
La culpa de acabar con un sueño
J.C. Maraddón
Desde antes también, pero sobre todo a partir de su radicalización ideológica, John Lennon desempeñó el papel del “bocón” dentro de los Beatles, de la misma manera que los otros tres integrantes del grupo también asumían su propio personaje. Ringo Starr era el bromista, George Harrison era el que buscaba la paz espiritual y Paul McCartney era el chico sensible que enamoraba a las madres y a las novias. Pero las cosas iban a empezar a cambiar después de que la banda entrara en un conflicto de intereses donde esas personalidades que se habían complementado, empezaban a ser incompatibles.
Algo de eso se vislumbró en la serie documental “Get Back” de Peter Jackson, que registra la grabación del disco en el que Paul intentó volver a las raíces, pero que terminó fogoneando la discordia. Allí se observa a un McCartney compenetrado en su rol de administrador de la crisis y mentor del proyecto, en tanto el resto opta entre plegarse con cierta pasividad a la iniciativa o rebelarse contra la tiranía del bajista zurdo, una disyuntiva que iba a resolverse con la implosión del cuarteto, tras la cual saldrían disparados cada cual hacia su respectiva carrera en solitario, que tal vez venía en marcha desde hacía un tiempo.
En su sociedad amorosa, artística y política con Yoko Ono, John Lennon fue quien más ruido hizo entre finales de los sesenta y mediados de los setenta, con una postura antisistema acorde a lo que eran las ideas juveniles de la época, tras el mayo francés. Sus proclamas pacifistas lo situaban en la vereda de un activismo virulento y, al mudarse a Estados Unidos, era seguido con suspicacia por los servicios de seguridad de ese país, donde lo catalogaban como un agitador que podía ser peligroso si inspiraba a sus seguidores a imitar su conducta.
Paul, por el contrario, aprovechó el fin de los Beatles para dedicarse más a su familia, se mudó a una granja en Kintyre, al norte de Escocia, para llevar una vida apacible, aunque en ningún momento dejó de lado su faceta musical y hasta formó una nueva banda, Wings, acompañado por su esposa Linda Eastman. En 1975, con el nacimiento de su segundo hijo, Lennon también inició una etapa de ostracismo, de la que iba a emerger cinco años después, hasta que un fanático lo asesinó en la ciudad de Nueva York, donde estaba residiendo.
Acallada así trágicamente la voz de John, y sin que George ni Ringo se corrieran demasiado de ese segundo plano al que los había condenado la principal dupla compositiva de los Beatles, fue Paul el que asumió el papel de vocero y se esforzó en narrar una historia oficial de las peripecias que les tocó atravesar cuando durante los sesenta fueron el faro musical del mundo. Varias han sido las cintas documentales, en diversos formatos, que lo han tenido como protagonista y le han permitido testimoniar su versión de los hechos, sin que haya la posibilidad de que otros testigos lo desmientan.
Como si lo ya conocido no fuera suficiente, se ha estrenado en la plataforma Prime otro rockumental, “Man on the Run”, dirigido por Morgan Neville, que hace foco en el trayecto que siguió McCartney tras la disolución de los Beatles, a través del recuerdo que el propio músico elabora con su voz en off. Por supuesto, el material de archivo tiene una potencia emotiva que legitima el rescate y la compaginación es atrapante, pero lo que queda en claro es que Paul aún no logra cerrar la herida de aquella polémica que lo señaló como culpable del fin del sueño beatle.








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