Los puentes de Mauricio

El ex presidente Macri parece estar tratando de reconectar con algunos elementos de lo que supo ser Juntos por el Cambio. ¿Quiere reflotar el espacio?

Nacional 08 de marzo de 2024 Javier Boher Javier Boher
2024-03-07-macri

Por Javier Boher
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Hace unos días el ex presidente Macri tuiteó sus felicitaciones para el gobernador de Chubut, Nacho Torres, porque las clases empezaban en fecha por primera vez en diez años. Al principio me pareció solamente un reconocimiento para un dirigente de su propio partido ante un importante logro (tomando como medida la situación histórica de Chubut). Ya repuesto en el centro de la escena del Pro, el apoyo no me llamó tanto la atención.

Días después recibió sus felicitaciones el gobernador de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, por sus decisiones en materia de seguridad y por el combate al narcotráfico. Pero… ¿Pullaro no es radical?¿Qué hace Macri felicitando a un tipo de otro partido, el que integraba una coalición que obtuvo su certificado de defunción en diciembre? Eso despertó mí curiosidad, porque esas cosas nunca son casualidad.

Me puse a pensar en la movida de Macri, esa de reconocer a dirigentes por fuera del espacio que fundó para gobernar CABA, primero, y la nación, después. ¿Será que efectivamente se dio por vencido con los libertarios y desistió de conformar una alianza con ellos? Todo parece indicar que, al menos en el último mes, toma distancia de Milei y los suyos. Habrá visto cuáles son los límites que tienen los libertarios, optando entonces por no prender fuego su marca en una alianza con un elemento inestable.

La política en Argentina está absolutamente atomizada. El peronismo sigue sin un liderazgo claro, con una Cristina que ya no consigue que la escuchen, por lo que comparte sus largas misivas en redes. Massa sigue trabajando en silencio, con la ilusión de volver, aunque es el Cavallo del De la Rúa que fue Alberto Fernández.

Quizás tenga alguna chance de volver a figurar, pero lo más probable es que su futuro político sea de acá a 15 años, opinando en una mesa política de un canal de noticias del cable. Máximo Kirchner tuvo currícula adaptada para recibirse de político, así que ese título no lo va a habilitar para ir por el peronismo. Juan Grabois tiene algunos problemitas para explicar qué se hacía con algunos fondos, algo que el tiempo olvida. Por debajo de eso no parece haber mucho más, lo que preocupa por lo sesgado: el peronismo dejó de representar al pueblo para ser el partido de los egresados de colegios como el Belgrano o facultades como las de sociales.

Los gobernadores peronistas están en silencio, atentos a lo que pueda pasar. Casi ninguno se quiere precipitar, porque saben que la carrera es larga, que la nación maneja la billetera y que hay que tratar de no quedar pegado con el ajuste de Milei, aunque deben cuidarse de señalarlo, por si las cosas empiezan a funcionar y la economía arranca. 

La excepción es el crédito local, Martín Llaryora, a quien las condiciones objetivas ayudan para pensar en una proyección nacional, pero al que la ambición puede jugarle una mala pasada. Ya hemos repasado más de una vez las razones por las cuales podría pensar en ir por la presidencia en 2027, pero el tiempo siempre es el mejor aliado y el peor enemigo de los políticos: no alcanza con saber muy bien a dónde se quiere llegar, sino que también hay que saber hacerlo en el tiempo correcto. Horacio Rodríguez Larreta lo aprendió por las malas, convencido de lo que le repetían los consultores que se inflaron los bolsillos cantándole números de sondeos como serenatas a una enamorada.

El resto de los partidos provinciales (peronismos inorgánicos antes que genuinas expresiones de identidad local) empiezan a ver que parece cerrarse la veta para permanecer indiferentes ante las extremas posiciones del gobierno en cuanto al ajuste que les corresponde hacer en sus distritos. La iniciativa como la de la liga de gobernadores patagónicos es una muestra de ello, por la heterogeneidad partidaria que puede confluir en un bloque más o menos sólido para negociar con el gobierno. Quizás en un par de meses eso pueda constituir el embrión de alguna que otra candidatura de proyección nacional, pero es algo apresurado.

El Pro, por su parte, demostró haber alcanzado un límite para su crecimiento. Dejó de ser el partido cool al que se suman los jóvenes, que hoy apuntan en masa hacia las filas de los libertarios. Las divisiones internas y la irrupción de librepensadores por todos lados (quizás Córdoba sea el caso más extremo de desintegración del espacio) despiertan las dudas sobre el futuro, para el cual Macri vuelve a ponerse manos a la obra para evitar que esa cuña que metió en el bipartidismo se termine de disolver.

Los radicales siguen tratando de ser protagonistas, aunque su hora estelar pasó hace rato. Hoy tienen figuras que pueden pensar en proyectarse, como el mencionado Pullaro, pero deben cargar con el peso de un lastre que insiste con clavar al partido en algún lugar de un pasado idealizado.

La democracia interna del radicalismo es su rasgo característico, y aunque sea un elemento positivo en cualquier partido político moderno del mundo, en la democracia disfuncional de la Argentina también es su mayor problema. Hoy el partido es presidido por Martín Lousteau y la Convención nacional está presidida por Gastón Manes, dos dirigentes que representan la autopercepción blanca y progresista del radicalismo porteño, en oposición al radicalismo popular y algo conservador que todavía resiste en algunos rincones del país. 

Dirigentes como el ex ministro de economía de Cristina Kirchner o el ex candidato a vicepresidente de Roberto Lavagna, Gerardo Morales, están empecinados en imponer al radicalismo una alineación socialdemócrata que los condena a juntarse con el otro que quedó marginado en ese rincón, el kirchnerismo que hoy no tiene liderazgo y al que Lousteau le cae bien. Quizás el senador por CABA sea el mejor candidato que puede encontrar el kirchnerismo para "deschavizarse", pero definitivamente esa sería la peor estrategia para el radicalismo como partido, especialmente en distritos como Córdoba, donde sobrevive con algo de fuerza. Es increíble que el inoxidable Coti Nosiglia siga teniendo tanto peso en las decisiones partidarias.

Volviendo al principio de todo, Macri es uno de los que empieza a pensar que quizás a Milei no le vaya tan bien. Su apuesta, a diferencia de la de otros espacios, es a una fuerza de centroderecha con un rostro amigable, un Juntos por el Cambio sin la conciencia social impostada del progresismo universitario. Necesita sumar a los radicales como Pullaro, que hacen bien las cosas, y sacarse de encima a los que restan, como Morales o Lousteau. Es un trabajo metódico, preciso y, fundamentalmente, solapado. Empezó por lo más simple, algunos elogios inofensivos con los que tender puentes.

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