
Kicillof en la gran manzana
Javier Boher
Algo tiene Nueva York que resulta tan atractiva para todo el mundo. Es una de las grandes urbes globales, quizás la más diversa y heterogénea de todas, con un ritmo de vida y un nivel de fuerza en sus negocios que envidian en todos lados.
Desde hace un tiempo parece haberse convertido, también, en el faro del progresismo mundial, con el alcalde Zohran Mamdani como la figura con la que los que así se identifican buscan resistir “el avance de las ultraderechas”. No solamente marca adecuadamente en todos los casilleros con los que se testea la pureza ideológica, sino que también es físicamente atractivo a los ojos de sus votantes (reales o aspiracionales, como los que después eligen votar al delfín de un barón del conurbano porque así manda la jefa).
Una de las formas en que se conoce a Nueva York es por su apodo de La Gran Manzana. Mientras pensaba en qué podía escribir sobre la gente de Kicillof celebrando su foto con un intendente norteamericano recordé ese apodo. La idea de la manzana y de alguien que no se puede resistir de ir a buscarla me recordó a la historia bíblica. La tentación de ir a la gran capital del mundo abarca a todo el espectro ideológico, que no puede dejar de tratar de probar aunque sea un pedacito de la cercanía al poder real.
Seguramente los cráneos de la campaña kicillofista ya se estuvieron interiorizando sobre cómo funcionó la campaña del neoyorquino para replicarla acá, a pesar de que esas cosas no siempre funcionan. El magnetismo del joven intendente es demasiado tentador como para evitar mimetizarse con él.
Es curioso que Sergio Massa, el último candidato del peronismo realmente existente, supo referenciarse en Rudolph Giuliani y contratarlo para que lo asesore. El tampoco pudo resistir a ir a la Gran Manzana, lugar al que acudía asiduamente en su rol de Ministro de Economía para ver si le daban algo más de plata para poder llegar a las elecciones.
Por supuesto que no son los únicos, porque Macri, Bullrich y hasta Néstor Kirchner iban de visita a sentirse parte del mundo de la gente grande. Milei lo suele hacer más seguido que sus antecesores, quizás aprovechando que él mismo es una imagen reconocible a nivel global y que siempre hay gente dispuesta a sacarse fotos con él. En cualquier caso, la tentación de figurar es grande, tan grande como la necesidad que los lleva a ir a golpear puertas para buscar ayuda.
Cuenta la historia que una vez un hombre fue a pedirle plata a JP Morgan, quien lo invitó a pasear por las calles de Nueva York mientras escuchaba los pormenores de la solicitud del pobre hombre. Al terminar de dar explicaciones, el señor que necesitaba el dinero le preguntó si se lo prestaría, a lo que Morgan le respondió que no, pero que le había dado algo aún más importante: toda la ciudad los había visto caminando juntos, por lo que no faltaría gente dispuesta a ayudarlo a partir de ese hecho.
Kicillof fue a pedir la foto con Mamdani por urgencias políticas similares a las necesidades económicas del hombre que fue a buscar a Morgan. El gobernador bonaerense se volvió con lo que necesitaba para que le crean que él es el único progresismo posible para enfrentar a Milei, apenas una foto con la que tratar de respaldar sus promesas. No sé si el hombre de la historia pudo recuperarse o si volvió a fracasar, pero el hecho de que se lo trate de manera anónima nos da un buen indicio sobre qué pudo haber pasado.
Es tentador creer que un par de apoyos importantes van a ser decisivos, pero no importa cuánta ayuda se reciba; si se confían en el poder de la manzana hay altas chances de no poder acceder al paraíso que se busca.




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