argentinos crecieron al compás de la música ciudadana, en especial a partir de que Carlos Gardel se consagrara como su representante más conspicuo y que su fama se extendiera más allá de las fronteras. Hacia los años cuarenta, con el reinado de las grandes orquestas y sus correspondientes cantores, el género alcanzó su punto máximo de popularidad y no parecía que hubiese posibilidad de quitarle su privilegio, aunque en los bailes comenzaban a proliferar los combos que abordaban un repertorio con ritmos bailables de origen caribeño.
En los años cincuenta, cuando Astor Piazzola empezó a experimentar con la finalidad de tensar los límites de la sonoridad tanguera, los tradicionalistas lo expulsaron de su radar porque consideraban que estaba traicionando el estilo. Y si bien el bandoneonista tuvo en su excursión artística cierto respaldo del público más erudito y pudo trazar nexos con los ídolos juveniles, al ser castigado por los más conservadores y quedar afuera del círculo del tango, en su momento lo suyo no fue considerado una continuidad evolutiva, sino más bien otra cosa, que en todo caso seguía la senda de la música clásica o el free jazz.
Llegada la instancia en que el rock dio inicio a su postergada obsolescencia, en vez de responder con idéntica represalia a los innovadores, los terminaba abduciendo y sometiendo a sus arbitrios, por lo que así evitaba ser dejado atrás por las modas. Gracias a ese procedimiento, se ha sostenido vigente por unas siete décadas y no ha cejado en su influencia sobre el mercado discográfico, con la aparición permanente de nuevos valores que iban tomado la posta, y de pioneros que sostenían su preeminencia entre los consumidores que se sumaban al circuito y los respetaban como leyendas vivas.
Sin embargo, en un mundo en el que nada dura demasiado, las chances de que el rock se perpetuara eran cada vez más escasas y la icónica frase de Neil Young acerca de que “el rocanrol nunca morirá” resultaba menos creíble de lo que había sido allá por los años setenta. Los géneros urbanos y el pop fueron apropiándose de la escena internacional y, por más que los rockeros se taparan la nariz al escucharlos, el predicamento con el que contaron tales tendencias entre los adolescentes terminó desplazando a esa corriente que ya no podía resistirse a caer en la nostalgia.
Si algo faltaba para evidenciar que los tiempos han cambiado, la difusión el jueves pasado de la grilla de programación de la próxima edición del festival Lollapalooza Argentina hizo estallar en mil pedazos el corazón de aquellos que pretenden que la llama de la pasión rocanrolera jamás se apague. Con preeminencia de divas pop de reciente horneada, como Chappell Roan, Sabrina Carpenter, Lola Young, Addison Rae y la ya “veterana” Lorde, como principales atractivos en las tres noches, no quedan demasiadas dudas sobre el viraje de un encuentro que alguna vez situó en esa posición a Red Hot Chilli Peppers, Soundgraden o Metallica.
La polémica estaba servida y las quejas se hicieron oír en las redes sociales, donde florecieron memes que caricaturizaban esta decisión de los organizadores, seguramente apoyados en estudios de marketing que los alentaban a contratar a esas intérpretes. Es a ellas a quienes les están expresando fidelidad miles de fanáticos que antes hubiesen preferido un line up más rockero y que ahora dan su conformidad a esta nómina de artistas. No hubo esta vez un Piazzolla del rock que torciera el linaje, sino un desplazamiento abrupto que puso al rocanrol en la vitrina de las antigüedades.







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