Caras y caretas cordobesas

Leyendas, y también una mirada más pragmática de la explotación industrial de las reservas de nitraro, se encuentran hojeando el semanario porteño del siglo veinte.
Cultura03 de septiembre de 2025Víctor RamésVíctor Ramés
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Por Víctor Ramés
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Las Salinas Grandes, el desierto blanco

Una leyenda vinculada a la Virgen del Valle, que se remonta al siglo XVII, habla de un jarro de plata que poseía el poder de curar a quienes bebían agua -o bien chicha o aloja- en él. Habría sido labrado por un nativo del pueblo diaguita en plata batida y donado al santuario de la virgen milagrosa. Dio noticias de esa historia oral Manuel Lafone Quevedo, en su libro La Virgen del Valle, de 1894, y la revista Caras y Caretas se ocupaba del tema en 1933, en un relato firmado por Rafael Cano. Al parecer, este objeto mágico que se conserva en el Santuario de Catamarca, desapareció un día misteriosamente de la sacristía de la iglesia, causando estupor en los creyentes. Entretanto, un arriero que, procedente de Córdoba hacia Tucumán, debió cruzar las Salinas Grandes que se extienden entre las sierras de Córdoba y las de Catamarca, que ocupan una buena porción del noroeste cordobés y también tocan las provincias de La Rioja y Santiago del Estero. Aquel hombre se extravió en la extensión interminable, blanca deslumbrante, a lomo de mula, “por haberse borrado la huella del camino a consecuencia de los vientos que soplaban en la región”. Agobiado por la sed, engañado por espejismos de agua que se convertían en sal apenas llegar a ellos, el arriero, viéndose irremediablemente perdido, “se arrodilló en medio de aquel páramo salitroso e imploró fervorosamente a la Virgen del Valle, le librara de tan serio aprieto, prometiéndole, que si salía con vida, iría hasta Catamarca a prosternarse a los pies de su altar. Mientras oraba, los vientos salobres del desierto le agitaban el cabello y a su lado, la mula con la cabeza gacha, parecía asociarse instintivamente a su plegaria. En ese momento, el arriero vio un hermoso jarro de plata a pocos metros de distancia, próximo a un montoncito de cachiyuyas. ¿Era un nuevo error de su visión, incubado en la angustia que precede a la muerte?... Varias veces había sido víctima de estos fenómenos ópticos, no obstante lo cual se arrastró trabajosamente hasta donde aparecía el jarro, comprobando alborozado, que estaba lleno de agua cristalina depositada por las lluvias. Después de beber hasta ‘upilarse’ todavía le alcanzó para saciar la sed de la mula, su silenciosa compañera de infortunio. Merced a esta circunstancia pudo restaurar sus fuerzas y reanudar el viaje, encaminándose directamente a Catamarca con el objeto de cumplir su promesa”.

Esa historia sirve de nexo narrativo para centrarse en esa inmensidad desértica de arena y salitre que determina uno de los paisajes cordobeses más impresionantes, y pensar en lo que debió ser atravesar las salinas que Daniel Moyano también cruzó en un 4L y que aconsejaba recorrer por la noche, como lo hizo él, según cuenta en Libro de navíos y borrascas, un texto de exilio publicado en 1983.

Con menor celo anecdótico, Caras y Caretas publicaba el 6 de abril de 1918 una página firmada por Ricardo Edwards, que dedicaba una descripción de esa notable región cordobesa, titulada Las Salinas Grandes de Córdoba y que es, en definitiva, el eje de estas líneas: 

“Hacia el norte de la Sierra de Córdoba, se extiende una enorme cuenca cerrada, donde se juntan las aguas de crecientes de las zonas vecinas. Ya en las proximidades de las sierras, los ríos y arroyos han depositado los rodados, el ripio y las arenas que arrastran en sus corrientes, llevando hacia la llanura las partículas más finas, las arcillas y las substancias solubles, como la sal común y algunos sulfatos. Por la repetición continua de este fenómeno, se forma con el tiempo, en las partes centrales de la cuenca, una capa de arcilla sobre la cual descansa una solución más o menos concentrada de sal, la que principia a cristalizarse a medida que se evapora el agua por efecto del sol y los vientos en los tiempos secos. No hay que creer que los límites de las salinas sean estables y que pueden ser fijados. Según el rumbo de los vientos, el agua saturada de sal es llevada unas veces hacia el sud, otras más hacia el norte y si la solución alcanza a secarse antes de poder refluir, se forma una salina nueva que en la próxima estación lluviosa puedo disolverse de nuevo para ser depositada en otro lugar.
La explotación de la sal es sencilla. El geólogo de la Dirección de Minas, Geología e Hidrología, doctor Roberto Beder, la describe así: Los peones, rompen con un palo la costra dura de sal: un hombre la junta con una rastra y otros la cargan a lomo de burro, y cuando la tropa, que alcanza a veces a 20 animales, está lista, emprende la marcha hacia la orilla de la salina, donde se deposita el producto en forma de parva. Poco a poco se lleva con carros la sal cruda a la refinería donde es lavada, secada y molida, para ser luego pasada por una zaranda. Finalmente se encierra en bolsas de 50 kilos y en bolsitas de 1 kilo para la venta. La refinería existente en San José (F. C. C. C), realiza un trabajo completo en el lavado del producto, a fin de poder obtener una sal con 99,5 % de cloruro de sodio, mientras que la sal de Cádiz, que se importa todavía en grandes cantidades en la Argentina, tiene solamente un 94,2 por ciento.
Muy buenas perspectivas ofrece la labor de la sal en las Salinas Grandes de Córdoba, lo que hace prever un éxito halagüeño cuando se haya alcanzado una explotación en vasta escala, lo que podrá realizarse en breve, pues para ello se harán instalaciones apropiadas.”

Aunque hoy la actividad ha disminuido, la “cosecha de sal” se sigue realizando en la región, un trabajo que repite algunos métodos antiguos y manuales de recolección de la rica sustancia. En compensación, ha crecido como destino turístico, adonde concurren viajeros del mundo a quedar boquiabiertos ante esa extensión donde cabrían varios países europeos de breve superficie.

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