
Caras y caretas cordobesas
Gabriel Ábalos
Por Víctor Ramés
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Construyendo a Leopoldo Lugones (Vigésimo Novena parte)
La larga posteridad de Leopoldo Lugones (a dos años de cumplirse nueve décadas de su muerte), y los juicios cronológicos de la historia, figuran en la bibliografía extensa que se ha multiplicado en torno a su figura, ya sea dedicada al alcance internacional de su aporte literario como a la interpretación de su figura en la simbología política argentina.
Posteridad, en este caso, es lo ocurrido a espaldas de Lugones, si al morir se marchó hacia alguna parte. A él, a último minuto, ya no le interesaba más el presente, es más, lo detestaba. Se han reunido causas, de las más probadas a las menos, e hipotetizado sobre su determinación. Tristeza, depresión, disgusto consigo mismo, enojo, desengaño, culpa, vergüenza, venganza, sincericidio. Era Lugones. Solo podía marchar él hacia la muerte, no sentarse a esperarla. Ninguna de sus líneas, ninguno de sus gestos dejó de ser mensaje. Y se puede encontrar una nueva resonancia a sus propias palabras perdidas en su libro La Patria Fuerte, con melancólico realismo: “Siempre hay algo de marchito en el laurel de la retirada”.
Como ha sido señalado por varios autores, entre 1937 y 1939, cuatro suicidas notables les quitaron sus respectivos cuerpos a las circunstancias personales o históricas, o simplemente los entregaron al largo sueño. En ese orden: Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones, Alfonsina Storni, y Lisandro de la Torre. Esto le da pie a ese recio cuadro antiimperialista que fue Manuel Ugarte -de la misma generación de Lugones-, a señalar que esas muertes eran el resultado de una enfermedad social. Esos suicidios debían “hacer recapacitar sobre la situación de los intelectuales en el Continente”, y culpaba a la sociedad, al medio, a las autoridades, por no acudir a estas valiosas personas que se sintieron abandonadas, aisladas. “Nadie se adelanta con la mano extendida, aunque en el hueco de ella sólo ofrezca un sentimiento humano. Estos se alejan, aquéllos se abstienen, los de más allá invocan pretextos absurdos. Cerrado y hosco, el ambiente enmudece y se contrae. Se espera la caída del acróbata, sin hacer nada por impedirla. Y producida la catástrofe, cuando la víctima, después de vana resistencia, cede al fin, nadie comprende nada. Penetrados de sorpresa, buscan la excusa, la leyenda, el expediente que deje a cubierto la responsabilidad social.”
Ese discurso se articulaba bien con los años treinta, y Ugarte lo levantaba como una causa latinoamericana. Claro que no se deben excluir las causas inmediatas de las vivencias personales, de la depresión con diferentes orígenes y cuadros en la salud mental. Para Ugarte, las causas de carácter personal eran las que se esgrimían como una coartada social, diciendo “habrán sido víctima de su inferioridad, de su locura o de sus vicios. Se abre la incógnita en que todas las malevolencias pueden colaborar.” Y agrega: “El veneno, la asfixia, o la bala en el corazón, sólo resuelven la crisis personal, dejando intacto el problema y perpetuando el silencio cómplice, que sólo da por resultado la disminución colectiva.”
Hasta aquí va ese foco de la posteridad inmediata de Lugones, siempre incluido en el seno de alguna polémica.
Ahora bien, en materia de epílogos, que es lo que está necesitando a esta altura la serie que concluye el miércoles, es importante asignarle esa función al semanario que brindó a estas notas su guía y sus instancias clave, para seguir la huella de la vida pública de Leopoldo Lugones a lo largo de cuarenta años. Es Caras y Caretas, el medio que nos entrega el ultimo material, cuando ya habían pasado tres meses de la muerte de Lugones por envenenamiento. Fue por esas semanas que la publicación recibió noticias sobre una versión que estaba circulando en Cuba desde el mes de abril. El semanario publicaba el 28 de mayo de 1938 el título: “En La Habana creen que vive”, debajo del cual se exponía el siguiente relato:
“Se ha suscitado en La Habana una polémica periodística que durante varios días constituyó el motivo central de los comentarios en los círculos intelectuales de la capital cubana.
A estar a las referencias que nos remite un compatriota nuestro y lector de CARAS Y CARETAS, el señor Antonio Pérez Jaramillo, quien reside en Cuba hace algunos años, hacia mediados del pasado mes de abril fué lanzada en La Habana la especie según la cual el admirado poeta de ‘Las montañas de oro’ estaba vivo y gozaba de perfecta salud".
Al parecer, la versión había sido difundida por dos hermanos cubanos, ambos diplomáticos, Néstor y José Manuel Carbonell, que se hallaban muy bien vinculados en el ambiente literario de América. Refería Caras:
“El caso fué como sigue:
En el diario ‘Pueblo’, de La Habana, con fecha 12 de abril próximo pasado, apareció una información con el título: ‘Leopoldo Lugones está vivo y goza de perfecta salud’, y a través de la cual se desmentía la del fallecimiento de nuestro poeta, ocurrida el 19 de febrero, en las circunstancias trágicas que son del dominio público. Aquella información se transmitió, nada menos que por vía diplomática, y tuvo el curso que se detalla en las siguientes palabras del mencionado diario ‘Pueblo’: "El embajador de Cuba en Méjico, doctor José Manuel Carbonell, ha enviado a la secretaría del Estado un recorte de periódico en el que se inserta una información por la cual se desmiente la noticia del fallecimiento de Leopoldo Lugones, y que dice:
«Los efectos que hiciera una bomba al estallar, fueron los mismos que causó entre todos los círculos diplomáticos, oficiales y literarios de esta ciudad, la noticia recibida de que Leopoldo Lugones, el gran escritor argentino no ha muerto, declarándose que el comunicado cablegráfico que anunció su muerte es perfectamente falso.»
El relato se retomará en plan de despedida.






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