
Un mártir del imperio
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
A pesar de las controversias políticas resueltas por las armas que asolaban al país, 1974 fue un año sumamente prolífico para el cine argentino, porque más allá de la cantidad ese fue el momento en que se estrenaron algunas de las películas de mayor prestigio de la pantalla nacional. En junio de ese año fue proyectada, con autorización que llevaba la firma del mismísimo presidente de la república Juan Domingo Perón, “La Patagonia rebelde”, un largometraje de Héctor Olivera basado en una investigación periodística del escritor Osvaldo Bayer. Tras la muerte de Perón, la cinta caería en las garras de la censura.
Pocas semanas antes había tenido su avant premiére “Boquitas pintadas”, de Leopoldo Torre Nilsson, que con un elenco estelar trasladaba a la pantalla una novela de Manuel Puig bastante escandalosa para su época. Y en agosto comenzó a exhibirse “La tregua”, de Sergio Renán, también inspirada en un texto literario, en este caso del uruguayo Mario Benedetti. Con protagónicos de Héctor Alterio, Ana María Picchio y Norma Aleandro, se convirtió en el primer filme local en competir por el Oscar a la Mejor Película Extranjera, distinción que finalmente recayó esa vez en “Amarcord”, de Federico Fellini.
Así como “La tregua” era la ópera prima de Renán, también un jovencísimo Ricardo Wüllicher iba a debutar como realizador en ese 1974, cuando el 16 de mayo comenzaron las funciones de “Quebracho”, una obra que contaba con un guion de José María Paolantonio, pleno del compromiso ideológico que parecía ser insoslayable en aquel tiempo. Su argumento ponía la lupa sobre la sufrida situación de los hacheros que, en las primeras décadas del siglo pasado, trabajaban en el norte de Santa Fe y el sur del Chaco a las órdenes de los crueles capataces de la compañía inglesa La Forestal, que monopolizaba la explotación del quebracho.
Un seleccionado de actores, que tenía a su frente a Héctor Alterio, Lautaro Murúa, Juan Carlos Gené y Cipe Liconvsky, encarnaba los roles principales de esta historia que mostraba con crudeza los padecimientos de los trabajadores sometidos a un régimen de esclavitud. Debido a esa idea de que el cine podía ser útil para el despertar de la conciencia social, Wüllicher, que por entonces tenía tan solo 24 años, debió soportar las amenazas de la Triple A, siniestra formación parapolicial que respondía al ministro José López Rega.
Ahora, más de 50 años después, el filme “Train Dreams”, disponible en la grilla de Netflix, nos viene a contar que los operarios estadounidenses de la industria de la madera tampoco la pasaban muy bien durante el mismo periodo en que suceden los hechos narrados en “Quebracho”. La realización de Clint Bentley ha merecido la nominación en tres categorías para la entrega de los premios Oscar, entre las que se incluye la codiciada estatuilla a la Mejor Película. Méritos no le faltan a este drama biográfico sobre los padeceres de Robert Grainier, obrero que tanto se dedica a la tala como al tendido de ramales ferroviarios.
Grainier no necesita de capitales británicos que lo hagan sufrir: son las propias desigualdades de su país las que lo condenan a largos meses de labor intensiva, lejos de su familia y de su terruño. Pero el mensaje que busca transmitir Bentley carece del brío revolucionario que animaba a Wüllicher, porque su interés se posa sobre la resiliencia del personaje desempeñado con solidez por Joel Edgerton. Y al evaluar su martirologio, lo sitúa en el panteón de los héroes anónimos que le pusieron el pecho al destino y construyeron ese imperio donde el poder y la gloria no siempre han estado unidos.






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