A la escuela con el estómago en la cabeza

Las mediciones de las pruebas PISA volvieron a mostrar los malos resultados del país en distintas áreas, reflejo de las sucesivas crisis socioeconómicas

Nacional 07 de diciembre de 2023 Javier Boher Javier Boher
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Por Javier Boher
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Cada vez que se conocen los resultados de algunos de estos exámenes estandarizados la situación es la misma: Argentina se estancó o cayó respecto a sus vecinos y cada vez más chicos tienen problemas para entender lo que leen o para resolver problemas matemáticos básicos.
La culpa no es de la pandemia, que ayudó bastante, ni del lugar que le da la gente a la educación, sino de la respuesta del Estado ante estos temas. Se gasta mal y se diseña peor, pidiendo cada vez menos contenidos a la escuela, pero tapando a los docentes de un trabajo de oficinista que no sirve para nada. 
Cada vez que alguien me dice que la gente no valora la educación se lo refuto. Si saliera caminando de mi casa, estoy a 45 minutos de la escuela más cercana. Tengo vecinos que hacen ese recorrido todos los días, cuando en invierno todavía es de noche y las calles están escarchadas, acompañando a sus hijos hasta la escuela. Quizás que haya desayuno y almuerzo los ayuda en la asistencia, pero ese esfuerzo no es solamente por eso, sino porque también hay una idea de progreso a través de la educación.
Sin embargo, la escuela sigue con sus problemas. Paros, cambios de jornada, cargos u horas que no se cubren, francos compensatorios, todo eso conspira contra la calidad de lo que se enseña. En un colegio de la zona les enseñan quechua desde sala de 3, aunque después uno se encuentra con chicos que en cuarto o quinto grado no saben leer o escribir en castellano. Todo en el sistema educativo actual sufre de la misma enfermedad de despegar la asistencia escolar de los resultados, como si ir a la escuela fuese todo un mérito, algo valioso por sí mismo.
El fetiche de la educación pública la ha puesto en manos de los gremios, mientras los que pueden deciden mandar a sus hijos a escuelas privadas. Todos se dedican a hablar y defender una idea que ya no existe en la práctica, donde las escuelas secundarias marcan la enorme brecha que hay entre unas y otras. Por supuesto que siempre están los que defienden la educación estatal porque sus hijos van a los pocos colegios de esos que funcionan, pero que también están cayendo en su nivel: el Belgrano o el Monserrat de hoy no son los de hace 20, 30 o 40 años.
Leyendo sobre la educación en Finlandia -que durante unos años fue la inspiración para muchos burócratas del ministerio de educación- uno de los referentes de dicho país, Pasi Sahlberg, decía que ellos no habían inventado nada, sino que se habían dedicado a copiar de otros lugares. Incluso nombraba a Argentina y a Sarmiento como parte de las influencias de su sistema educativo, algo que en las dos últimas décadas parece ser una mala palabra.
Acá seguimos teniendo estructuras cada vez más grandes e ineficientes, con gremios que controlan el día a día de las escuelas, con malos salarios que obligan al pluriempleo y donde todos eligen ver para otro lado cuando las cosas no salen bien. No todos los chicos tienen la suerte de que en la casa los ayuden a tapar los baches de la escuela, porque en este país el ascenso social se debía justamente a lo contrario, que la escuela ayudaba a cortar esa transmisión intergeneracional de ignorancia que hay en muchas casas.
Por último, no se pueden despegar la pobreza ni las malas condiciones de empleo y de vida de los malos resultados educativos. Crisis económicas significan docentes más preocupados, padres menos presentes para sus hijos o chicos que tienen que salir a pedir o a trabajar porque la plata no alcanza. Como dijo algún político hace poco, la inflación le roba a los pobres lo único que tienen para salir de ahí, el fruto de su trabajo y de su esfuerzo. Cuando se va todos los días a la escuela con el estómago en la cabeza no se puede esperar que haya mejores resultados.
 

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