
Diversión y nostalgia autoindulgente
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
A comienzos de los años noventa, ya estaba claro que el periodo dorado del rock argentino había concluido y que hacía falta un cambio de guardia para que ese movimiento cultural no se desvaneciera, luego de haberse convertido en un pilar de la música popular argentina en el decenio anterior. Quizás haya sido “El amor después del amor” de Fito Páez, uno de los álbumes más vendidos de la historia del género, el último eslabón de esa cadena de éxitos que atravesó una edad de oro y que más tarde comenzó a ver asediada su primacía por los melódicos latinos y el fenómeno de la bailanta.
En simultáneo con la irrupción del llamado Nuevo Rock Argentino en 1993, se produjo el estreno del largometraje “Tango Feroz”, de Marcelo Piñeyro, que se remontó a los orígenes y recuperó para las generaciones más recientes la figura de Tanguito, personaje legendario al que se atribuyen dotes fundacionales para esa corriente rockera autóctona. Precisamente, hacía falta volver a las raíces para refundar aquello que se había iniciado en los márgenes, que luego había ocupado el centro de la escena y que ahora se estaba quedando otra vez a un costado como en los viejos tiempos.
Y así como el rock nacional fue la banda de sonido de la primavera democrática, también tuvo su instancia de resurgimiento tras la debacle de2001, cuando acompañó con su renovado catálogo de intérpretes la empresa de reconstruir los lazos de una sociedad que había estallado en mil pedazos. La radio La Mega se consolidó como usina de difusión y los festivales reaparecieron como vidrieras para los valores que nuevamente entraban en sintonía con el espíritu juvenil. Encuentros como el Cosquín Rock se erigieron en la caja de resonancia de ese reverdecer que se iba extender hasta que otras voces empezaran a hacerse escuchar.
En la actualidad el rock argentino busca recuperarse de una merma en su capacidad de conmover a las audiencias que se incorporan al mercado y que se sienten más cercanas a otra clase de propuestas. Muchas de las estrellas musicales del presente provienen del pop y del género urbano; y aunque algunas de ellas coqueteen con el rocanrol, es evidente que están liderando una agitación que alguna vez fue patrimonio exclusivo de los rockeros y que ahora es disputada por músicas de extracciones híbridas, cuyos cultores se arrogan la potestad de ser voceros privilegiados.
Es entonces que el rock, como en su ostracismo noventoso, rebobina su curso y se detiene a abrevar en las fuentes, que no son ya las lejanas hazañas de los pioneros, sino el esplendor de hace 40 años, cuando se verificó su salto a la masividad. Más allá de los documentales y los libros que recuentan esa historia, que haya producciones audiovisuales basadas en la biografía de aquellos artistas, como por ejemplo fue la de Fito Páez, “El amor después del amor”, que se vio en Netflix en 2023, pareciera indicar la réplica de una estrategia que dio resultado tres décadas atrás con “Tango Feroz”.
Tal vez el estreno de hoy en salas de “La dicha en movimiento”, la película sobre la grabación del disco homónimo de Los Twist, forme parte de ese mismo ejercicio de nostalgia autoindulgente, que ayuda a pasar el mal momento recordando un pasado glorioso. Con dirección de Maximiliano Gutiérrez e intervención del propio Pipo Cipolatti en un rol secundario, el filme narra las aventuras de un chico y una chica que, por razones casi accidentales, son testigos del registro de un álbum antológico. La estética de época y el tono de comedia remedan el estilo de aquella banda inolvidable.







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