Télam y las motivaciones económicas

El revuelo por la agencia de noticias estatal tiene menos que ver con la libertad de expresión que con cuestiones mucho más elementales

Nacional 06 de marzo de 2024 Javier Boher Javier Boher
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Por Javier Boher
Todos defendemos causas, ideas, personas o lo que se nos cante, y lo hacemos por muchas razones distintas, que incluso pueden ser contradictorias entre sí. Pese a todo, hay una motivación que suele estar por encima de otras, que es la del egoísmo más puro: eso que defiendo me beneficia de algún modo concreto.
Por supuesto que la mayoría de las veces eso no se dice abiertamente, porque en algunos sectores está mal visto. Es el gran secreto detrás de la arrasadora victoria de Cristina Kirchner en 2011 y sus humillantes derrotas posteriores. Hubo plata, la votaron; no hubo plata, votaron al otro. Algunos se tragaron la curva de la ideología, pero el bolsillo es la línea recta entre el ciudadano y el voto, la distancia más corta para explicar los resultados. De ese modo llegamos a una cuestión fundamental que se generó a partir de la decisión del gobierno nacional de cerrar la agencia de noticias Télam, que es la de las motivaciones económicas de los defensores del medio. 
Después del discurso del presidente hubo gente que salió a pedir por el pronto cierre de la agencia, de allí que la decisión de vallar el lugar y evitar el ingreso del personal se convirtió en el nuevo foco de conflicto por la batalla cultural. Ningún nene va a salir de la pobreza por cerrar Télam, pero tampoco lo va a hacer por mantenerla abierta, así que esa pelea tiene otros aditivos.
Los primeros con una motivación económica concreta son los empleados. Los que alguna vez entramos a ver los cables para hacer las actualizaciones de alguna página web nos hemos encontrado con errores de ortografía groseros y un mal uso de los números, que se suman a la cobertura tendenciosa de los temas y a una editorialización permanente en un medio que debería limitarse a relatar los hechos. En Télam no se hace periodismo ni análisis, sino militancia política partidaria. No hay pluralidad de voces ni amplitud de miradas, sino todo lo contrario. Pretender convencerse de que ahí están todos los sectores representados es un acto de ingenuidad preocupante.
Mucha gente se suma a ese coro y asegura que este es un caso de autoritarismo, un avance del Estado contra la libertad de expresión, a pesar de que -curiosamente- se trata del Estado tratando de cerrar una posible agencia de propaganda. Los empleados se defienden con la BBC inglesa como ejemplo, pero se parecen un poco más al viejo Pravda soviético.
En segundo lugar están los medios de comunicación, que se valen de información subsidiada para armar sus páginas. Los periodistas que cobramos por nota o los dibujantes y fotógrafos freelance sufrimos que los grandes medios puedan comprar contenido a un precio contra el que no podemos competir. 
Además, el nivel de los empleados es cada vez más bajo, con pasantes o monotributistas mal remunerados que apenas saben escribir (o reconocer errores en lo que leen) y que están en ese lugar para subir actualizaciones a la página web, para lo que se valen de los cables que copian y pegan desde Télam. Eso es mucho más barato que pagarle bien a gente que sepa escribir de manera decente, una motivación fundamental en estos tiempos en los que los medios gráficos vamos en retroceso.
La consecuencia lógica de eso es que todos los medios dicen casi exactamente lo mismo. Si solamente se trata de un partido que ganó la selección la cosa no es tan grave, pero si se trata de un número de inflación manipulado (como ya vimos alguna vez), la agenda social de una primera dama que después (por el periodismo de verdad) nos enteramos que fue responsable de una fiesta en cuarentena estricta o el seguimiento fanático de la agenda de campaña presidencial de un ministro/candidato que estaba destruyendo la economía, la cosa es un poco más compleja.
En tercer lugar se encuentran los que obtienen mayores beneficios económicos a partir de que sus actividades reciben un ocultamiento o una lavada de cara en la usina informativa estatal. Esos -como algún sindicalista/empresario- defienden a Télam porque velan por sus propios intereses, los que se ven afectados cada vez que una investigación seria aborda el tema.
El tema no es un caso de libertad de expresión, sino un caso eminentemente político por la cuestión económica en juego para tantos actores, a pesar de no tratarse de uno de esos grandes pozos de corrupción que devoran recursos de a montones. Todos están en su derecho de defender a Télam, pero deberían ser honestos de las verdaderas razones detrás de ello.
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