Caras y caretas cordobesas

Aparte de sus colaboraciones literarias a “Caras y Caretas”, entre 1909 y 1912 Lugones no aparecía destacado en el semanario, pese a ser un período de mucha importancia para su figura como poeta nacional. Recién en 1912 será entrevistado en Londres.

Cultura03 de diciembre de 2025Víctor RamésVíctor Ramés
Lugones friso Londres Cordobers  3-dic-2025
Lugones entrevistado en Londres, fotos de "Caras y Caretas", diciembre 1912.

Por Víctor Ramés

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Construyendo a Leopoldo Lugones (Séptima parte)

Los aparentes repliegues de la figura pública de Lugones en las páginas de Caras y Caretas, en los años que recorremos, eran compensados por la literatura, la poesía o la ficción que el escritor seguía produciendo y publicando en páginas periódicas, o las noticias de las ediciones de sus libros. Además de sus desvelos literarios, Lugones había demostrado su capacidad de aventajar a otros oradores y convertirse en el tribuno, no diremos de la “patria”, que igual suena bien, sino de los gobiernos oligárquicos agro-ganaderos que ejercían el poder de turno a esa altura del siglo, y que contaban con el escritor cordobés como el disertante, el trazador de ideas, la voz que tallaba palabras patrióticas. En 1909, el Lugones que dejaba solo huellas literarias en el semanario porteño, se hallaba embarcado en el proceso de tallar su propio pensamiento político, a la vez que lo compartía en alocuciones públicas dichas en ocasiones puntualizadas por la agenda oficial y la cultural. 

Era 1909, precisamente, cuando Lugones daba una conferencia en el Círculo Militar, que pintaba el ejército de la Ilíada ante un auditorio de soldados, como si soplase un hechizo épico sobre los hombres de armas. De la Grecia clásica extraía las imágenes capaces de tensar -en su certeza- el futuro del país. También se empeñaba, ese año, en un ciclo de producción que ponía proa al año del Centenario, 1910. Ese año Lugones publicará sus Odas seculares encabezadas por el canto A la Patria, junto a otras obras tituladas Piedras liminares, Didáctica y Prometeo, que constituyeron su tributo al cumplesiglo de la Revolución de Mayo. La ocasión solemne y unánime de la celebración lo pondrán en la tribuna del poeta nacional. 

Ninguna de esas dos ocasiones aludidas, ni la conferencia, ni el discurso, eran reflejadas en las páginas de Caras. Ese cierto “vacío” informativo, si lo vemos desde la posibilidad de tener a la vista la figura de Lugones, coincidía con un período claramente consagratorio para su figura de intelectual y poeta oficial. Después del Centenario y antes de partir, su labor se concentraba en la escritura de la Historia de Sarmiento, encargada por el Consejo Nacional de Educación, tema que le permitió exponer la figura del intelectual influyente en la acción nacional, un lugar que el propio Lugones se sentía capaz de ocupar. Pero el libro le representó, además, una pequeña fortuna suficiente para proyectar incluso instalarse de manera más estable en París. Para refuerzo, viajaría como corresponsal del diario La Nación, y llevaba también proyectos en el equipaje para su vida intelectual. 

Así, la figura de Lugones “reaparecerá” en Caras y Caretas recién en diciembre de 1912, cuando un corresponsal del semanario lo visite en su despacho en Londres, donde se hallaba instalado, con su familia, tras su llegada a París en marzo de 1911. 

Es en la capital británica donde lo encontrará Caras y Caretas, en diciembre de 1912. Se pueden compartir párrafos de la introducción y el subsiguiente monólogo de Lugones. 

“Leopoldo Lugones en Londres

Siguiendo las instrucciones del director de CARAS Y CARETAS, quien me encargó la visita a las grandes figuras americanas en París, pensé que una de ellas, de las más salientes, era el ilustre escritor señor Leopoldo Lugones.

Pero el señor Lugones había dejado de habitar París trasladándose a Londres. Así, hice este reportaje valiéndome de un amigo periodista, Ricardo F. de Alba, a quien encargué la agradable misión de visitar al gran poeta argentino.

Mi amigo me escribió esta carta que yo copio sin poner ni quitar coma.

El señor Lugones — escribe — vive en uno de los barrios más elegantes y más señoriales de Londres.

Su casa hace esquina con el Holland Park Avenue, vía ancha y grandiosa y exenta de esa monotonía característica de las calles de Londres.

Paso una cancela de hierro, subo escalera ancha de mármol y aprieto el botón de un timbre. Al instante aparece un muchachito vestido con uniforme gris, adornado de muchos botones dorados, y me pregunta:

-— ¿Qué deseaba usted?

— Ver al señor Leopoldo Lugones. ¿Está en casa?

— Yes, sir.

Me hace pasar a un saloncito. Tras de unos instantes de espera, viene el señor Lugones. Estoy en un hall claro, amplio, alfombrado. A derecha e izquierda percheros llenos de bastones y sombreros. Sobre una mesita, un libro donde los visitantes escriben sus nombres.

¿Será un club? Grandes espejos cubren las paredes, los muebles de roble son claros, sencillos, elegantes.

En el fondo una ancha escalera cuya alfombra roja está sujeta a los peldaños con gruesos, barrotes dorados. En los ángulos del hall hay grandes macetas con plantas artificiales.

— Vengo a molestarle en domingo — digo al señor Lugones, estrechándolo la mano — pero he creído que hoy era seguro encontrarle.

— Ha hecho usted muy bien —me contesta con marcado acento criollo— y estoy completamente a su disposición.

El señor Lugones es persona de mediana estatura, ni grueso ni delgado, tez morena, pelo

muy negro y bien peinado, ojos chiquitos y penetrantes, usa grandes quevedos, viste saco y

chaleco negros y pantalón gris a rayas, y calza botines de charol.

Su corbata es azul marino.

— Mil gracias, señor Lugones; pero tantas preguntas me propongo hacerle, que temo molestarle.

— Le repito que estoy a su completa disposición con gran gusto, pero lo lamento por CARAS Y CARETAS, porque no deben tener mucho material, cuando necesitan descubrir en mí una celebridad para llenar páginas.

— Su modestia, señor, le hace ser injusto. ¿Lleva usted mucho tiempo en Londres?

— Dos meses.

— ¿Cuánto tiempo piensa permanecer en Londres?

— No lo sé; no depende de mí, sino de la profesión, que como usted sabe, vive do lo repentino

y de lo imprevisto. Llevo, por lo pronto, casi dos años de Europa. Es mucho.” 

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