
Cae un coloso de la era analógica
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Casi desde sus orígenes, la industria musical supo que si el sonido era acompañado por imágenes, el producto tenía muchas más chances de ser digerido por los consumidores, que se empezaban así a acostumbrar a que tararear una canción evocaba al aspecto de su intérprete. Estrellas del panorama discográfico del siglo pasado, como Carlos Gardel, Frank Sinatra o Elvis Presley, cobraron una dimensión extraordinaria cuando su rostro se multiplicó en la pantalla cinematográfica y en las fotografías, más allá del innegable acierto de sus registros fonográficos, que se vieron impulsados de ese modo a una difusión mayúscula sin límites geográficos.
Ya en los sesenta, las portadas de los álbumes adquirieron una trascendencia descomunal, a la par del look de los artistas, que en vez de mimetizarse con lo que anteriormente era considerado pertinente para una estrella, se nutrían de accesorios estrafalarios con los que buscaban distinguirse por encima del resto. Es imposible imaginar la consolidación de la cultura rock sin ese componente icónico, cuyo desborde llegó a un punto tal que dio una vuelta completa y terminó impulsando la aparición de vocalistas como Bryan Ferry, quien hizo de la elegancia chapada a la antigua un gesto de extravagancia por demás distintivo.
La emergencia del formato del videoclip en la segunda mitad de los años setenta llevó al paroxismo esa tendencia estética. A partir de entonces, dejó de ser concebible que una banda o un solista con aspiraciones de obtener repercusión pública, careciera de una versión audiovisual de sus hits. Ciertos ciclos televisivos que hasta ese momento convocaban a músicos en vivo, empezaron a programar este tipo de piezas fílmicas y confirmaron que la audiencia sentía predilección por ellas. Se convirtieron en poco tiempo en el mejor soporte para instalar un nombre en el mercado y tanto su cantidad como su calidad no hicieron más que crecer.
Iba a ser la década del ochenta la etapa en la que el videoclip asumió la delantera en el negocio del entretenimiento y no pocos directores de cine aceptaron ofertas para ponerse al frente de estos cortometrajes que llegaron a disponer de presupuestos holgados. En 1981, eso que se insinuaba tuvo su instancia de concreción, cuando la cadena MTV comenzó con sus emisiones y reafirmó que la música era algo para ver y escuchar, un concepto revolucionario que, como decíamos, estaba implícito en los pasos que venían dando las empresas del rubro desde hacía varios decenios.
Ese hito que se marcó hace 44 años, experimentó su primer gran remezón hacia 2005, cuando YouTube se presentó como una red social destinada a erigirse en el mayor archivo de material de audio y video que se haya conocido a lo largo de la historia. La masificación de los teléfonos inteligentes obligó a que fuera allí donde la gente entraba en contacto con los videoclips, o a lo sumo en sus computadoras de escritorio, sus laptops, sus tablets o sus pantallas led. MTV entró entonces de una fase declinante que a todas luces se mostraba como irreversible.
La reconversión emprendida por la Paramount, actual propietaria de la señal de MTV, incluye la baja de la prestación de servicios de este canal para el Reino Unido y otros países del mundo, por lo que a fin de año su radio de acción podría quedar limitado al territorio de los Estados Unidos. Esta deserción constituye, qué duda cabe, el final de una época, aunque los ídolos pop en estos días estén apelando más que nunca al poder de la imagen. La variedad de opciones para acceder a los videos ha puesto en crisis la continuidad de aquel coloso de la era analógica.







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