Ocaso chavista en Latinoamérica

Las elecciones en Venezuela muestran que lo que pasó en Argentina no es algo aislado, sino parte de un cambio mayor de mentalidad

Nacional29 de julio de 2024Javier BoherJavier Boher
2024-07-28-chavez-maduro

Por Javier Boher 

rjboher@gmail.com

Hay mucha gente que prefiere hacerse la zonza y mirar para otro lado, pero las cosas están a la vista. Todos conocemos a algún que otro venezolano y sabemos más o menos las razones por las que se fue de su país. O, mejor dicho, la razón: el fracaso estrepitoso del chavismo.

Las elecciones en el país del norte de sudamérica ayudaron a saber quiénes apoyan la fallida causa del socialismo del siglo XXI y quiénes defienden la vieja y confiable causa de la democracia liberal republicana. Gente que ha sido financiada por petrodólares, fanáticos ideológicos que anteponen consignas a vidas y ciegos políticos que no pueden ver la catástrofe democrática de un país que generó la mayor diáspora regional en décadas son los defensores de un régimen que alguna vez supo contar con el apoyo popular mayoritario y terminó comportándose como una dictadura sudamericana promedio.

Durante mucho tiempo el proceso venezolano sirvió como ilusión de revolución progresista para muchos jóvenes americanos. El carisma de  Chávez lo convirtió en una figura magnética, que supo insuflar en políticos locales una chispa que generó un movimiento de cooperación continental. Los límites democráticos aparecieron rápidamente, pero llevó un par de años más que la economía toque fondo y que el régimen pasara abiertamente al autoritarismo al no reconocer los resultados electorales para el poder legislativo.

Vimos protestas violentas y una represión aún más fuerte. Vimos a influencers viajar como agentes de propaganda para lavarle la cara a Maduro. Vimos la tristeza de la gente que dejó su país y sintió el rechazo en otras naciones sudamericanas. Vimos el uso de la tragedia para infiltrar agentes chavistas en los países receptores, tratando de contagiar la inestabilidad que tenían adentro. Vimos crecer una oposición que se sobrepuso a todas las trabas y construyó una alternativa que finalmente desafío con confianza al dictador que les tocó.

Lamentablemente, también vimos a sus socios locales defenderlo, buscando imponer un gobierno similar en nuestro país. Con discursos progresistas y aparentes buenas intenciones trataron de subirse al tren bolivariano, triunfando de a ratos y generando las condiciones para que aparezca la oposición discursivamente más en las antípodas que podía existir. La realidad, por supuesto, marca que hay tendencias que se comparten.

Hace un tiempo estaba hablando con una venezolana lo suficientemente grande como para recordar todo desde el intento de golpe de Chávez con el que ganó notoriedad. Me dijo que le parecía que Milei era el equivalente al difunto presidente, no por lo que dice, sino por el carisma y lo que transmite fronteras afuera de Argentina. Compartir el lenguaje es un instrumento poderoso para convertirse en un referente, un modelo o una guía para gente que no encuentra en su entorno inmediato las palabras que describan qué siente sobre su situación.

Hoy hay gente en Argentina que se siente mal por el destino de esa experiencia salida del laboratorio político cubano, a la que afortunadamente la pudimos ver caer en tiempo real, sin posibilidad de convertirse en esa imagen idealizada y mítica que consiguieron los herederos de los hermanos Castro.

Venezuela no es ajena al cambio de época que atraviesa al mundo. Mientras en otras latitudes se preocupan por el retroceso democrático, los venezolanos parecen estar más cerca de recuperar el control sobre sus propias vidas. Ninguna dictadura, en ningún lugar del mundo, puede ser ejemplo de nada en pleno siglo XXI.

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