
La persona detrás del sex symbol
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
En el año 2004, en América del Sud comenzaba a mentarse la Patria Grande de la que había hablado Simón Bolívar y por primera vez en mucho tiempo soplaban vientos de integración en un continente que había sido dividido según los caprichos de los virreinatos españoles y de posteriores guerras fraticidas. Cuando se echó a rodar el rumor de que se iba a filmar una película sobre el Che Guevara, no hubo grandes muestras de asombro: si el rostro del famoso guerrillero estaba estampado en remeras y tatuajes, ¿por qué su biografía no podía ser objeto de una revisión cinematográfica?
Lo primero que trascendió fue que encabezaría el elenco el actor mexicano Gael García Bernal, un joven promisorio que por entonces ya era conocido a escala internacional a partir de filmes como “Amores perros”, “Y tu mamá también” y “El Crimen del Padre Amaro”. Que un extranjero personificase a un argentino emblemático como el Che sembró cierta insatisfacción, aunque García Bernal ya había asumido el rol de Ernesto Guevara en la miniserie “¡Fidel!”, una coproducción entre México y República Dominicana estrenada en 2002, bajo el propósito de relevar los principales acontecimientos de la Revolución Cubana desde la perspectiva de su líder, Fidel Castro.
Entre nosotros, se conoció que la película en ciernes sobre el Che iba a estar basada en “Notas de viaje: diarios de motocicleta”, la narración en tiempo real que Guevara escribió durante su recorrido por Latinoamérica entre 1951 y 1952, acompañado por su gran amigo Alberto Granado. Y además se supo que Rodrigo de la Serna iba a encarnar el papel de Granado, lo que suscitó otra polémica: como el compañero de aventuras del Che era cordobés, no había demasiada confianza en que De la Serna pudiese imitar esa tonada provinciana tan característica, que muy pocos intérpretes han logrado hacer propia.
Finalmente, la prensa informó que el elegido para dirigir este proyecto era el realizador brasileño Walter Salles, quien en 1998 se había despachado con el largometraje “Estación Central” y había cosechado premios internacionales, junto a dos nominaciones en los Oscar. La perspectiva social de aquella obra le otorgaba créditos para afrontar el desafío de reflejar la transición de Ernesto al Che, aunque esa mezcla de un cineasta brasileño, un protagonista mexicano y un argentino en el coprotagónico, alimentaba muchas suspicacias. La cuestión es que el rodaje se llevó a cabo en 2003 contra viento y marea. Y el público esperaba ansioso para ver los resultados.
No fue casualidad que la primera función de “Diarios de motocicleta”, el 15 de enero de 2004, tuviese como escenario el Festival de Cine Sundance. En los créditos de la película figuraba el nombre del responsable de ese evento independiente, Robert Redford, quien se había desempeñado como productor ejecutivo. Más todavía, había sido el propio Redford quien primero se entusiasmó con la ilusión de llevar a la pantalla grande el periplo latinoamericano del Che. Y también había sido él quien contactó a Walter Salles para que concretara esa idea, junto al guionista puertorriqueño José Rivera.
Que un ícono del cine estadounidense como Robert Redford promoviera una realización sobre un revolucionario comunista no debe haber sido fácil de digerir para el establishment de Hollywood. Sin embargo, no fue esa la primera ni la única vez que Redford tuvo gestos de ese tipo. Por eso, en lo escrito tras la noticia de su muerte el martes pasado a los 89 años, además de destacar sus dotes como actor, director y verdadero sex symbol, se reivindican esas cualidades que lo caracterizaron como persona. “Diarios de motocicleta” apenas ganó un Oscar por “Al otro lado del río”, la canción de Jorge Drexler. Pero como película, se encargó de despejar todas las dudas previas.







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