Reflejos del llano

El peronismo debe combinar el deseo de volver al poder con la necesidad de reorganización, que lleva inscripta la obligación del tiempo

Nacional 06 de febrero de 2024 Javier Boher Javier Boher
2024-02-05-peron
Por Javier Boher 
En estos tiempos convulsionados es difícil saber exactamente hacia dónde vamos y qué fichas juegan todos los bandos, porque las relaciones de poder se siguen redefiniendo permanentemente. Hay tensiones crecientes en las dos grandes coaliciones de la última década, que aún no pueden procesar la irrupción libertaria.
Pese a que las identidades políticas hoy están más desdibujadas que nunca, hay prácticas políticas que se siguen transmitiendo con fluidez de generación en generación, casi como si estuviesen en el ADN de los partidos y su descendencia bastarda.
Desde el regreso de la democracia hubo solo tres intervalos de no peronismo, 12 años de 40. Ahora estamos comenzando el cuarto. Lo que dicen los datos es que en dos de esas tres veces los gobiernos se terminaron antes de tiempo. Algunos insisten en que fue la crisis desatada por los no peronistas lo que precipitó la salida de Alfonsín y De la Rúa, mientras que los otros dicen que el justicialismo puso en marcha estrategias de desestabilización para que eso ocurriera. Si no hubiera un poco de cada cosa no se habría celebrado que Macri termine su mandato en tiempo y forma. Las brujas no existen, pero que las hay, las hay.
Pese a que la historia marca que la tolerancia hacia gobiernos peronistas es mayor que hacía gobiernos de otro color, hoy el peronismo es uno de los más necesitados de que este gobierno cumpla sus cuatro años en el poder. No hay una conducción nacional para el justicialismo y se ha perdido parte del verticalismo que lo caracterizaba, con una descentralización provincial (e incluso regional) que dificulta saber quién es el que manda. 
Sin embargo, el zorro pierde el pelo, pero no las mañas. Aunque esos zorros del peronismo esten más flacos, desteñidos y sarnosos, todavía le quedan algunos trucos para robarse unas gallinas desprevenidas.
La fila del hambre que se armó ayer fue la respuesta -y el desafío- de una pata del peronismo a la ministra Pettovello, que durante la manifestación de la semana pasada se sentó tras una mesa a empadronar directamente a los que estuviesen necesitando ayuda estatal. Ese día no se presentó nadie, pero ayer ya había ocho cuadras de cola de gente malnutrida (pero no con hambre, porque sus circunferencias lo desmienten) esperando para anotarse en el cuadernito de la ministra. 
Todos sabemos que el hambre en este país no está en los que se pueden trasladar a Buenos Aires, sino en las zonas más alejadas y olvidadas del territorio argentino, pero la fuerza de las fotos es muy grande para los desprevenidos que siguen desde el exterior lo que pasa con este giro a la derecha neoliberal, genocida, apátrida, cipaya y demás calificativos que tiene la izquierda en su manual de comunicación. Es la construcción de la narrativa.
Hay otra cosa que me ha llamado la atención, que puede ser una mera coincidencia o el reflejo del cambio de época. Las dos últimas semanas han sido particularmente inusuales en lo que hace a la violencia en el fútbol. No se trata del "folklórico" maltrato a los equipos visitantes y esas cosas, sino a refriegas e internas por el control del poder. Algo se está moviendo ahí abajo, aunque nadie lo quiere decir.
Hace poco se conoció la desatinada decisión de la ministra Bullrich de nombrar a cargo del área de eventos deportivos a un joven sin experiencia que antes había sido su chofer, el tipo de acomodo o pago a militantes que termina costando vidas. Aunque la seguridad de los eventos deportivos está a cargo de las policías provinciales, no deja de ser un escándalo dicha designación, que ahora queda mucho más bajo la lupa por estos episodios de violencia.
Seguramente quienes más conocen del tema tienen datos sobre esos procesos de violencia que están ingresando a las canchas, que este fin de semana le han costado la vida a dos personas. Los que miramos el fútbol desde afuera no podemos separarlo de lo que pasa en la política, por la conocida relación que hay entre las barras, los políticos y el narcotráfico. Si hay paz o hay guerra depende de cómo la política maneja esos negocios.
Quizás en esto último no haya nada de organicidad ni un intento de desestabilización, pero tal vez ese recorte de partidas que empezó a ejecutar el Gobierno Nacional cortó algún goteo que se filtraba hacia el fútbol. Si se achica la torta aumentan los tironeos para ver quién se queda con una buena porción.
Tal vez estos eventos son cosas aisladas, pero también pueden ser reflejo de un peronismo que sufre la abstinencia de cajas públicas y al que lo traiciona su necesidad de volver al poder. Esto último no asoma como certeza, al menos hasta que no resuelva sus propios procesos internos de renovación de liderazgos. Así, se contraponen las ganas de volver al poder con la necesidad de tiempo para organizarse, que se combinan con la irrefrenable pulsión por demostrar quién es el dueño de la calle.
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