
Tendencia a la diversidad musical
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Allá por los años noventa, el folklore argentino atravesaba una etapa de renovación que se plasmó en la grilla festivalera veraniega y que reinstaló el género en la consideración masiva, con canciones que trascendieron los ámbitos naturales y se colaron en las discotecas y en las radios de frecuencia modulada. No era tanto una revitalización en lo sonoro, porque seguían reinando chacareras, huaynos, cuecas, vidalas, milongas y zambas sobre los escenarios, sino una emergencia de nombres que llegaban para refrescar un panorama donde las mismas figuras se repetían año tras año en Jesús María y en Cosquín, sin que hubiese ninguna predisposición para cambiar esa rutina.
La prensa rotuló como Folklore Joven a ese fenómeno, aunque entre sus propulsores aparecían Cuti y Roberto Carabajal, El Chaqueño Palavecino o Los Nocheros, quienes no eran precisamente intérpretes noveles, pero habían coincidido en compartir veladas con colegas que todavía reportaban como promesas. Soledad, Abel Pintos, Los Tekis, Los Alonsitos y Luciano Pereyra, entre otros, lograron el milagro de que chicas y chicos se interesaran otra vez por ese repertorio que hasta ese momento se había contentado con apelar a un público adulto, y que de pronto consiguió abrirse camino entre aquellos que por una cuestión lógica venían prefiriendo otros estilos.
El ímpetu de esa movida duró hasta entrado el nuevo siglo, cuando aquellos adolescentes crecieron, se profesionalizaron y, mientras ganaban en madurez artística, iban perdiendo la espontaneidad de sus primeras incursiones en la música. El rock, la electrónica, la cumbia y el cuarteto fueron enviando al folklore de regreso a esa zona de confort en la que había permanecido durante años, y el mercado juvenil de a poco se fue desacostumbrando a la preeminencia de los sones nativos en ámbitos urbanos, que había sido la gran novedad en el espectro musical argentino unos treinta años atrás, con Córdoba como principal caja de resonancia.
Ante esa situación, el primer encuentro de la provincia que practicó un viraje hacia otros rumbos fue el Festival de Peñas de Villa María, que tercerizó su organización y tomó como modelo el de Viña del Mar, para proponer una convocatoria donde artistas de renombre nacional e internacional compartieran cartel, sin que importara a qué género adscribían. Hubo críticas y elogios por igual para esa iniciativa, al tiempo que Jesús María y Cosquín habilitaban noches extra o eventos especiales, dedicados a atraer a la gente que no tenía preferencia por los rituales folklóricos y que prefería asistir a espectáculos focalizados en otra clase de impronta estilística.
Desde hace bastante, los festivales de rock se avinieron a ampliar su criterio de selección de números artísticos, antes que morir con las botas (y las camperas de cuero) puestas. Por eso, es habitual ver hoy en sus line up a representantes de vertientes que poco tienen de rockeras, pero que cuentan con una popularidad que vuelve apetecible su presencia. Se hacía inminente entonces que los eventos históricos del folklore se plegaran a esa tendencia a la diversidad, si es que pretendían sostener de aquí en adelante su vigencia entre las nuevas camadas de espectadores.
El reciente anuncio de la programación prevista para Jesús María y Cosquín en enero del año que viene, confirma ese direccionamiento irreversible hacia una heterogeneidad que no asuste a los más conservadores, pero que tampoco espante a la juventud. Que Damián Córdoba, Q ’ Locura, Magui Olave, La T y la M, Euge Quevedo, La Konga, El Loco Amato, Cazzu y Milo J actúen entre los folkloristas en el anfiteatro José Hernández y en la Plaza Próspero Molina, ya no es un simple detalle de color, sino un síntoma de lo que está sucediendo con la música popular argentina.





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