
Algo más que buenas intenciones
J.C. Maraddón
Tuvieron que pasar siglos para que se empezara a reconocer la herencia africana que subyace en nuestra identidad, a pesar de que muchos de sus rasgos son tan evidentes que saltan a la vista. Sin embargo, al asociarse a la negritud con lo abyecto, se procuró ignorar todo lo que tuviera que ver con esos orígenes, incluso por parte de aquellos que habían sido depositarios de ese legado y que pretendían esconderlo para no ser menoscabados dentro de una sociedad que basaba su estructuración en preceptos racistas y xenófobos, creyéndose adscripta a un linaje europeo que no admitía máculas.
Pero ciertos cambios en los paradigmas fueron de a poco desterrando esos prejuicios y empezaron a revelar raíces afroamericanas que estaban soterradas a pesar de que se hacía muy difícil disimularlas o enmascararlas detrás de una supuesta inspiración europeizante. Algunos antropólogos sociales fueron los encargados de rescatar eso que había sido barrido debajo de la alfombra, para sacarlo a luz y ayudar de ese modo a que sea mucho más comprensible la evolución que han tenido aquellos géneros musicales a los que se les adjudica un carácter esencial en la conformación de una argentinidad bastante más compleja en su composición de lo que se suponía.
Expresiones nacionales unidas de manera inseparable a nuestra tradición, como lo son el folklore y el tango, contaban hasta no hace mucho con el respaldo de una prosapia que las hacía incompatibles con influencias provenientes de África. Al primero se lo consideraba como una manifestación ancestral propia de las costumbres gauchas que se confundían con la leyenda fundacional de la nación. Y a la génesis tanguera se la asociaba con la mixtura entre la población suburbana porteña y el aluvión inmigratorio de entre finales del siglo diecinueve y comienzos de la siguiente centuria.
Poco costó encontrar fisuras en ambas hipótesis, al advertirse presencias africanas en ambas vertientes sonoras, en las que sin duda tuvo que ver esa mano de obra esclava que comenzó a arribar al país en tiempos de la colonia y cuyas costumbres perduraron, para irritación de los aristócratas que se esforzaban por hacerlas invisibles. Que Gabino Ezeiza haya sido un afroporteño habla a las claras de esos antecedentes proscritos: él fue el campeón de la milonga, ese estilo que está a mitad de camino entre el folklore y el tango y que marcó el arranque de la carrera de Carlos Gardel.
Pero no solo allí se detectan huellas que provienen del continente situado al otro lado del Atlántico. Así como en los Estados Unidos se ha prolongado hasta la actualidad el derrame de aquellos cantos de trabajo que se oían en los algodonales del sur esclavista, también entre nosotros es posible seguir esos rastros, hasta encontrarlos en el cuarteto, el candombe, la cumbia, el chamamé, la murga y muchos otros ritmos rioplatenses que son reivindicados como esenciales para nuestro sentido de nacionalidad, y que rezuman una procedencia africana, mezclada con otros condimentos llegados desde Europa o aportados desde los pueblos originarios.
A través de ese enlace se conciben líneas de coincidencia entre los gustos de las audiencias estadounidenses y la obra de artistas locales, que abrevan en las mismas fuentes en que se sumerge mucha de la música contemporánea de la potencia del norte. Tal vez eso permitiría ensayar una explicación para la resonancia que ha tenido en esas latitudes el reciente Tiny Desk de Milo J, quien por allá ha dejado un tendal de estupefactos, en tanto desde aquí se elevan algunas voces quejosas, que denuncian una supuesta estética de la pobreza deliberadamente asumida por el joven cantante.
Tal vez sería mejor ahondar en otras razones que pueden haber movido a Milo J para llevar esa propuesta al escritorio de la oficina de una radio pública de Washington, convertido en estudio donde figuras de todo el mundo despliegan su talento en un formato acotado. Con sólo mencionar que Milo J estuvo allí respaldado por las voces de la murga uruguaya Agarrate Catalina, advertimos una intención latinoamericanista, pero sobre todo una sociedad artística establecida a partir de un sustrato común, que no responde únicamente a la cercanía geográfica, sino además a esos ancestros negros que habitaron la región del Plata.
Esa misma impronta se cuela en la entonación vocal del propio intérprete, y en la elección de un repertorio que no oculta jamás el toque afro, incluyendo la cita chamamecera a “Puente Pexoa”, un rasguido doble compuesto por Tránsito Cocomarola. Armado de semejante arsenal, mal que les pese a muchos, Milo J ha emprendido la conquista del mercado global, sin descuidar para nada el predicamento que atesora en su tierra: las 18 nominaciones que obtuvo con su disco “La vida era más corta” para la próxima edición de los premios Gardel, demuestran que lo suyo es algo más que buenas intenciones.







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