
Caras y caretas cordobesas
Víctor Ramés
Por Víctor Ramés
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Construyendo a Leopoldo Lugones (Vigésimo Quinta parte)
Hacia fines de 1936 publicaba “Caras” unas fotografías donde se ve a un Lugones avejentado (contaba sesenta y dos años), en un acto en la Biblioteca Nacional de Maestros. Es la última aparición pública registrada por el semanario del escritor cordobés, el 19 de septiembre de ese año. Correspondían a la inauguración, exactamente un mes atrás, de la Sala Colmo de la biblioteca que dirigía Lugones. Aquí la nota de Caras y Caretas:
“Con una sencilla ceremonia se realizó el acto inaugural de este nuevo foco de cultura argentina. El director de la veterana biblioteca leyó un discurso, en el que hizo el elogio del generoso donante, doctor Alfredo Colmo, y de la señora Delia Zavalla, esposa del malogrado jurisconsulto. El presidente del Consejo N. de Educación, ingeniero Octavio S. Pico, en breves párrafos, supo realzar la importancia de ese tesoro bibliográfico, y declaró inaugurada la sección. Ambos oradores fueron aplaudidos por la concurrencia. Asistieron al acto los vocales, doctores José A. Quirno Costa, Félix Garzón Maceda, Nicolás Avellaneda y profesor José Rezzano, altas autoridades y numerosos invitados. La Sala Alfredo Colmo pone a disposición de los estudiosos la colección exquisita que el eminente jurisconsulto consiguió reunir.
Nada de libros monumentales, barrocamente decorados, sino obras de élite, que, junto a los volúmenes de abogacía, dicen bien elocuentes las predilecciones literarias y artísticas del culto donante. Es el rincón de un erudito, abierto ahora a la curiosidad noble del público que sabe saborear los libros y respetarlos cuidadosamente. Allí se formarán nuevos investigadores, amantes fomentadores de la cultura nacional.”
Una publicación más reciente de la BNM amplía referencias de ese acto inaugural y suma la voz de Lugones en la ocasión. El donante, Alfredo Colmo, había fallecido en 1934. Era catedrático, civilista y jurisconsulto y, cuando estudiante, había concurrido a diario a la Biblioteca Nacional de Maestros. La viuda cumplió con sus deseos y donó la biblioteca completa y su mobiliario.
Las siguientes fueron las palabras de Lugones para aquel acto:
«No será este, entonces, un salón de gran público sino un gabinete de laborioso recogimiento, aunque ello no ha de excluir en lo mínimo la facilidad del acceso y de la consulta. Lo que esta última valdrá, lo que este legado significa como enriquecimiento bibliográfico para nuestra escasa dotación de cuarenta mil volúmenes, si a tantos llega; lo que lo diferencia y permite calificarlo de magnífico ante el lote habitual de fondos de canasto y sobrantes de mudanza con que de cuando en cuando se intenta contribuir al fomento de la polilla, no pocas veces moral por la tendencia o el contenido, puede inferirse de estas cifras: 10.908 libros, folletos y revistas todos aprovechables; y entre ellos, 4.000 volúmenes de la excelente encuadernación que está a la vista, lo cual nos permite entregarlos acto continuo a la lectura; siendo de advertir todavía que la colección de 1.224 folletos contiene algunos tan importantes como escasos.»
Y concluyó sus palabras diciendo:
«De aquí a mucho tiempo, cuando tanto monumento actual no sea ya más que un vano simulacro, el nombre de esta sala continuará sobreviviéndose en la gratitud estudiosa de cada asistente, por la sencilla razón de que seguirá prestando un servicio público. Así ganan la perpetuidad de su mérito, que es el mejor como se ve, los útiles y los buenos».”
Luego se encuentran menciones aisladas a Lugones en el semanario, en general citas de palabras tomadas de sus libros, o de artículos suyos en el diario. Valga como ejemplo este recorte de un párrafo de La Guerra Gaucha, citado por un autor con el seudónimo “Milor Artico”, en marzo de 1937. Bajo el título “Descripción de un trabuco”, va un prodigioso párrafo de Lugones que él había titulado “Serenata” en el libro:
"Aquel naranjero veterano, con su carraspera de herrumbre en el gañote y una bizma de pita en la culata, escupía a lo demonio cuando llegaba el caso. Poco esbelto era, sin duda; pero ladraba la muerte como un cachorro de cañón. Temblaban entonces los caballos en diez cuadras a la redonda. Tres vidas de hombre cabían en el fulminante abanico de su disparo. Cuando joven relumbraba en las trifulcas como una alhaja; chasqueaba limpiamente su colmillo de hierro al montarse sobre la cazoleta, y al regar su pólvora, sobre el peligro, parecía un florero de metal coronado por un tulipán de fuego".
Y ya en enero de 1938, en la sección de comentarios “Salvo error u omisión”, que sale sin firma, su autor hacía referencia a la escasa preparación de muchos catedráticos en establecimientos educativos del país y se apoyaba en una opinión de Lugones publicada en el diario La Nación:
“... ‘Pescarse una cátedra’ mediante el favor del político que a su vez lo negocia, formula una aspiración de medio país satisfecha a costa del otro medio, que, para peor, es el de mañana, sacrificado en la persona de su juventud y su niñez actuales, o sean los factores contrarios del balance intelectual. Y ¡todavía si sólo intelectual fuera! Mas la farsa evidente del "pescador" a quien, lo propio que a su padrino, sólo interesa la cátedra como sueldo, el desorden practicado por carencia de método y consentido por falta de autoridad moral, destruyen de consuno la buena fe del discípulo que, inclinado a la generalización y al radicalismo propios de su edad, forma la condigna opinión del estudio así efectuado. Como para la mayoría de tales profesores la cátedra representa un mero suplemento de la entrada mensual, la indiferencia por su desempeño es mayor aún, vale decir, proporcional a lo que éste rinde. Sin contar la vergonzosa ignorancia de un profesorado semejante...".





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