
Tan populares como indefendibles
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
En el mundo de la segunda mitad del siglo veinte, la picardía erótica era un elemento transgresor que desafiaba los parámetros morales establecidos y que, por lo tanto, se volvía asimilable a otras formas de provocación que confluían en aquellos años con las luchas por derribar las normas sociales anquilosadas. A los reclamos por la igualdad racial, por la abolición de las guerras y por los derechos de las minorías estigmatizadas, se unían las proclamas que alentaban una liberación sexual, a la que sin duda había contribuido la autorización del uso de píldoras anticonceptivas, un hecho que cambió para siempre paradigmas que cargaban con siglos de vigencia.
En una Argentina que fluctuaba entre regímenes dictatoriales de perfil moralizante y breves interregnos democráticos que ensayaban tenues aperturas, aquel espíritu rebelde que impregnaba a las juventudes en el hemisferio norte se tradujo por aquí en revueltas políticas. Pero la alteración en las costumbres tardó mucho más en visibilizarse y, cuando lo hizo, se redujo a grupos específicos imbuidos por las ideas reinantes en otras latitudes, que propiciaban la vida en comunidad, el amor libre y audacias por el estilo. Frente a militares orgullosos de defender los valores occidentales y cristianos, tenían escasas chances de diseminarse propuestas tan subversivas.
Por el contrario, lo que logró burlar a la censura fue aquel humor chabacano proveniente del teatro de revista porteño, que se ganaba la complicidad del público masculino y bajo ningún aspecto podía ser considerado “peligroso” desde la ideología. En todo caso, funcionaba como una descarga para la libido de aquellos que debían reprimir sus modales en sus actos cotidianos, y que buscaban en el espectáculo un espacio para la distensión. Vedettes semidesnudas y capocómicos que hacían chistes de grueso calibre, desempeñaban los roles protagónicos en esos shows, que encontraban también su versión cinematográfica en comedias de bajo presupuesto y excelente respuesta de taquilla.
Alberto Olmedo y Jorge Porcel, dos humoristas surgidos de la estirpe revisteril que habían triunfado en la televisión, fueron los principales animadores de esa filmografía que vista desde el presente puede parecer naíf y misógina, pero que en aquella instancia constituía el colmo del atrevimiento. Con el arribo de la democracia en 1983, se produjo un “destape” que profundizó en esa veta, en tanto Olmedo y Porcel, cada uno por su cuenta, se pusieron al frente de ciclos televisivos en los que ahora podían ir a fondo con su repertorio de zafadurías, sin que nadie se asustara por eso.
Cuarenta años después, muchos de aquellos gags se presentan como cancelables o al menos de dudosa catadura, de acuerdo a los parámetros de comicidad que se respetan por estos días y que estigmatizan cualquier discurso que considere a la mujer como un objeto. Sin embargo, en los ochenta las menciones explícitas a cuestiones de índole sexual, más allá de que se las profiriese en un contexto evidentemente machista, eran consideradas como un ejercicio de libertad acorde a la plenitud democrática que intentaba consolidarse, aunque la dignidad femenina no fuera tenida en cuenta en esa circunstancia.
Sobre esta paradoja deberán trabajar (y mucho) los responsables de llevar a una producción audiovisual de ficción las aventuras de Alberto Olmedo y Jorge Porcel, un proyecto que trascendió en redes sociales y del que todavía no se sabe si será una película o una serie. Con Diego Cremonesi como Olmedo y Marco Antonio Caponi como Porcel, habrá que ver de qué manera guionista y director se las arreglan para recrear el clima de época que establecía como reyes de la comedia picaresca a dos personajes tan populares en el pasado como indefendibles en un presente que exalta la corrección.







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