
Antes que nada, fingir demencia
J.C. Maraddón
En 1974, en ocasión de realizarse el Mundial de Fútbol en Alemania, la FIFA anunció que en 1986 sería Colombia la sede del torneo ecuménico, al aceptar la candidatura de ese país que había sido propuesta por el responsable de la Federación Colombiana de Fútbol, Alfonso Senior Quevedo, al entonces titular de la entidad madre del balompié internacional, Stanley Rous. Restaban así 12 años para que el país sudamericano se pusiera a tono con las exigencias que un evento de tal magnitud imponía, que entre otras cosas implicaban la construcción o remodelación de estadios con capacidad para más de 40 mil personas.
Si bien los presidentes colombianos que se sucedieron durante los siguientes ocho años hicieron público su respaldo a esa iniciativa, muy poco se concretó en los hechos de los compromisos adquiridos y hacia finales de la década del setenta se creó una corporación que recabaría la participación de capitales privados para financiar las obras. Contra esta maniobra, el nuevo mandamás de la FIFA, Joao Havelange, ordenó que fuese el gobierno quien estuviera al frente del emprendimiento. Para el Mundial de España, en 1982, sólo dos de los recintos deportivos de Colombia habían sido reacondicionados y las empresas patrocinadoras habían quitado su apoyo.
Pese a todo, en el epílogo de esa copa en la que se consagró campeón el seleccionado de Italia, en la transmisión de la final se exhibió un cartel en el que se leía: “Nos vemos en el Mundial de Colombia 86”. Ese anhelo se derrumbó apenas unos meses después, cuando desde la FIFA se informó que para el siguiente certamen se pasaría de 16 a 24 equipos, lo que demandaba una infraestructura que Colombia no estaba en condiciones de afrontar. Para colmo, el vicepresidente de esa institución, Hermann Neuberger, también directivo de Adidas, declaró que la sede no podía corresponderle a un país “donde la mayoría de la gente anda descalza”.
En mayo de 1983, se proclamó a México como la sede de esa copa de 1986 en la que se consagró Argentina, una hazaña de la que en junio próximo se cumplirán 40 años. Se descartó así a Colombia, bajo el argumento de que no contaba con los recursos económicos para sortear tamaño desafío, pero además tampoco podía garantizar la seguridad del torneo por la ola de terrorismo que arreciaba en su territorio. Tan firme quedó la opción mexicana, que ni siquiera el terremoto de 1985 puso en peligro esa decisión.
Cuatro décadas después de aquello, serán 48 los seleccionados que participarán de la contienda de este año, por lo que se ha requerido el establecimiento de subsedes en México, Estados Unidos y Canadá para albergar un acontecimiento de semejante magnitud. Si el fútbol ya era una pasión multimillonaria en 1986, a esta altura se ha transformado en uno de los pilares de la industria del entretenimiento, y a su alrededor giran intereses económicos descomunales, pero también lo acosan presiones políticas que sitúan al deporte como un vértice donde confluyen ambiciones desmesuradas, escondidas detrás de arengas patrióticas de dudosa legitimidad.
Con México sumido en una escalada de violencia narco sin precedentes, Estados Unidos incurso en una cruenta lucha por sostener su hegemonía global y Canadá sujeto a los caprichos expansionistas de su vecino del sur, el Mundial 2026 no parece augurar un entorno pacífico para su desarrollo. Sin embargo, a diferencia de lo sucedido en los ochenta con Colombia (y como si nada pasara), se ha dado a conocer el cronograma de la televisación de los partidos y todo continúa su marcha con rumbo al partido inaugural, en una demostración de que “fingir demencia” se ha vuelto una práctica generalizada.






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