
Milei y sus viajes
Javier Boher
No estamos muy acostumbrados a los presidentes viajeros, quizás porque la mayoría de nuestros jefes de Estado caen en el ombliguismo de creer que somos el centro del mundo. Las relaciones exteriores son potestad del presidente en cuanto Jefe de Estado, de allí que no debería sorprender la necesidad de andar dando vueltas por otros países. Las nuevas tecnologías ayudan a mantener el contacto, así que se lo puede consultar en todo momento. Ni hablar de que un gobierno con roles claros y una burocracia aceitada no necesita de una continua intervención presidencial.
La mayor parte de los viajes de Milei tiene que ver con el posicionamiento que le ha dado a su gobierno en política exterior, aunque no se limitan a esto, ya que muchos de sus tours son para andar recibiendo premios y distinciones exageradas de parte de amigos de universidades de dudoso nivel académico.
En este tema de los viajes hay una situación complicada con respecto a su reciente paso por Israel, con motivo de acompañar las celebraciones por su independencia. Es muy difícil que no se mezclen todas las cosas, sea política interna, política internacional, necesidades electorales en todos lados y el viejo y poco renovado antisemitismo de siempre.
Israel es el único Estado en el que los judíos son mayoría. A pesar de ello, es una democracia laica y un Estado multiétnico en el que se profesan distintas religiones y hay diversidad de partidos políticos. Es el único caso así en Medio Oriente; el único que se parece a nuestro país en las ideas de organización política.
También es cierto que se encuentra en guerra con buena parte de sus vecinos, muchos de los cuales reciben la simpatía de distintos partidos en occidente (en donde nos vamos a contar, no muy seguros de pertenecer). Tiene frentes abiertos con Irán, Irak, Yemen, El Líbano, Siria y Palestina. Muchos dicen que es la única forma que ha conseguido el primer ministro Netanyahu para sostenerse en el poder, acordando con quién sea para no abandonar el cargo, una práctica común en estos tiempos.
En ese contexto es que el presidente argentino decide viajar a Israel para exagerar su simpatía con el Estado y el pueblo judío. Llama la atención en todos lados y se pone en el papel civilizatorio de sostener que hay culturas con las que no se puede dialogar, olvidándose por momentos de aquello de que el comercio y los intercambios económicos son un motor de paz.
Es inexplicable el fervor presidencial en ese sentido, haciendo propias causas e ideas que no son las de la tradición ni la población argentinas. Este país rehuye el conflicto internacional, especialmente cuando no parece haber absolutamente ningún beneficio del posicionamiento a favor de algún bando.
Diversas encuestas marcan que la gente preferiría que el país fuese neutral en todos estos conflictos que se están desarrollando en el mundo. Entre los pocos que eligen un lado, gana el apoyo a Ucrania en Israel, pero en magnitud mucho menor respecto a la opción de mantenerse al margen. Por eso es tan raro que Milei contradiga lo que señala la gente en esos sondeos, básicamente que prefiere hacerse a un lado por temor a las consecuencias de tomar partido.
Finalmente, este tipo de acciones alimentan los prejuicios y estereotipos de esos que eligen creer viejas teorías conspirativas que traen divisiones entre los argentinos por cuestiones religiosas. El presidente potencia esos discursos discriminatorios al “confirmar” con sus viajes las sospechas de los antisemitas.
Quizás todo esto sea lo que lo hace genuino, al actuar sin importarle que esto parezca representar más costos que beneficios para su proyecto político. Sin embargo, no debería seguir tentando al destino con estos viajes, a estos lugares y a hacer el personaje del cantante, especialmente cuando acá no aflojan los problemas para los suyos.


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