
Caras y Caretas Cordobesas
Víctor Ramés
Las tres décadas expuestas de Fader (Decimoséptima parte)
Fader concretó su retrospectiva en el salón de los “Amigos del Arte”, donde expuso de octubre a diciembre de 1924 medio centenar de cuadros de diversos períodos. El salón era estrecho y las obras del artista no lucieron como era debido, lo cual mortificó a Fader. Pero al año siguiente no le quedó otra alternativa que volver a aceptar la invitación de la asociación y esta vez -fruto de una nueva racha de mal tiempo en Ischilín- llevó a Buenos Aires solo tres cuadros otoñales que había logrado producir.
A esa muestra dedicaba la revista Caras y Caretas un texto más bien breve, y laudatorio, en su número del 24 de octubre de 1925. La sección “Exposiciones” revisaba las novedades en galerías porteñas y dejaba para el final la mención de los tres cuadros de Fader:
“Mas, en verdad, la nota del año, la encontramos en tres obras de Fernando Fader, quien sin estruendos ni proclamas, ha elevado a museo el local de los "Amigos del Arte". Pintura y emoción profundas. Pintura vigorosa, realizada con la ciencia de un maestro y con el corazón de un gran artista. Emoción de un solitario, frente a sí mismo, que se traduce en ritmo puro, porque es, al propio tiempo, la de un admirable poeta.
Un boceto y dos cuadros, nada más. El uno, la maravilla del oro; el otro, la suprema tristeza de los grises, que se ahonda al mirarse en los dos ojos de agua, agrandados y brillantes.”
Durante aquella exposición tendría lugar un encuentro entre dos grandes artistas de la historia del arte argentino, que representaban conceptos muy opuestos, aunque se tenían mutuo respeto. Pero tuvieron un lamentable roce de opiniones en la misma galería.
Emilio Pettoruti, uno de los dos, refiere con cierto remordimiento aquel encuentro en “Amigos del Arte, precisamente en octubre de 1925. Lo cuenta en su autobiografía: El pintor ante el espejo.
“Una tarde que pasé por los locales de mi exposición a hora temprana, me dijeron que adentro, desde hacía largo rato, se encontraba el pintor Fernando Fader. Me asomé, vi que miraba atentamente los cuadros y no quise distraerlo. Pero como el tiempo pasaba, y yo tenía una cita con alguien para minutos después, y pensé que como vivía Fader en Córdoba, si no me acercaba en ese momento a saludarlo y a agradecerle su gentil visita, no lo haría nunca. Me aproximé, pues, al artista.
Después de un rato de conversación sumamente amena, hizo una reflexión que sin duda lo preocupaba: "Usted no pinta directamente del natural". Le respondí lógicamente que no, que yo hacía del natural los estudios y luego componía el cuadro en mi taller, a lo que me contestó que él pensaba que el paisaje debe hacerse frente a la Naturaleza. Tanto lo estimaba así, que para pintar sin fatiga y en todo momento se había hecho construir un camión-estudio en el que marchaba al campo al encuentro del paisaje. Le argüí que los venecianos, Claude Lorrain, Magnasco y tantos otros grandes paisajistas no pintaron sus paisajes del natural, porque los largos preparativos y las grandes telas no se prestan para aire libre. Como no se diera por satisfecho, agregué: "¿Usted cree, maestro, que Benozzo Gozzoli, para hacer los paisajes que adornan sus frescos transportaba a pleno campo el palacio que debía decorar y luego lo emplazaba de nuevo en su sitio?"
Sin decirme hasta luego, Fernando Fader dio media vuelta y se fue. Quedé muy apenado por mi impertinencia, y como supe casi en seguida que estaba enfermo, aquella noche no pude dormir.”







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