El comunismo argentino

Pese a que el término está de moda entre los libertarios, si algo tiene de comunista el país es la mediocridad de un Estado enorme que tiene alienada a su población.

Nacional 03 de agosto de 2023 Javier Boher Javier Boher
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Por Javier Boher

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Siempre se apunta contra los libertarios por tildar de “comunista” a cualquier cosa que no les gusta. Aunque el epíteto es exagerado, es parte de la batalla cultural que vienen dando para liberalizar la economía argentina, asfixiada cada vez más por las medidas del gobierno.

El mundo entero, hasta la década del ‘70 del siglo pasado, se la había pasado construyendo Estados cada vez más grandes y más interventores. La crisis del petróleo de 1973 obligó a los gobiernos a empezar a desarmarlos. Los que hicieron la punta se volvieron más eficientes y más competitivos, a la vez que lograron hacer crecer rápidamente sus economías.

Reagan y Thatcher fueron la cara visible de aquel proceso, al que poco a poco se fueron sumando más y más países. La caída del comunismo -la versión extrema del Estado interventor y la economía planificada- fue el empuje final que necesitaba el capitalismo para terminar de imponerse en todo el mundo. A duras penas resistieron un puñado de países, como Corea del Norte o Cuba, que sumaron el hambre a una población castigada por la falta de libertades civiles y políticas.

Las crisis económicas de la segunda mitad de los ‘90 generaron las condiciones para que en nuestro país se vuelva a pedir la presencia del Estado. El inconsciente colectivo marcaba que el crecimiento de la economía argentina había sido con fuerte presencia estatal, que había reducido las desigualdades sociales y había llevado salud, educación y desarrollo a todos los rincones del país.

Ese reclamo por un Estado interventor fue mutando en una deformación ineficiente, que creció hasta niveles insostenibles e incentivó toda una serie de kioskos que intensificaron todo tipo de actos de micro-corrupción normalizada. El Estado creció y empoderó a organizaciones de la sociedad civil que empezaron a presionar cada vez más sobre las políticas públicas, ávidas de recursos económicos con los cuales premiar a su militancia.

No existe el comunismo en Argentina, pero la economía está más cerrada que en muchos otros momentos de nuestra historia. Incluso si no fuese así y el nivel de restricciones al comercio internacional no esté en sus peores momentos históricos, el peso del Estado no se condice con las capacidades efectivas: hoy cuesta más que hace 40 años, pero es menos determinante en la vida de la gente. Más personas recurren a salud y educación privadas o se recluyen en barrios cerrados, viviendo al margen de las tres cosas básicas que se le pide al Estado en Argentina.

Esa profundización de la ineficiencia ha llegado a un extremo en el que hasta los propios aliados empiezan a cuestionar las medidas. Los industriales de mentirita que se agrupan en la UIA salieron a reclamar por el cierre de las importaciones, que es la consecuencia lógica del modelo que han avalado hasta ahora, el de vender productos caros adentro de un mercado cautivo porque no se pueden entrar productos de afuera para hacerles competencia. Tarde o temprano el grifo se cierra del todo, como ahora.

Quizás si estamos hablando de bienes de lujo a pocos le moleste, pero si se habla de insumos médicos para los hospitales, repuestos para máquinas industriales, elementos de trabajo para pozos petroleros o represas hidroeléctricas, computadoras y bienes informáticos para alimentar la economía del conocimiento, fertilizantes o agroquímicos para el campo y así por miles en todas las áreas, quizás el problema empiece a tener otra dimensión. Los que creen que con esto van a dejar de tomar whisky importado los empresarios no son capaces de ver que también va a afectar a los obreros, peones, maestros, contadores, ingenieros, albañiles que no podrán acceder a cientos de bienes cuya producción depende de las importaciones.

Sin embargo, no es ese el peor rostro del intervencionismo desmedido en el que se ha metido la Argentina.

En un pasaje de Limónov, Emmanuel Carrère describe cómo era la vida en la Unión Soviética de los ‘60 y ‘70, en los grises años de Brezhnev. No les faltaba nada, pero tampoco tenían grandes cosas. La existencia era mediocre, anodina. Atrás había quedado la gloria de los primeros revolucionarios de octubre y de los que habían dado la vida en la Segunda Guerra Mundial. A los hijos o nietos de aquellos les tocaba un país en el que ya ni siquiera había grandes purgas, sino un gran Estado burocrático demasiado perezoso hasta para perseguir a los disidentes, que cada vez se contaban en menor número porque esa parsimonia también se había instalado en la población.

La existencia en la Argentina del Frente para la Victoria – Unidad Ciudadana - Frente de Todos – Unión por la Patria es justamente esa. De la ilusión, la fuerza, el empuje, el emprendedorismo o la innovación de los primeros años de la postcrisis de 2001 llegamos a un final gris, mediocre, con un Estado gigantesco que se consume a sí mismo producto de autocomplacencia. Se sigue cerrando, aislando, marchitando.

Hasta la rebeldía se ha rutinizado: casi que se ha perdido como actitud frente a la vida aquello de lo que tanto se hablaba tras la “vuelta de la política” del primer kirchnerismo. Quizás ahí sí encaje perfectamente el calificativo de que todo en este país es “comunista”, al menos en el uso que hizo el escritor francés en ese pasaje en el que describe la frustración que sentía el poeta ruso. Lo más comunista que tenemos a esta altura no es nuestra economía cerrada y nuestro Estado interventor, sino la inercia que mantiene todo funcionando por la misma senda, hundiéndonos cada vez más en la mediocridad.

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