Nuevos recortes de los días de papel Córdoba, 1890

La década del noventa iniciaba los últimos tiempos del juarismo en Córdoba y traía al cotidiano el arrebato de los enfrentamientos políticos. La violencia diaria entre la organización de choque de Marcos Juárez y la Unión Cívica marcaba el escenario social.

Cultura 19 de julio de 2023 Gabriel Ábalos Gabriel Ábalos
Sucesos-de-26-de-octubre-en-Barrio-Gral.-Paz
Ilustración en La Picota sobre un grave enfrentamiento de cívicos contra cadeneros en el barrio General Paz, 26 de octub

Por Víctor Ramés
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El inicio de la última década del siglo XIX estuvo signado por un clima de creciente tensión en Córdoba. En julio de 1890 se produjo en Buenos Aires el desmoronamiento del poder del presidente cordobés Miguel Juárez Celman, reemplazado por Carlos Pellegrini tras la revolución del Parque. En Córdoba, dicha insurrección provocaría en agosto la renuncia del gobernador Marcos Juárez, hermano de Juárez Celman, asumiendo en su reemplazo el vicegobernador Eleazar Garzón. Proliferaron comités cívicos en la ciudad, tanto en el centro como en los barrios San Vicente, Pueblo General Paz, Alta Córdoba, Pueblo Nuevo. Pero eso no puso límite al autonomismo juarista, y se desencadenó -valga la coincidencia de términos- una reacción cadenera. La Cadena era el elemento de choque del juarismo, tropa experta en reprimir, meter bala, exhibir sus bravuconadas. El enemigo, la Unión Cívica, sería objeto de clausura en 1891. Pero la rebelión seguiría urdiéndose en forma subterránea hasta el estallido en mayo del segundo año de la década. 

Periódicos radicales como La Libertad, y La Picota reflejaban el estado de cosas. Léase el episodio que comentaba, el mismo día de su aparición, el 2 de noviembre de 1890, La Picota, publicación dominical que representaba el ala más combativa del movimiento. Este párrafo ponía una vara alta en el nivel de violencia diaria que se vivía en Córdoba. Había ocurrido una asonada popular en barrio General Paz, el domingo 26 de octubre y, sensibilizado por esos acontecimientos muy frescos, escribía el periódico:
Los asesinos del pueblo
Son de todos conocidos los vergonzosos sucesos del domingo en el Pueblo General Paz. Los miserables que se escudaron tras las paredes para asesinar al pueblo han llevado su merecido y se han convencido no solo de su impotencia sino también de su cobardía.
La sangre de Núñez y de Ovejero pide venganza y el día en que suene la hora de la reparación y la justicia, ella caerá sobre las cabezas de sus asesinos como una ola de ignominia y de baldón eterno.
En tanto esos miserables ya llevan sobre su frente la marca indeleble de la maldición de un pueblo que ha jurado vengarse.”

Otra publicación de La Picota le aportaba continuidad al clima cotidiano, refiriendo lo siguiente en la misma edición:
Atropello policial – Jaime Tapia entraba antenoche a la ciudad por el puente de la calle Observatorio cuando de pronto lo detienen dos vigilantes y lo bajan del caballo intimándole orden de prisión.
A pesar de las protestas que hizo fue conducido a la Comisaría de la Sección 1., donde se le quitó un revólver y se le tuvo toda la noche preso poniéndolo en libertad al día siguiente mediante el pago de veinte y cinco pesos de multa por llevar armas.
En tanto el caballo en que venía fue abandonado acaso maliciosamente para que pudiera encontrarlo luego algún vigilante, y no se sabe su paradero. Magnífica policía.
Estamos en plena época de libertad y de garantías.
Vea el Dr. Astraberto los efectos de su famoso edicto sobre armas, ni sus mismos subordinados los entienden.
Bien que empleados como el caballero Núñez solo entienden lo que es vivir entre los brazos de Baco, no otra cosa.
Conteste Dn. Astraberto, conteste que es lo que sabe de esto.
Por más que ya imaginamos que no ha de saber nada.
¡Lo de siempre!”
El “Astraberto” de marras era el Sub Intendente de Policía Julio Astrada. 

Por su parte, el diario La Libertad, también en el penúltimo mes de 1890, incluía un relato -lo replicará La Picota-, que permitía conocer las disputas internas en el bando cadenero:
Como perros y gatos – La siguiente llega hasta nosotros por boca de un cadenero y de cuya veracidad garantimos.
Anoche a primera hora se encontraban reunidos en el Club «La Cadena» gran número de individuos de todo pelage, y alternando con ellos el digno Presidente don Fabriciano Martínez y el no menos digno caballero D. Meliton Ruiz (alias el manco) entre quienes existen ciertas desavenencias a consecuencia de haber sido Martínez nombrado Presidente siendo que «el manco», según él, goza de mayores simpatías entre los cadeneros.
No sabemos a propósito de qué, algún indiscreto recordó los resentimientos, frescos aún de Martínez y Ruiz, lo que bastó para que este, que es hombre de carácter colérico, según dicen, se exasperara de nuevo.
Martínez que, como todo cadenero, es hombre de pocas pulgas, contestó con un bofetón a las provocaciones del manco, trabándose una lucha cuerpo a cuerpo.
Todos los cadeneros rodearon a los combatientes, y la opinión debía estar del lado de Martínez, para que sin trámites de ningún género agarraran al manco y después de propinarle una soberana paliza, lo estaquearan en medio del patio.
Nuestro denunciante ha presenciado la cosa hasta aquí nomás; pero por datos que nos suministran otras personas, sabemos que Ruiz se encuentra preso en el Departamento Central de Policía.
Cuando se trata de individuos de tal especie, no nos extraña nada que las tales reuniones en La Cadena tengan a menudo estos desenlaces; - lo que nos llama la atención es que algún cadenero de esos números uno, no se haya dado el gusto de mojar en el Manco.
Esto sí que es extraño.”
Da la impresión de que el periodista habría disfrutado de que la escena culminase con el resto de los cadeneros orinando sobre el dirigente estaqueado en el patio.

Con una última cita de La Picota se puede completar el panorama sobre los alcances del conflictivo día a día cordobés:
“Días pasados un vigilante que para más señas lleva el núm. 405 pretendía llevar preso a un miembro de la Unión Cívica por dar vivas a ese partido.
Los señores Félix Olmedo, Lucas Allende y Rivero se opusieron a este atropello consiguiendo que el esbirro de D. Astroberto no ejecutase su propósito.
Interrogado el vigilante acerca de las causas que motivaban su conducta contestó que lo hacía por orden superior y que la orden se la había dado el comisario Brandán.
¡Qué plausible celo el de estos valientes comisarios!”

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