
Es uno de esos viernes de fin de año, donde las carteleras se superponen, el movimiento se duplica, la oferta se diversifica. Hay en la ciudad una vida artística y cultural contagiosa que expresa y convoca a las tribus.
Hace 30 años, el director Martin Scorsese estrenaba su versión de la novela “La edad de la inocencia”, publicada por Edith Wharton en 1920, para la que convocó a un elenco de lujo encabezado por Michelle Pfeiffer (Ellen), Daniel Day-Lewis (Newland) y Winona Ryder (May).
Cultura25 de agosto de 2023
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
La mirada crítica que la escritora neoyorquina Edith Wharton sostuvo sobre la moral victoriana expandida en el mundo anglosajón durante el siglo diecinueve, se hace explícita en varias de sus obras literarias, como por ejemplo en su archiconocida novela “La edad de la inocencia”. Salpicada por elementos autobiográficos, esa narración aparenta discurrir sobre un triángulo amoroso, aunque en realidad lo que hace es denunciar las consecuencias de los férreos mandatos sociales imperantes, que se suponía tenían como objetivo sostener la vigencia de la familia como institución primigenia, pero que terminaban impulsando comportamientos llenos de hipocresía que sólo trataban de resguardar las apariencias.
Para hacerse fuerte en esta perspectiva, Wharton dotaba a sus escritos de una prosa muy atractiva para el público en general, pese a que sus propios orígenes la vinculaban con los círculos aristocráticos de la ciudad de Nueva York. De hecho, “La edad de la inocencia” apareció en 1920 en entregas periódicas en el Pictorial Review bajo el formato del folletín, para recién después salir a la venta como libro. En ambas ediciones, su éxito fue sensacional en Estados Unidos y Gran Bretaña, al vender más de 100 mil ejemplares y dar pie un par de años después a una película muda basada en su argumento.
El controvertido personaje de la condesa Ellen Olenska, tercera en discordia en el matrimonio del abogado Newland Archer y la insípida May Welland, representa un prototipo femenino muy avanzado para esa década de 1870 en la que se ambienta la mayor parte de la narración. Y no sólo se puede vislumbrar el alter ego de la autora en esa aristócrata divorciada, sino que además se perfilan en ella las luchas por la emancipación que las mujeres sostendrían en el futuro y que recién en nuestros días han empezado a tener algún reconocimiento.
Algo más de un siglo después de la publicación de “La edad de la inocencia”, aquel atrevimiento de Edith Wharton adquiere aún mayor relevancia, porque se inscribe entre los testimonios de las imposiciones patriarcales que regían a las sociedades de otra época, condenando a las personas a una vida inauténtica. Haberlo dicho en aquel entonces y haber transformado ese discurso en un best seller, situaría a Wharton en la categoría de visionaria, si no fuese porque su concepto del amor romántico quizás pueda pecar de anticuado en estos tiempos de aplicaciones de citas y vínculos fugaces, todo bajo el manto de la virtualidad.
Hace 30 años, el director Martin Scorsese estrenaba la versión cinematográfica más reciente de “La edad de la inocencia”, para la que convocó a un elenco de lujo encabezado por Michelle Pfeiffer (Ellen), Daniel Day-Lewis (Newland) y Winona Ryder (May). Con un respeto mayúsculo por la trama original, el realizador aprovecha para rendir tributo otra vez a su amada Nueva York, en tanto se solaza con cuadros escenográficos deslumbrantes para elaborar ese delicioso melodrama, que significó para él un intervalo entre la violencia explícita de “Buenos muchachos”, el thriller psicológico de “Cabo de miedo” y nuevamente la aproximación a la mafia con “Casino”.
Repasar ese largometraje en el contexto actual es un ejercicio digno de llevar a cabo, si bien muchas cosas han cambiado desde que la vimos en el cine allá por 1993, y muchas más lo han hecho desde que Edith Wharton lanzara su formidable novela. Tal vez sea que las grandes obras son capaces de atravesar los paradigmas para conmover a los públicos más disímiles. O quizás se trate de una historia tan atrayente que, más allá del propósito que haya tenido su creadora, nos envuelve hasta lograr que esas criaturas de la ficción nos parezcan estereotipos aún vigentes.

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