
La pasión por el jazz
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
De casi todos los músicos y géneros que se destacaron en la Argentina entre los años cincuenta y sesenta, ha habido un relevamiento posterior intensivo, en tanto esos estilos gozaron de algún grado de popularidad o prestigio que los llevó a ser objeto del interés de los investigadores. La modernización del tango practicada por Astor Piazzolla, el folklore del Nuevo Cancionero, el fenómeno de la llamada “nueva ola” y la aparición de los pioneros del rock en castellano, han recibido un tratamiento privilegiado, que se refleja en una extensa bibliografía y en una constante reivindicación de las principales obras de ese repertorio.
Sin embargo, desde la década del cuarenta y al menos a lo largo de los siguientes veinte años, se verificó en nuestro país el apogeo de las orquestas de jazz, habitadas por instrumentistas y directores que no ocultaban su admiración por esa corriente musical que en aquel entonces representaba la avanzada de la cultura estadounidense. Subyugados por el sonido jazzero, se abocaron a desarrollar habilidades para interpretarlo en estos confines del Cono Sur, con la mayor fidelidad posible con respecto al modelo de lo que ocurría en Estados Unidos, aunque sin saberlo le imprimieran a su desempeño un más que lógico toque local.
Muchos de los nombres surgidos dentro de ese espectro, se iban a convertir más tarde en los sesionistas, arregladores y directores orquestales de varios de los más grandes éxitos de los ídolos nuevaoleros y también iban a ser reclutados por los sellos discográficos para algunas de las piezas de los inicios del rock nacional. También se hizo notar su presencia en la industria cinematográfica nacional, donde figuran como autores e intérpretes de las bandas sonoras de las películas argentinas de su época, lo que demostró la versatilidad de su talento, que en sus comienzos había manifestado una clara inclinación jazzera.
Sin embargo, pese a la trascendencia que tuvo ese aporte para dotar de calidad y rigor musical a no pocos de los hits que hoy ya son clásicos, han sido escasos los esfuerzos por reconstruir lo que acontecía en aquellos clubs porteños de jazz que fueron el caldo de cultivo de estos artistas descollantes. No mucho más que un ensayo de Sergio Pujol, ciertos filmes biográficos y una serie subida a YouTube le rinden tributo a esa camada de músicos de lujo, que hubiese quedado condenada al anonimato, de no haber cobijado a dos estrellas que trascendieron las fronteras.
El Gato Barbieri, fallecido hace ya nueve años, brilló con luz propia en el firmamento internacional por su consagración a la búsqueda de un perfil latinoamericano para ese jazz que parecía de renegar de cualquier intento de apartarlo de sus fuentes. Y con una personalidad curtida en las lides del bebop, él obtuvo un reconocimiento global por la música de “Último Tango en París”, el largometraje de Bernardo Bertolucci que representó el mayor logro de ese saxofonista nacido en Rosario, en cuyo paso por el circuito jazzero de Buenos Aires sobresale la incorporación en la orquesta que dirigía Lalo Schifrin.
La semana pasada, fue precisamente la noticia de la muerte de Schifrin la que inspiró sentidas reseñas de una trayectoria que tocó su cima cuando compuso bandas sonoras para series y películas de enorme repercusión, a las que les imprimió su particular modo de complementar lo que exhiben las imágenes. Pero no se debería olvidar que el origen de esa vocación que lo llevó a elaborar, entre tantas otras, la archiconocida melodía de “Misión Imposible”, hay que buscarlo en esa pasión por el jazz que envolvió a una generación de músicos argentinos, de la cual Lalo Schifrin es tal vez el más conocido emergente.







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