
Un huracán que no pierde su fuerza
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
A mediados de los años noventa la música folklórica argentina experimentó el que sería su último recambio generacional en el siglo veinte, con la irrupción de una camada de prometedoras figuras que refrescaron el panorama y fomentaron la incorporación de un público que no respondía a los patrones tradicionalistas. El “folklore joven”, como se dio en llamarlo, representó una renovación que en lo estilístico se atrevió a coquetear con el pop, aunque en su repertorio respetase no pocas de las piezas clásicas del cancionero criollo. Esto le permitió conquistar las preferencias juveniles sin perder presencia entre las audiencias más adultas.
Como ya hemos señalado desde estas columnas, dentro de ese pelotón se colaron nombres que venían trajinando escenarios desde hacía rato y que no entraban en la categoría de “jóvenes”, como por ejemplo el Chaqueño Palavecino, Cuti y Roberto Carabajal y Los Nocheros. Pero de allí salieron también los que iban a dominar la escena durante las siguientes décadas, como Abel Pintos, Luciano Pereyra, Los Tekis y Los Alonsitos, por mencionar solo algunos de los emergentes de esa movida que hizo renacer el fervor festivalero en una época en que la popularidad anidaba en la bailanta y en los cantantes melódicos latinos.
De todos los artistas que aparecieron en ese periodo, quizás la irrupción más descollante haya sido la de Soledad Pastorutti, esa intérprete santafesina que ingresó de prepo en la grilla del Festival de Cosquín de 1996 a instancias de César Isella y que se ganó el corazón de la gente con su gestualidad impetuosa, su poncho al viento y el caudal de una voz que pronto se encauzaría hasta mostrar una atinada maduración. La postal de esa movediza quinceañera, agitando la plaza Próspero Molina junto a su hermana menor Natalia, es una de las imágenes noventosas que han ingresado en la leyenda.
Treinta años han pasado ya desde aquella noche consagratoria, que a velocidad récord la multinacional Sony Music plasmó en un disco debut a tono con el fenómeno, cuyos hits expandieron el alcance de los sones nativos y los llevaron a espacios donde muy pocas veces se los había escuchado, como las discotecas. A propósito de ese aniversario, Soledad promete una gran celebración cuando le toque actuar el próximo sábado en el Cosquín 2026, donde tiene previsto desplegar un concierto antológico, durante el cual le dedicará una hora a cada una de las décadas de su trayectoria.
Una efeméride de estas características invita a repensar lo que significó el estreno de aquel huracán de Arequito en el escenario Atahualpa Yupanqui, mirándolo desde esta actualidad musical argentina que ha sido monopolizada por los ritmos urbanos, más allá de la afinidad que se tenga o no con ellos. Y desde este atalaya observamos que no ha habido otro terremoto folklórico de aquella magnitud en el folklore, a pesar de que no han faltado novedades de indiscutible calidad en su seno, que han cosechado alabanzas de la crítica y aplausos generosos, pero que no han protagonizado sucesos como el de Soledad.
Ha sido ella misma la que ha mencionado a Milo J como uno de sus favoritos del momento, y no casualmente ese promisorio referente viene de presentarse en Jesús María y cantará en la Capital Nacional del Folklore el domingo, en la jornada de cierre. Así como a fines del siglo pasado la renovación provenía desde el interior del magma nativista, pareciera que ahora las novedades afloran desde fuera de esa expresión musical autóctona que hace mucho dejó de ser refractaria a los cambios y que manifiesta una amplitud sorprendente, a la que las críticas no le estarían haciendo mella.






El Cine Arte Córdoba inicia su temporada con un fuerte impulso al cine cordobés







