Caras y caretas cordobesas

Con esta nota se da cierre a la serie de menciones a Martin Gil en el semanario porteño. Esto no equivale a declarar que se ha agotado el material sobre su figura, es más bien un límite razonable al panorama, en este medio.

Cultura 07 de febrero de 2024 Víctor Ramés Víctor Ramés
Martín Gil en 1917 y en 1950
Dos fotos de Martín Gil, en la vida adulta y una digna ancianidad.

Por Víctor Ramés

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El hombre que escudriñaba las estrellas (6)

Una búsqueda más completa podría sin duda ampliar la serie de ecos que Caras y Caretas produjo sobre el escritor y astrónomo cordobés. Para el cierre elegimos una breve reseña de junio de 1917, dedicada al libro Celestes y cósmicas, publicado ese año por la editorial cordobesa de Bautista Cubas. Allí se desmontaba, con tino, la serie de valoraciones periodísticas que se habían vuelto habituales al hablar de Gil en tanto “personaje” (cosa que hemos replicado, por nuestra parte, en esta serie de notas):
“Hace siglos se dijo por primera vez que, si todos los hombres tenemos algo de poetas y de locos, los astrónomos tienen más de lo uno y de lo otro. Sería largo y ocioso averiguar la dosis de verdad que haya en semejante aforismo, en que la ironía no alcanza a disimular del todo cierta falta de respeto por los colegas de Herschell y Leverrier: pero lo cierto es que este libro de Martín Gil demuestra plenamente que se puede ser un astrónomo emérito, y conjuntamente un excelente escritor. Porque Martín Gil no es lo que se llama un divulgador científico, de aquellos que reparten ciencia como los frailes sopa a la puerta del convento: es sencillamente un hombre de ciencia doblado de un literato, lo que en el siglo XVI se habría llamado un humanista. No pretende poner la astronomía al alcance de los horteras; quiere hablar con sabiduría y elegancia de cosas que interesan a la inteligencia y al corazón. Y lo consigue, en la irreprochable forma que atestiguan los artículos que ha recogido en este precioso libro.”

Para finalizar la serie de menciones a Martín Gil, es de interés citar una entrevista aparecida en 1950, cuando el cordobés contaba 81 años, cerca de su fallecimiento en 1952. Para entonces, Caras y Caretas ya no se publicaba, pues había dejado de salir en 1939. El reportaje se incluyó en la revista Argentina, firmado por Darío Ferison. Lo rescata el sitio Mágicas Ruinas (https://www.magicasruinas.com.ar/) de donde tomamos algunos fragmentos.
“Pequeño, ágil, inquieto, de mirada vivaz y elocución a la vez fácil y mesurada, don Martín Gil parece el candidato ideal para una entrevista; pero ¡cuidado! que no todo el campo es orégano y se corre el riesgo de ir por lana y volver rapado a máquina número doble cero. Porque don Martín Gil es inquisitivo e interroga más de lo que responde. Sus preguntas son discretísimas, pero ineludibles, por lo cual, a poco de iniciada la entrevista, el repórter está hundido en una butaca, hablando de sí mismo o de un asunto que le apasiona, en tanto que el reporteado anda de aquí para allí, atizando con breves interrogaciones la llama de las confidencias.”
Don Martín Gil se ha levantado de la cama para recibir al repórter, pero no se comporta como un convaleciente; no se queda quieto un solo minuto; se sienta, se levanta, pasea por la amplia habitación iluminada por anchos ventanales que miran al este, abre una ventana, la cierra, la vuelve a abrir, arroja una mirada al cielo, formula un comentario y una pregunta. (…)
Da pie a la iniciación del reportaje una referencia a ‘Noche de Perros’, la breve obra maestra con que Martín Gil comenzó su actividad literaria (…). Al referir al Dr. Ramón J. Cárcano, que había sido profesor suyo en el Colegio Nacional de Córdoba, su aventura con los perros de don Bernardo, Cárcano le dijo: ‘¿Por qué no escribe eso?’... Lo escribió en una noche, de una sentada, y ahí está el cuento, fresco y lozano, como si hubiera sido escrito ayer y no hace medio siglo.”

Al morir su padre, con 21 años, Martín Gil dejó su formación como abogado en Córdoba, para hacerse cargo de las estancias recibidas por herencia. En Bell Ville se dedicó a la cría de ovejas y un hecho inesperado, una ola súbita de frío, redujo el ganado lanar de 12.000 animales a la mitad. Así fue que la atención del productor rural se desvió hacia los fenómenos meteorológicos. Así prosigue la nota de la revista de 1950:
“Sobre su ruina como ovejero empezó a edificar su fama de meteorólogo.
Puede asegurarse que esos diez años pasados en la estancia decidieron, en todas sus formas, el destino de Martín Gil. En ella se definió su vocación científica y literaria; en ella se formó su carácter; en ella fundó su familia y se hizo hombre de hogar, y en ella escribió su primer libro y tuvo sus primeros hijos. De modo que si para todos los cordobeses ilustres la Universidad de Trejo y Sanabria es y ha sido el ‘alma mater’, la madre nutricia, para Martín Gil lo fueron el campo y el cielo de Córdoba, la tierra, el aire y el sosiego de ‘El Piquillín’. Allí se doctoró por su cuenta y riesgo en matemáticas, astronomía, meteorología, literatura y periodismo, sin maestros, sin programas, pero con libros. Algunos catálogos de librerías francesas fueron su único programa; elegía los libros que le interesaban y los pedía directamente a París. Fue su propio maestro, esto es, un autodidacto, pero un autodidacto metódico, por lo cual su formación científica no presenta las fallas que suele ofrecer la de otros improvisadores geniales. (…)
Su nombre, breve y eufónico, comenzó a irradiar desde el centro de la República a toda la extensión de su territorio. Con sus colaboraciones regulares en los diarios más leídos del país, popularizó la meteorología científica e hizo de la astronomía una disciplina accesible y deleitable. (…) Él, que no había pasado por las aulas universitarias más que un lapso brevísimo, fue profesor eminente y celebrado de un auditorio innumerable; él, que no había pisado la redacción de un diario, fue maestro de periodistas durante más de un tercio de siglo. Al propio tiempo, sin haber sido político, fue hombre de gobierno: ministro, legislador, vocal del Consejo de Educación, Director de Meteorología. Pero, por sobre todas las cosas, fue siempre Martín Gil. (…)
Y sigue siendo el mismo, ahora, después de cumplir 81 años. La misma inquietud, igual curiosidad inteligente, la gracia de siempre y la frescura mental de toda la vida.” 




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