
Heredera de la oscuridad
J.C. Maraddón
Entre todas las tendencias musicales que se adueñaron de la escena internacional en la década del ochenta, hay una que es heredera del sonido postpunk y que dio pie al surgimiento de una tribu urbana que en nuestro país tuvo un particular arraigo. Algunos la denominaron como rock gótico, por alguna semejanza que le encontraban con la espiritualidad del periodo ulterior de la Edad Media, aunque en realidad se trataba de una estética por demás pagana, aferrada a lo oscuro y lo siniestro, bajo la que subyacían individuos sensibles que se sentían oprimidos por los avatares de la vida y buscaban refugio en la música.
Bandas inglesas como Siouxsie & The Banshees, Joy Division o Bauhaus se encuadraron dentro de esa franja, en un periodo que comienza a finales de los setenta y culmina aproximadamente un decenio más tarde. Pero allí también se puede ubicar a otros referentes, como Echo & The Bunnymen, The Mission, Sisters Of Mercy o Love & Rockets, todos ellos consustanciados con cierta densidad sonora, voces quejumbrosas o de ultratumba, rostros pálidos de maquillaje negro, cabelleras desgreñadas y letras que bien podían evocar tanto películas de terror y hondas sentencias filosóficas, como desavenencias amorosas difíciles e superar.
En la Argentina de las postrimerías de la dictadura, esa ola lúgubre llegada desde lugares tan distantes prendió entre algunos adolescentes, y recién iba a convertirse en una moda cuando la desilusión con respecto a las bondades de la primavera democrática se volviera endémica un lustro después. Fue entonces cuando desde abajo aparecieron nombres como Fricción, La Sobrecarga, El Corte o Todos Tus Muertos, que digerían las influencias de los góticos del hemisferio norte y las adaptaban al gusto local, cada uno a su manera y según el criterio musical que primase al momento de componer las canciones de su repertorio.
Sin embargo, la mayor referencia extranjera de aquel movimiento que iban a tener los jóvenes argentinos sería la banda británica The Cure, liderada por Robert Smith, que con su disco “The Head On The Door” de 1985 se atrevía a coquetear con el pop después de varios álbumes más experimentales y para nada accesibles. El tema “Inbetween Days” se tornó muy popular por su difusión en las radios y abrió la puerta a legiones de seguidores. Cuando The Cure viniera por primera vez al país en 1987, varios miles de personas asistirían a su doble presentación en la cancha de Ferro Carril Oeste.
A poco de comenzado el presente siglo, se registró la persistencia de aquella ponzoña gótica, con el despertar de los “emos”, esa comunidad de chicas y chicos desangelados a los que el cambio de milenio había empujado a emular a sus pares ochentosos. My Chemical Romance, Paramore, Fall Out Boy o Panic! At The Disco aportaron canciones a la banda de sonido de esos lánguidos seres que deambulaban por las calles como almas en pena y que poblaban sus fotologs con fotos en las que imitaban el aspecto y las poses de sus pares de 20 años atrás.
Pues bien, pareciera que cada dos décadas se repite el fenómeno, si nos atenemos a lo que reflejan las más recientes actividades de Olivia Rodrigo, una de las estrellas de la última camada de la escudería Disney, que desde 2021 desarrolla una carrera solista digna de destacar. Ella acaba de publicar “You Seem Pretty Sad for a Girl So in Love”, su tercer álbum, donde la conexión que alguna vez pudo haber insinuado con los pioneros del rock gótico, se vuelve mucho más explícita y tiñe de emocionalidad el contenido de esta obra que incluye numerosos guiños al pasado.
Si en 2025 Olivia Rodrigo había sorprendido al asociarse en el escenario de Glastonbury a Robert Smith para cantar juntos clásicos de The Cure como “Friday I’m in Love” y “Just Like Heaven”, que ahora lo haya invitado a acompañarla en la grabación de “What’s Wrong With Me” confirma su necesidad de inscribirse como admiradora de ese ídolo dark. Pero su demostración de fanatismo ha ido mucho más allá: en “Drop dead”, el track que abre “You Seem Pretty Sad for a Girl So in Love”, se escuchan alusiones directas en la letra y en la música a “Just Like Heaven”.
Y por si todo esto no alcanzara para trazar el vínculo, ahí está una composición titulada directamente “The Cure”, como para que no quepan dudas de que Olivia Rodrigo se postula como depositaria de un legado que sigue encontrando receptores predispuestos a reivindicarlo. Pese al tiempo transcurrido, sobrevive en muchos la inquietud de preguntarse por cuestiones más profundas, de sentirse conmovidos ante la finitud de la existencia y de internarse en el costado oculto de la realidad. Esta joven figura estadounidense se atreve a encarnar ese sentimiento que, por lo visto, no pertenece a una época en particular.







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