
Cordobers | Caras y caretas cordobesas
Víctor Ramés
Ricardo Rojas y el teatro colonial en Córdoba (Cuarta parte)
Si bien Córdoba había tenido la ventaja histórica de contar con brotes teatrales dentro de su matriz religiosa, que se anticiparon a la que sería la capital del Plata, en el plano del teatro laico fue Buenos Aires la que tomó la delantera, ya que el primer teatro porteño mencionado por Rojas se abrió durante el mandato del virrey Vértiz, en 1891. En Córdoba habría que esperar varios años después de la Revolución de Mayo para encontrar antecedentes de una sala de teatro. Jugamos un alargue, con referencias a los primeros años después de expulsada la autoridad virreinal.
En el sistema de periodización establecido por Rojas para desarrollar su historia de la literatura argentina, el tercer estadio del relato abarcaba desde la expulsión de los jesuitas y las reformas virreinales de 1776, hasta el “ocaso de la generación de mayo”, que se situaba en 1820, seguida de un cuarto período entre lo que llama la proscripción rosista hasta la batalla de Caseros, en 1852. La estrella rosista se levanta hacia 1840 y dará curso, por contraposición, a una etapa literariamente muy rica, nacida precisamente de los proscriptos del régimen del gobernador de Buenos Aires ascendido a hombre fuerte de esa hora.
En Córdoba, entretanto, en un período determinado por la consolidación de la retirada realista, no hay demasiadas noticias dignas de cita sobre las artes. Se abre un ciclo poco favorable a otras cosas que no fueran las lides políticas y militares. Según cita el presbítero Pablo Cabrera, en sus Antecedentes de la representación teatral en Córdoba (1931), en 1816, el Cabildo Secular recibió un proyecto presentado por el ingeniero Carlos O ‘Donell, solicitando un subsidio de doscientos pesos “para la construcción de un teatro de comedia”. Dicho subsidio le fue denegado por el Ayuntamiento, ‘’por lo precario de la Caja de fondos públicos”.
Tras alguna insistencia por parte de O’Donell, los datos se pierden y Cabrera tiende deducciones para completar el relato sobre esa obra: “Sospecho (…) que 0 ‘Donell abrió los cimientos de ella y construyó algunas de sus dependencias: pero en virtud de la nueva marejada de disidencias y de luchas políticas desatadas en breve con furia en el país, los trabajos quedaron interrumpidos, e inconcluso el teatro de los ensueños de O ‘Donell.”
La narrativa queda vinculada, a esta altura, a los intentos de contar con una sala en la ciudad, sin que se puedan sumar aportes sobre manifestaciones teatrales, ya fueran representaciones callejeras u en otros espacios, traídas por elencos ambulantes durante el período mencionado. Solo es posible continuar ceñidos a la voluntad de centralizar un espacio escénico donde pudiera hacer pie la actividad del “arte de Tespis”. Referida al mismo período, resulta oportuno recordar esta cita de Sarmiento en su Facundo (1845), que intentaba pintar la Córdoba de 1825: “Esta ciudad docta no ha tenido hasta hoy teatro público, no conoció la ópera, no tiene aún diarios, y la imprenta es una industria que no ha podido arraigarse allí. El espíritu de Córdoba hasta 1829 es monacal y escolástico”.
Veinte años transcurrieron desde aquella iniciativa de O’Donell, donde hubo otros intentos sin éxito de dotar a la ciudad de Córdoba de una sala teatral, hasta prácticamente un lustro antes de la publicación del Facundo. En noviembre de 1836 las autoridades recibieron un nuevo pedido relacionado a la construcción de una Casa de Comedia. La falta de tal recinto había quedado más en evidencia al realizarse unas recientes representaciones a la intemperie ‘’con motivo del feliz advenimiento de S. E. (D. Manuel López) al gobierno de la Provincia”. El pedido fue suscripto por José Cortés y Ramón Bazerque. Deducía Cabrera que dicha propuesta fue proyectada sobre lo que quedaba en pie del proyecto impulsado por O’Donell, ya que en la petición se estipula: ‘’el gobierno nos cederá el teatro actual con todos sus útiles”. La nueva feliz iniciativa tampoco llegó a abrir sus puertas, pero sabemos al menos que existía algo en la ciudad llamado “teatro”, no apto para su uso como tal.
Le tocaría al actor argentino José Casacuberta, a su paso por Córdoba en 1939, tener parte activa en la existencia de la primera sala que finalmente dio cabida al arte escénico en la ciudad: el Teatro de la Comedia, que abrió sus puertas en 1839. El nuevo teatro fue construido en un terreno de Manuel de la Lastra, a quien se pagaban ciento veinte pesos anuales por el sitio de su propiedad frente a la calle de la Policía, es decir sobre la San Martín.
La compañía del primer gran actor argentino permaneció un año y medio haciendo funciones en Córdoba. Todo concluyó al darse vuelta la tortilla política, en 1940. Cuenta Efraín Bischoff que “en la noche del 29 de noviembre, el gobernador Álvarez y su ministro de guerra, coronel Martínez, estaban en el teatro aplaudiendo escenas de El barbero de Sevilla, cuando un ayudante informó que Lavalle había sido derrotado en los campos de Quebracho Herrado (San Justo) por las huestes del general Oribe, quien ahora se dirigía a la capital. Todo fue confusión y terror, y la desbandada fue inmediata. Nadie esperaba ser perdonado por Oribe cuando arribara. Unos trataron de escapar hacia el norte del país; otros, como Casacuberta, se dirigieron a Chile”. El actor nunca regresaría al país.
La sala cayó en el abandono por deserción de los socios que la habían levantado hasta que, en 1848, el gobernador Manuel López decidió invertir en la reconstrucción de la Casa de Comedias, de su bolsillo y con aporte del óbolo popular. Entre abril y septiembre de 1849, vino a hacer temporada en la Docta la compañía encabezada por Trinidad Guevara y Pascual Ruiz, ofreciendo 28 funciones abarrotadas de público.





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