Recuerdos del país que podemos ser

El inicio de un nuevo periplo mundialista nos trae a la memoria todas las cosas buenas vividas tras el título de Qatar 2022.
Nacional17 de junio de 2026Javier BoherJavier Boher
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Mientras manejo voy pensando en qué puedo escribir. El tema de Adorni ya está gastado, aunque el bastardeo al que Pagni sometió al Jefe de Gabinete merece una mención, al tratarlo de indigente cognitivo y sostener la misma sorpresa que todos al no entender cómo una persona tan poco preparada intelectualmente llegó a firmar junto con el presidente todos los actos administrativos.

También pensé en el decreto con el que Milei derogó los decretos anteriores en lo referido al proceso de selección de candidatos a jueces de la Corte Suprema. Básicamente eliminó el requisito de preguntarle a la sociedad civil sobre los candidatos antes de enviar el pliego al Senado, para sostener el esquema constitucional de que vayan a exponer una vez que el proceso ya se inició. La otra fue eliminar las cuestiones de género, especialidades y representación territorial, una moda de su tiempo que tampoco influyó tanto en la confirmación del tribunal.

También pensé en hacer algo sobre los colegios que planean dar media falta o no computar la falta por el mundial, pero ya escribí sobre algo parecido la semana pasada. Eso sí, todavía no había jugado Argentina y el mundial no había terminado de envolvernos. El Grinch futbolístico me duró hasta la tarde, cuando me cayó la ficha de que esto es algo que pasa cada cuatro años y que nadie es más feliz por resistirse a una de las pocas cosas que nos mantiene unidos como nación. Qué lindo es tener una pasión para compartir con los hijos y una ilusión de que lo que va a venir es mejor que lo que hay.

Hace cuatro años Lionel Messi podía levantar la copa después de cuatro frustraciones previas que servían de excusa para que sus detractores los consideraran menos que otras estrellas del deporte. Se puso la salida de baño negra, alzó el trofeo y la gente volvió a llorar de felicidad después de años de frustraciones, largando de adentro del pecho eso que llevábamos atragantado desde que nos enseñaron a caminar pateando la pelotita.

En la previa el mundial de Qatar 2022 tenía todo para ser el peor de la historia: restricciones para tomar alcohol y para festejar, una época extraña para jugarlo y problemas con el ejercicio de los derechos humanos en un reino árabe que sigue tratando de lavar su cara a través de los eventos deportivos.

Sin embargo, el título tan ansiado lo convirtió en uno de los mejores recuerdos de argentinidad que atesoramos los que vimos el 5-0 de Colombia en el Monumental, a Palermo errar tres penales en la Copa América, la mano de Tulio en los Juegos Olímpicos y la vuelta en primera ronda de Corea-Japón. Frustraciones apiladas una sobre otra durante décadas se derrumbaron con una demostración exagerada de esfuerzo, humildad y que el grupo está por encima de lo individual. Fue el mundial que nos convenció de que podemos ser mejores de lo que somos, mal que le pese a los que reniegan de nuestra convicción nacional de que somos los mejores del mundo en todo lo que tengamos ganas de serlo.

El título tras Qatar fue el reflejo del país que queremos ser, algo que solamente hizo infelices a un puñado de idem que cree que todo puede y debe ser politizado, como si los que se colgaron la medalla le dieran el mismo valor a una actividad que solamente los busca para tratar de ganar elecciones. Hay política en el fútbol, pero a esa pasión no le importan los colores partidarios cuando el disfrute es colectivo.

Muchos de los que se quejaron de la falta de compromiso político de los jugadores nunca hubiesen hecho el mismo esfuerzo y sacrificio que ellos para llegar a ese lugar al que tan pocas personas han llegado, historias de apoyo familiar, crisis vocacionales, pobreza y superación que los sometieron a presiones mucho más grandes que las que muchos pueden imaginar.

Pero el éxito no fue solamente de los jugadores adentro de la cancha, sino también de la gente celebrando en las calles, demostrando que la nuestra es una sociedad pacífica en la que cinco millones de personas pueden celebrar sin prender fuego autos, agarrarse a piñas en la calle o pelearse con la policía. 

En esa línea, un a de las cosas que más feliz me hacía era buscar los videos de la gente celebrando con la abuela. Lo que empezó con tres borrachos cantando alrededor de una señora mayor y sin familia se convirtió en un ritual colectivo en el que decenas o cientos de personas se sumaron para acompañarla en la celebración. Seguramente hay muchos viejos abandonados en geriátricos, pero esa pasión por encontrarse, acompañarse y compartir un destello de felicidad es lo que hace que el nuestro sea el mejor país del mundo.

Mientras manejaba y venía pensando en todo esto entendí que somos unos afortunados, que no vale la pena detenerse en las derrotas y frustraciones, sino en el ejemplo de levantarse y volver a intentarlo las veces que haga falta. Haberse sacado las anteojeras de la víctima que solamente puede ver a quién echarle las culpas de su fracaso es uno de los mayores regalos que trajo ese mundial, donde se rompieron gualichos, supersticiones, falsas creencias y todo un universo de excusas sobre por qué no podíamos demostrar todo lo bueno que tenemos. Ojalá que tras esta nota hayamos ganado el partido para volvernos a ilusionar. Y si no, vendrá bien recordar todas esas lecciones que aprendimos tras la derrota de hace cuatro años atrás.

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