Caras y caretas cordobesas

La revista semanal porteña publicaba en 1916 una visita a la Iglesia de los jesuitas en Córdoba, con las impresiones del autor sobre su ambiente beatífico y colonial.

Cultura 11 de marzo de 2024 Gabriel Ábalos Gabriel Ábalos
Foto La Compañía de Jesús, CyC 1916
Altar de la vieja sacristía; templo desde la calle Caseros y galería contigua.

Por Víctor Ramés

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“Córdoba religiosa: la Compañía de Jesús”

La iglesia de la Compañía de Jesús en Córdoba se comenzó a construir aproximadamente en 1643, setenta años después de la fundación de la ciudad. La orden de Loyola se instaló oficialmente en Córdoba a comienzos de 1599, donde fundó el noviciado hacia 1608, y en 1613 el Colegio Máximo, más tarde primer rectorado de la Universidad. Córdoba fue centro de las tareas de evangelización de la Compañía y capital de la Provincia Jesuítica del Paraguay.

El padre Nicolás del Techo asentó a mediados del siglo XVII el siguiente apunte referido al éxito de la labor misionera de los jesuitas en Córdoba: “Tanto fruto sacaron de las misiones de los jesuitas los indios, que agradecidos se prestaron espontáneamente a llevar los materiales con que construir el templo de la Compañía en Córdoba, a fin de tener cerca sacerdotes que con más frecuencia los instruyesen. Acabada la iglesia, conservó ésta el primitivo nombre que tenía de los Santos Tiburcio y Valeriano, patronos luego del Colegio de Córdoba.”

La iglesia fue consagrada en junio de 1671, prácticamente un siglo después de la fundación de la ciudad, y le llevó doce años de dedicación a su primer constructor, el padre carpintero Felipe Lemaire, fallecido en Córdoba aquel mismo año. Las torres fueron añadidas en 1673 y 1674. Todo el conjunto de esas construcciones y fundaciones son parte de la Manzana Jesuítica, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 2000.

La revista semanal de Buenos Aires Caras y Caretas, en septiembre de 1916, publicaba un informe firmado por Héctor A. Bignone de una visita realizada al templo de la Compañía de Córdoba, en la esquina de las calles Obispo Trejo y Caseros. El texto acentúa el carácter beatifico que produce la visita a la casa de los jesuitas cordobeses, a su patio y demás construcciones que describe. En el relato se cuela un error, posiblemente de oído, al referirse en tanto constructor de la Capilla de Lourdes, también conocida como “de los Naturales” (una de las que posee ese conjunto arquitectónico junto con la Capilla Doméstica) a un padre llamado Cayetano “Caluxi”. La cita alude en realidad al padre Cayetano Carlucci, quien tuvo la iniciativa de construir esa capilla en 1877, revestida en mármol y en cuya bóveda está representada pictóricamente la aparición de la Virgen de Lourdes. 

A continuación, se transcribe el texto de Caras y Caretas de 1916:
“Se abre la vieja puerta de hierro al tímido golpear del llamador y al volver a cerrarse queda atrás toda la algarabía de la ciudad, en el traspaso al secular ambiente de reposo y de piedad.
Las arcadas del patio, cubierto apenas por una parra reverdeciente, que entrelaza sus ramas en el alámbrico tejido, hacen eco a las pisadas.
Son anchas paredes de dos metros, todas de piedra recubierta de cal y con una sencilla mano de blanqueo que reflejan los rayos escasos del sol de mediodía.
Hacia la derecha se oye el continuo murmullo vago de las voces apagadas y rítmicas de los frailes que oran en la antigua capillita, la que fue antes la Iglesia principal de los Jesuítas, mientras elevaban piedra sobre piedra y año tras año la que hoy la sustituye.
En la pequeña sacristía, que tiene un altar tallado y empotrado en el muro, apenas iluminado por una ventanita que da al patio, y mientras el obturador de la máquina fotográfica produce su rápido chirrido, se sienten más nítidas las voces de los que oran arrodillados en los reclinatorios, insensibles al ruido que profana su santuario, con la frente inclinada sobre el pecho. La luz de algunos cirios colocados enfrente a las imágenes que están en el altar, hace resaltar las lentejuelas y los áureos adornos de los santos antiquísimos, que tantas cabezas venerables vieron ante ellos inclinarse. Al abandonar al poco rato la capilla, se oían aun en el largo corredor el susurro de las preces.
Al entrar en la nueva sacristía, que es como antesala de la Iglesia principal, un fraile joven, sentado bajo una ventana cubierta por un bello cortinado que diluye la luz en una suave penumbra de retiro, lee en voz baja un libro de oraciones y sólo al rato levanta la cabeza para saludarnos con su voz de adolescente.
Entramos a la iglesia. Un anciano andrajoso está sentado en un banco algo lejano y una joven, casi oculta en un rincón, esconde la cabeza entre los brazos apoyados en el reclinatorio. El silencio solemne turba un tanto.
El altar, constantemente iluminado, contrasta con su lujo con aquel otro sencillo de la antigua capillita. Este es más amplio más cubierto de adornos costosísimos, reliquias casi todas del tiempo de los antiguos jesuitas que aun no habiendo podido, al parecer, acabar por falta de recursos el frente de la iglesia que hoy se está terminando, según los escasos datos que quedaron después de su expulsión, pudieron no obstante, rendir su culto en ofrendas de valor.
Las pinturas y esmaltes de toda la iglesia no son ya los de antes: el pincel ha borrado varias veces la huella del tiempo en las paredes seculares.
Al frente del altar mayor, en el suelo, una lápida de mármol cubre la entrada a la cripta en que se guardan los restos de los jesuítas, alcanzándose a ver por los enverjados tragaluces que dan al patio, los sarcófagos de mármol.
A la derecha, otra capilla construida por el padre Cayetano Caluxi, cuyos restos se guardan al pie del presbiterio, recuerda también en la magnificencia de sus santos homenajes. la inmensa fe que conmovía a aquellos frailes. bamboleados tantas veces por la inclemencia de los hombres de gobierno de aquel tiempo que agitados por sus ansias de riquezas veían en todo un obstáculo a sus aspiraciones. Todo respira sagrada adoración debajo de esas paredes que han resistido todos los empujes del tiempo y de las lluvias y así tal vez los seres que ellas cubren han sabido conservar incólume y augusta la fe ancestral de sus creencias.
Héctor A. Bignone

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