
El absurdo de las almas sin descanso
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Mientras la humanidad se abrazó a la utopía del progreso infinito y abrigó la esperanza de que las condiciones de vida iban a ser cada vez mejores, acontecimientos históricos de trágicas consecuencias fueron minando esas expectativas, aunque sin desterrarlas del todo. Ni las dos guerras mundiales entre tantas otras conflagraciones ni los desastres ecológicos lograron desactivar ese entusiasmo, que sin embargo en lo que va de este siglo ha sufrido sucesivos embates desde su mismo inicio, cuando en septiembre de 2001 se produjeron los atentados contra las Torres Gemelas y el mundo asistió impávido al derrumbe de un símbolo de la potencia dominante.
Tal vez la pandemia del coronavirus haya sido la más reciente invitación a revisar aquella fe ciega en los avances de la ciencia y sus beneficios, por más que la política internacional nos alerte en estos días acerca de inminentes cataclismos. Además del saldo de víctimas que dejó el brote verificado seis años atrás, las medidas que debieron tomarse para evitar un número de muertes aún mayor derivaron en la expansión de otro fenómeno epidémico del que todavía no hemos logrado recuperarnos: el que afectó la salud mental de una población sometida a una situación extrema.
Por supuesto, motivos no faltaban en la previa del Covid para que se propagaran como nunca esas patologías hasta entonces silenciosas. Formas de vida que implicaban cada vez más exigencias y menos espacio para el goce, más presiones y menos libertades, más obsesión por el éxito y menos tolerancia al fracaso, fueron limando la estabilidad emocional de las grandes mayorías, cuyas aspiraciones contrastaban con una realidad implacable. El consumo de medicamentos para bajar la ansiedad o combatir la depresión, se hizo casi tan masivo como el de las aspirinas, y empezó a naturalizarse la aparición de síntomas que antes hubieran espantado a cualquiera.
Pero desde la pandemia hasta el presente, ese cuadro no ha hecho sino agravarse, ante la impasividad de sociedades que sólo se permiten ir hacia adelante, sin fijarse en quienes van quedando en el camino. No en vano los consultorios de psicoanalistas y psiquiatras se han convertido en el refugio al que concurren muchos en busca de paliativos, cuando no se tientan de plegarse a salidas mágicas, a través de técnicas de autoayuda, cultos exóticos, sabidurías ancestrales y otros menesteres, a los que se aferran como tabla de salvación en un contexto donde abundan las inseguridades de todo tipo.
Como reflejo de ese panorama tan desolador como evidente, es un profesional del psicoanálisis el testigo en el que deposita el peso de su perspectiva Pedro Paiva, del dúo Los Modernos, para escribir la obra “La importancia del agua en la navegación”, donde un terapeuta (y el público) escuchan lo que tienen para decir dos pacientes que van a su encuentro en procura de ayuda. Ese personaje tan racional, encarnado por Luis Torres, intenta en vano aportar una cuota de cordura a las desopilantes vivencias de Edipo (Nico Sirito) y Juan Solojuan (Alejandro Orlando, el otro integrante de Los Modernos).
Los dramas familiares, la disforia de género, los conflictos en la personalidad y otras cuestiones atemporales, son abordadas en esta pieza teatral bajo la lente del absurdo, que tanto da lugar a la sonrisa pícara como al sentido más profundo de la conmiseración por esas criaturas de almas sin descanso. En cada una de las funciones que se escenifican en el Teatro La Llave durante todos los sábados del verano, quedan al desnudo los malestares de este tiempo insensible, que condena a la soledad a los más débiles y premia con el aplauso a quienes se ufanan de imponer la ley del más fuerte.






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