El show de lo previsible

Nada sorprendió a nadie, justo lo que todos esperaban que pase

Nacional 01 de febrero de 2024 Javier Boher Javier Boher
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Por Javier Boher
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Tal vez sean la ola de calor o un enero eterno, pero nadie parece tener paciencia para todo lo referido a la Ley Ómnibus y lo que la rodea. Más allá del contenido de la misma, lo que se ve es lo mismo de siempre, con apenas algunos pequeños cambios.
La cosa arrancó con la obtención del quórum, siguió con algún homenaje que la casta le rindió a uno de los suyos y después con un intento de devolver el proyecto a comisión, que fracasó. Esos números nos dan un estimado de qué cabe esperar sobre la votación, ya que los que votaron afirmativamente creen que no hay nada más que decir al respecto, por lo que se intuye el potencial resultado.
Todo el proceso mostró lo que se suele ver en este tipo de situaciones cuando gobierna el no peronismo. Hay un oficialismo que no tiene mayoría y debe contar los votos hasta el último momento, una oposición peronista que quiere evitar que se vote, una oposición dialoguista que está viendo qué objeciones hacer para meter bocadillo y una oposición de izquierda esperando para romper todo. Lo único que cambia respecto a la última década es que ahora se ven más agentes de las fuerzas de seguridad en la zona.
El libreto de la izquierda es el mismo de siempre, con esas hojas amarillas que debe haber mecanografiado algún viejo agente del PC. El pueblo debe ser liberado de la opresión y ellos son los iluminados que saben qué hay que hacer para conseguirlo. Por eso, tras sacar siempre menos del 5% de los votos y con una famélica bancada de cuatro diputados, sacan a sus militantes a la calle para tirar piedras y empuñar palos contra la política parlamentaria. Ignoran sistemáticamente los resortes institucionales y creen poder sabotear por la fuerza la discusión adulta que se realiza en el recinto.
Ante cada grito o descalificación que reciben, rápidamente pasan al rol de víctima oprimida, cuando se ha visto más de una vez que no les importa poner en riesgo la vida de un policía con tal de evitar que sesione el Congreso. Cañas como lanzas y piedras contra los cascos, todo vale para evitar la discusión republicana que saben que van a perder.
Cada bloque hizo la propia exhibición de su rutina artística, esa que hacen cada vez que se plantean este tipo de debates. Los representantes de los gobiernos de provincia salieron a defender el federalismo y los pueblos del interior, porque "la Argentina no se termina en la General Paz", frase que hasta el momento de escribir esta nota nadie dijo, pero que seguramente alguien pronunciará antes de que el diario llegue a la calle. 
Los radicales jugaron su papel habitual, el del pragmatismo flexible que los hace quedar mal con propios y extraños. Desde todos los sectores le reclaman al radicalismo que haga lo que ellos creen que dice la historia del centenario partido, aunque si el sello sigue existiendo es por la capacidad de acercarse lo suficiente como para que la fogata los mantenga vivos, evitando acercarse mucho para no quemarse.
El oficialismo demostró ser una fuerza incapaz de llevar a buen puerto el gobierno, desconociendo todas las herramientas políticas y legislativas, pero encima tratando de hacerle entender a los profesionales de esto que los equivocados son ellos. Los bloques de la oposición soft (los mencionados anteriormente y la bancada del Pro) van ayudando a mantener el proyecto con vida, tratando de que el kirchnerismo los desmembre en una ceremonia humillante.
El grueso de los medios televisivos cubrió el palacio y la calle, dando un lugar central a los excesos del protocolo de Bullrich (si es que existió tal cosa) y a las malas formas con las que se trató a la izquierda (con la doble vara mencionada anteriormente). 
Nada de lo que pasó ayer sorprendió a nadie, porque es parte de esa rutina psiquiátrica en la que se ha sumergido la política argentina desde que se escindió del sentido común y la búsqueda del bien común. Cada grupo defiende su nicho de votantes, su espacio de referencia, y se olvida de que hay otras cosas que van más allá de trabajar con fuerza por sostener un relato ideológico y absurdo sobre el estado, el mercado y la sociedad. Ni la oposición más dura, ni el oficialismo más ortodoxo, aceptan que esos modelos con los que pretenden explicar y transformar el mundo ya no existen más, lo que obliga a negociar otros caminos para alcanzar esos mismos objetivos de prosperidad y bienestar.
Es un poco cansador ver la extensión de la sesión, la reiteración de temas y discursos, los intentos de aprovechar el envión para figurar en noticieros y redes sociales, el afán por victimizarse o por humillar al otro -según se presente la oportunidad- y todos los lugares comunes de este tipo de situaciones. Ya sabemos qué va a hacer cada uno y cómo los van a celebrar los propios. Tal vez por eso la gente está cansada de la política, porque en definitiva siempre se repite el mismo espectáculo.
 

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