
Un show contra el aborrecimiento
J.C. Maraddón

J.C. Maraddón
Lejos de ser un fenómeno de cabotaje, la música urbana que lidera las preferencias juveniles desde hace más de una década se extiende por una buena porción de la superficie planetaria, donde se incluye el mercado estadounidense, que es sin duda el que todos aspiran a conquistar. Con el reguetón haciendo punta por lo menos desde comienzos de este siglo, la evolución que llevó del rap al trap le prestó su carnadura a este género ambiguo en el que confluían comunidades estadounidenses por demás poderosas, como la afroamericana y la latina, de enorme influencia sobre el quehacer cultural de aquel país.
Desde un principio, como ocurrió con otras vertientes musicales hoy veneradas, se tendió a menospreciar a estos artistas que en general enfatizaban en el ritmo y que vociferaban letras explícitas en su cachondeo. La sociedad bien pensante ponía el grito en el cielo ante semejante afrenta y clamaba por el urgente fin de esa moda, en una cruzada que perdura hasta nuestros días y que se hace notar en redes sociales como Facebook, donde adultos irredentos se enorgullecen de las viejas glorias y descalifican todo aquello que huela a cualquiera de las variantes que el sonido urbano plantea.
Pues bien, parece que algunas de las figuras de ese espectro han resuelto salir a legitimarse para combatir tanto escarnio, aunque esas críticas no hayan hecho mella en su capacidad de llegada a las multitudes que escuchan sus canciones y compran los tickets para ver sus shows, casi siempre en estadios repletos de fans. Tras ese objetivo, han apelado al recurso de inscribirse en tradiciones indiscutibles, como cuando el rock sinfónico se propuso hace más de cincuenta años incorporar elementos de la música clásica para escapar al menosprecio que sufría el rocanrol por parte de un sector anquilosado de melómanos.
A la par de sus contemporáneos que se postularon como continuadores de la prosapia rockera, Milo J se lanzó desde su jovencísima perspectiva a explorar la galaxia de nuestra música nativa y se topó allí con una estética afín a sus intereses. Por esa iniciativa, fue invitado a participar de festivales folklóricos y obtuvo un rotundo respaldo de referentes de ese palo, lo que sumado a su natural carisma le imprimió un vuelo impensado a su carrera. Por más que los cuestionamientos a su obra no se detengan, ha cosechado una validación que hasta supera a la de algunos de sus colegas.
A escala global, algo similar está ocurriendo con Bad Bunny, quien el pasado domingo, a partir de su show de medio tiempo en el Super Bowl, fortaleció la conexión con esa estirpe latina de la que se había reclamado heredero un año atrás en su disco “Debí Tirar Más Fotos”, y que reafirmó luego con su paso por el Tiny Desk. No conforme con la hazaña de haber logrado hace algunos días que por primera vez en la historia se otorgara un Grammy como Álbum del Año a una grabación en español, el músico puertorriqueño redobló su apuesta.
Con la diva Lady Gaga y su coterráneo Ricky Martin como invitados especiales, desplegó en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, un set deslumbrante, cuya consigna fue la reivindicación de lo iberoamericano en todas sus manifestaciones, desde lo sonoro y lo coreográfico hasta lo gastronómico. En el actual contexto social y político de los Estados Unidos, ese gesto admite diversas lecturas que exceden lo musical, pero no está de más señalar que cuando menciona a Willie Colón en su tema “NuevaYoL”, no lo hace con inocencia. Al asociarse con ese glorioso cantautor y trombonista, Bad Bunny también desafía a los que aborrecen su repertorio.





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