
De la comedia al drama… y viceversa
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Hace exactos 30 años, se estrenaba en las salas de cine de todo el mundo “Del crepúsculo al amanecer” (“From Dusk Till Dawn”), una comedia negra dirigida por el chicano Robert Rodriguez sobre un guion escrito por Quentin Tarantino, quien también era uno de los protagonistas, junto a George Clooney y Salma Hayek. A priori, el filme estaba dotado de los condimentos para obtener la atención del público, porque Rodriguez y Tarantino eran dos cineastas que parecían haber llegado para revolucionar el séptimo arte, a través de obras de violencia explícita y relatos de un realismo extremo que no le temía a la extravagancia.
En los hechos, “Del crepúsculo al amanecer” tenía más bien destino de película de culto, porque su narración se burlaba de los convencionalismos y, tras un comienzo que asomaba como una historia de acción y aventuras, derivaba hacia una fantasía plena de vampiros, zombis y terror sobrenatural. Pero a sus responsables en aquel entonces se les permitía todo y, a pesar de quienes pudieron haber salido de la proyección más desorientados de lo que entraron, la cinta adquirió una reputación de clásico y hasta el día de hoy se la menciona cuando se trata de evocar lo más granado de la filmografía bizarra del siglo veinte.
Allí, los hermanos Richard y Seth Gecko (Tarantino y Clooney) han cometido demasiadas tropelías en el estado de Texas como para que la policía no salga a perseguirlos. Como en toda realización estadounidense sobre un escape de bandidos, la idea del dúo es traspasar la frontera con México, aunque tras eso su periplo se complicará más que simplificarse. En México los espera alguien que se supone va a ayudarlos y que los ha citado para encontrarse en el bar Titty Twister, donde motoqueros y camioneros se detienen a beber algo y a presenciar las contorsiones de la bailarina Satánico Pandemonium (Salma Hayek).
De repente, la línea argumental sufre un quiebre irremediable: las cosas ya no volverán a ser como eran, al menos hasta que llegue el alba y la luz solar, para que los monstruos sean cegados por ese brillo que para ellos resulta fatal. Los espectadores sometidos a esa exhibición desopilante, solo tienen dos opciones: o quedarse extasiados ante la vivencia insólita de los fugitivos o morderse los labios de bronca por haber pagado una entrada para asistir a esa función. En esa disyuntiva consiste la provocación que instala la pieza audiovisual, como un experimento en el que la platea desempeña el rol de los cobayos.
Mucho se ha venido comparando a “Pecadores”, el filme que bate récords de nominaciones en los próximos Oscar al ser postulado para 16 categorías, con “Del crepúsculo al amanecer”, por la profusión de fantasmas, muertos vivos y criaturas vampirescas que irrumpen en la pantalla como quien no quiere la cosa. Además, para abonar aún más las similitudes, también en el largometraje de 2025 de Ryan Coogler, ahora disponible en HBO, son dos hermanos forajidos los personajes centrales, aunque en esta ocasión se trata de gemelos y es un solo actor, Michael B. Jordan, el que interpreta a ambos.
Sin embargo, “Sinners” no se enrolla en la perspectiva fantástica y desconcertante de Robert Rodriguez, sino que aúna en su contenido componentes de la discriminación racial todavía vigente en la década del treinta, y una lección de arqueología musical basada en los nítidos aportes de los afroamericanos. Semejantes elementos atraviesan la coctelera de Coogler para asomar como una producción que reniega de los géneros y que va y viene entre el drama y la comedia, manteniendo absorto a quien sepa apreciar esa falta de complacencia.



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