
Gigantes que pisan fuerte
J.C. Maraddón
No siempre la ceremonia de entrega de los premios Oscar gozó entre nosotros de la resonancia mediática que obtuvo de un tiempo a esta parte. Ninguna duda cabe acerca de que las redes sociales han potenciado el revuelo de ese evento, al igual que lo han hecho con muchos otros acontecimientos del mundo previo a su eclosión. Pero no debemos olvidar que hubo un tiempo en que ni siquiera la televisión permitía asistir en directo a tan magna velada, por lo que las noticias eran recibidas luego, cuando determinados programas de radio y TV o la prensa escrita daban a conocer el palmarés.
La necesidad de no perderse detalle de lo que sucedía esa noche en Los Angeles, por parte de los telespectadores locales, recién se exacerbó con el crecimiento del sistema de las señales de cable, en cuya oferta generalmente se incluía el canal que tenía los derechos para emitir ese programa. Fue entonces que una buena porción de la audiencia argentina pudo disfrutar de esa novedad, a la que se sumaban las alternativas de lo que ocurría en la previa sobre la alfombra roja, por donde las celebridades desfilaban con rumbo a su respectiva platea en el teatro de turno.
Sin embargo, una vez superada la curiosidad por acceder a eso que antes era invisible, la prolongada extensión de las premiaciones, que rondaba las cuatro horas y que se iba ampliando a medida que se agregaban nuevas categorías, hizo que el interés se fuera diluyendo. Además, la grilla de los servicios de TV empezó a proponer contenidos premium, entre los que se contaba presenciar la noche de los Oscar, por lo que un sector importante de los abonados fue privado de recibir esa emisión. También el cine como industria atravesaba una crisis que alejaba a la gente de las salas de exhibición.
Con la emergencia de las plataformas de streaming, el panorama se alteró notablemente y en algunos aspectos se revitalizó el atractivo de los productos audiovisuales, lo que derivó en una oportunidad para reflotar el prestigio de las estatuillas que entrega la Academia de Hollywood y de remozar la estructura de un show que perdía su magia. De hecho, será Disney+ la responsable de distribuir en nuestra región las imágenes de la ceremonia que se realizará el próximo domingo en el Dolby Theatre, con dos tanques de la recientemente vendida compañía Warner compitiendo como las películas más nominadas: “Una batalla tras otra” y “Sinners”.
Pero no parece que a este esquema de negocios le quede un largo camino por recorrer. Cuando en 2028 se cumplan cien años de esta tradicional feria de vanidades, la cadena estadounidense ABC oficiará por última vez como cabecera de la televisación. Los organizadores han anunciado que, desde la edición de 2029, ese lugar será ocupado por YouTube, que como se sabe es desde hace 20 años una división de la empresa Google, por lo cual uno de los mayores gigantes informáticos sumará así una marca más a su inabarcable cadena de firmas subsidiarias.
A partir de entonces, usuarios de todo el planeta tendrán la chance de asomarse de manera gratuita a la gala de los Oscar, excepto los estadounidenses, que sólo podrán hacerlo si son suscriptores del sistema de YouTube TV. Lo que aparenta ser un avance hacia la democratización de la llegada de esa transmisión a todos los interesados en verla, es en realidad otro paso hacia un monopolio cada vez más aceitado por parte de los gigantes del universo digital, que subsumen a la industria cinematográfica justo cuando se está por celebrar el centenario de la consolidación del imperio de la producción fílmica, representado en esos premios anuales.






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