Caras y caretas cordobesas

1907 es el año del que recolectamos en “Caras” una crítica demoledora a la poética de Lugones, firmada por el periodista español Antonio de Valbuena, entrevistado en el mismo número.

Cultura26 de noviembre de 2025Gabriel ÁbalosGabriel Ábalos
ilustra lugones y valbuena

Por Víctor Ramés
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Construyendo a Leopoldo Lugones (Quinta parte)

“En el libro del señor Lugones hay muchas cosas que pueden llevar nombres acabados en ías.

Hay cosas, por ejemplo, que un aficionado a la sal ática pudiera llamar soserías.

Hay otras que un enamorado de lo serio llamará tal vez fruslerías, o niñerías, o ñoñerías...

Y aun hay algunas, como verbigracia un soneto titulado Conjunción y otras al símil, para las cuales un moralista cristiano puede que no hallara nombre más natural que el de porquerías...

En fin, de todo hay en el libro, menos poesías.”

Ese juicio lapidario, dedicado a los “Crepúsculos del jardín” y firmado por Antonio de Valbuena, era publicado por Caras y Caretas el 7 de julio de 1907. 

¿Cómo llegaba esa crítica al semanario, que siempre había apoyado la carrera de Lugones? La traía Juan José Soiza Reilly, corresponsal europeo de la revista, quien en el mismo número le hacía una entrevista a Valbuena, presentándolo como “Nuevo colaborador de Caras y Caretas”. Valbuena, sin embargo, no se incorporaría a la revista.

Soiza Reilly afirmaba, en su entrevista titulada “Un crítico terrible”, que los artículos de Valbuena “se pagan a precio de oro”. Seguramente se debía al hecho de ser considerado en la España de sus años “el crítico más duro del país junto con Leopoldo Alas «Clarín»”, según apunta Wikipedia, lo cual “le granjeó odios y amores en el mundo académico”. 

El propio Soiza Reilly comienza su artículo afirmando:

“Me había imaginado que Antonio de Valbuena era un oso. O, más bien, pensaba en algún perro de la mitología... En uno de esos perros que ladran sin motivo cuando la luz de la luna los molesta. A través de sus libros, en donde los maestros literarios aparecen desnudos, luciendo al aire sus defectos, sus llagas, sus errores, yo creí adivinar la presencia de un espíritu malo, capaz de asesinar a un escritor para corregirle un adjetivo...”.

Se encuentra, por el contrario, con un hombre -alguna vez había sido seminarista- que “vive como un monje, recluido en una celda de la iglesia de San José, en Madrid.” Y cita -Soiza Reilly- la siguiente opinión del guatemalteco Enrique Gómez Carrillo: “Don Antonio do Valbuena, dice, fue para mí la más grande de las decepciones. En vez del viejo truculento, hallé a un hombre sencillo, bondadoso, amable, casi tímido…”. Esto coincidía con la experiencia del corresponsal de “Caras”: “Pues bien. Lo mismo me acaeció a mí. Fui temiendo encontrar las irónicas uñas de un viejo fauno loco, y, en cambio, encontré las manos cariñosas de un buen hombre. 

De un hombre demasiado modesto. Demasiado cuerdo. Demasiado católico...”.

Valbuena llamaba “ripios” a sus críticas, y esa palabra figura en títulos de cuatro de sus libros que las reúnen. Anunciaba Soiza Reilly la crítica -que se publicaba a continuación- de “Crepúsculos del jardín”, de Lugones, tratando de suavizar los efectos de ese genuino desprecio que dedicaba el español al poeta cordobés:

“… Escribió para Caras y Caretas el artículo que leeréis contra Lugones... Es un hombre que

critica escribiendo. Nada más. Hablando, no hace otra cosa que decir, entre sonrisas,

palabras afectuosas.”

Habría que constatar el efecto de las denostaciones de Valbuena en sus criticados, y puede imaginarse la ira de Lugones al leer:

“…entro en materia, participando a ustedes, discretos lectores, que me ha caído en las manos un libro bien impreso (¡lástima de impresión!) en papel excelente (¡lástima de papel!), que dice, lo mismo en la cubierta que en la portada: «Leopoldo Lugones Los crepúsculos del jardín.» Y luego, debajo, entre paréntesis (poesías).

Esto último no lo crean ustedes.

No lo crean aunque se lo prediquen periodistas descalzos.”

En la crítica que publicaba el semanario porteño, caían poetas, americanos como españoles en la volteada de Valbuena, quien no ahorraba clavos tampoco para Unamuno o Darío. Disparaba contra el “modernismo”, este hombre pleno del siglo diecinueve, que a comienzos del veinte sonaba ya bastante demodé. Se lee en el texto de Valbuena:

“Pocos días hace todavía que un indocumentado literariamente, un Pedro... no sé si González o Fernández, aquí en Madrid, en El Imparcial, llamaba gran poeta a Unamuno (¡Unamuno!) que ha tenido la osadía de publicar un tomo de versos.”

Y sobre Darío, se despachaba:

“Y no hace muchos meses que otro indocumentado, gacetillero literario del mismo periódico, llamaba «ilustre poeta» a Rubén Darío, afirmando de paso que nadie puede hoy «disputarle el dominio de la lírica castellana»; siendo de advertir que todo esto lo decía para encabezar una larga composición del mismo «ilustre Poeta», o más propiamente hablando, una larga des-

composición; pues si en la forma era una tirada de alejandrinos mal compuestos, de corte primitivo y semisalvaje, en el fondo era una verdadera disnea de incongruencias y despropósitos.”

En sus parrafadas, Valbuena osaba completar incluso una cuarteta de Lugones con una ocurrencia suya:

“«Mi flaqueza vencedora

Lleva consigo el desquite,

Si al mismo mar se le admite

El sonrojo de la aurora.»

Declaro ingenuamente que no entiendo lo que esta redondilla quiere decir.

Nada, ni por asomos: no entiendo nada.

Si algún lector es más afortunado que yo, le suplico que me lo diga.

No se lo suplico al autor, porque estoy seguro de que lo entiende menos.

Como que él mismo confiesa en seguida que le ha costado sudores el escribir su libro.

«Mas yo sudé mi sudor,

En mi parte de labranza...»”

El crítico cerraba el verso por su cuenta:

“Y, a lo que a mí se me alcanza,

Durmiendo estabas mejor.”

Soiza Reilly concluía su entrevista fallando que Valbuena “no debió nacer en esta época de fiebre y de nervios. Debió nacer en siglos anteriores. Debió nacer cuando Moratín se desayunaba con las obras de Shakespeare y el abate Murellet mordía en la médula —con hambre de caníbal— a monsieur Chateaubriand!”

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