
Brochette de periodistas
Javier Boher
Otra vez el presidente atacó a los periodistas de manera directa y sin vueltas, al afirmar que un grupo de ellos debería ser quemado en la hoguera. El rapto de furia fue después de haber sido sobreseído por la causa $LIBRA, el primer escándalo de corrupción que explotó en su gobierno y donde empezó a resquebrajarse la confianza de su electorado.
Lamentablemente, las ofensas ya son moneda corriente y parte fundamental del lenguaje con el que el presidente se refiere a todos los que lo critican. Esta vez le agregó el condimento de mencionar la idea de incendiar periodistas, justo a un par de meses de que se cumplan 30 años del asesinato de José Luis Cabezas, reportero gráfico cuyo “error” fue haber fotografiado a uno de los empresarios que formaba parte del entramado de corrupción peronista de los ‘90. A los que hoy se horrorizan de la parte de los dichos se olvidan de quiénes gobernaban entonces en los hechos.
No importa que el kirchnerismo también haya atacado a los medios (o que incluso lo siga haciendo cuando está en sus posibilidades), la única forma de ser mejores es si dejamos de hacer las mismas cosas que nos trajeron hasta acá. Vale para la economía, pero también para la relación entre el poder y la sociedad civil.
Sin embargo, hay algo que leí entre tantas opiniones expresadas por distintos colegas y que me pareció bastante acertado. Entiendo que no es lo mismo te era detrás el poder del Estado que opinar desde un medio de comunicación, pero hace apenas unos días criticaron al presidente por haber criticado la idea de que la gente no llega a fin de mes. “La frase suena linda y es una tontería del tamaño de una casa. Si se quedan sin plata verdaderamente el 20, ¿cómo viven diez días sin comer ni beber?”, afirmó. Sus críticos explotaron acusándolo de literalidad, casualmente de lo mismo que se podría acusar ahora a los que dicen que quiere quemar periodistas.
Muchas veces las palabras suenan fuertes o feas a los oídos de algunos, pero en la medida que quede en palabras y no se incite directamente a salir a quemar gente tiene que entenderse en ese plano retórico. Es como decir “machete al machote” o “la única iglesia que ilumina es la que arde”. Son frases o consignas que expresan enojo sin necesariamente ser una apelación al delito.
Me preocupa más que el presidente retuitee a gente que pide cárcel para los periodistas o que haya gente tratando de viralizar lugares de trabajo, números de teléfono o rutinas cotidianas, especialmente porque siempre puede haber algún desequilibrado con ganas de excederse en su militancia y estar dispuesto a cometer un ataque violento.
En la medida en la que exista libertad de expresión, cada uno es libre de expresarse del modo que quiera. A fines de los ‘90 y principios de los 2000 nos criamos cantando lo que debe de haber sido un pico en el ejercicio de ese derecho en este país. Cito una parte de “Sr. Cobranza”, popularizado por Bersuit Vergarabat: “Norma Plá a Cavallo lo tiene que matar / Qué me vienen con chorizo, pero ya va a llegar / Que cocinen a la madre de Cavallo y al papá / Y a los hijos, si es que tiene / O a su amigo el presidente no le deje ni los dientes”.
La regla de oro es que uno no tiene que hacer lo que no quiere que le hagan. Milei abrió la puerta para que le digan cualquier cosa. Hay que ver cuántos periodistas se animan a cruzarla para ponerle apodos y burlarse del poder. Seguramente pocos. Por eso después los sirven como en el plato del título.




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