
Espiando la casa de los Ingalls
J.C. Maraddón
Si algo le permitió a la televisión abierta sostenerse entre los hábitos de consumo de las nuevas generaciones en este tercer milenio, eso fue la moda de los reality shows, que durante el último cuarto de siglo ha asolado la pantalla chica con certámenes de todo tipo. Sin dudarlo, entre ellos fue “Gran Hermano” el que mejor se prestó a las apetencias de esos jóvenes que se vieron capturados por las andanzas de sus congéneres, al fisgonearlos durante las 24 horas del día en su convivencia durante largos meses en una misma casa, de la que iban siendo expulsados de modo gradual hasta consagrar un ganador.
Mientras el resto de los formatos televisivos envejecía con mayor o menor dignidad, la franquicia argentina de “Gran Hermano” iba completando un ciclo tras otro, siempre con muy buenos números de rating y una amplificación de sus principales acciones en redes sociales. La participación de los televidentes en las decisiones con respecto a quiénes se quedan y quiénes se van, resultó ser un gancho más que poderoso a la hora de garantizar la fidelidad de la teleplatea. Y las galas coronaban ese favoritismo con cifras de audiencia contra las que nadie se atrevía a rivalizar.
Lo que arrancó como una tendencia de época se consolidó a medida que pasaba el tiempo y la señal de Telefé se acostumbró a que, cada tanto, podía echar mano a este reality para reafirmar su carácter de canal preferido. Y si bien hubo una profusión de programas de similares características, a “Gran Hermano” parecía no haber con qué darle, por lo que su recurrencia se volvió un hábito entre muchos de los que encontraban en los participantes motivos para sentirse identificados, para burlarse o simplemente para espiar cuál era su actitud ante una situación determinada.
Después de más de dos décadas de vigencia, los espectadores crecieron en edad y en inquietudes, lo que obligó a operar cambios en las reglas de juego. Caras conocidas de ediciones anteriores fueron invitadas a asomarse otra vez, en tanto que algunas celebridades de la vieja guardia se incorporaron para dotar de mayor atractivo al ciclo. Fueron varios los recursos in extremis que se emplearon para mantener la flotación de ese bote salvavidas que había logrado el milagro de que la TV de aire perdurase en el contexto de una hecatombe que sacudía los cimientos del sistema tradicional de medios.
Sin embargo, así como todo llega a su fin, han empezado a tronar las trompetas del apocalipsis para esa que supo ser la más exitosa de las fórmulas probadas para que la tele no cayera en desgracia. El alerta estuvo dado por una decisión drástica de Telefé: debido al bajo nivel de encendido que venía registrando “Gran Hermano: Generación Dorada”, fue levantado el segmento “Espiando la casa” que se emite los domingos a las 17, para que en su reemplazo se programara una repetición de “Escape perfecto”, un síntoma indisimulable de que las cosas ya no funcionan como antes.
Durante los días hábiles, las métricas del reality show seguían apenas por encima de sus competidores, pero los fines de semana se había verificado una derrota que sonaba por demás humillante para el canal que desde hace años es líder en las mediciones. La gran ganadora en ese horario venía siendo la reposición de “La familia Ingalls”, una serie del oeste estadounidense protagonizada por Michael Landon que data de 1974 y que, pese a haber sido vista hasta el cansancio y ofrecer un contenido no muy acorde a este vertiginoso presente, sigue rindiendo en el rescate que ahora ha promovido El Trece.
Por supuesto, este regreso no es casual: a comienzos de julio, Netflix estrenó una nueva versión de la misma historia. También basada en los escritos de Laura Ingalls Wilder, esta renovada “Little House on the Prairie” cuenta con una primera temporada de ocho episodios y ya se asegura que pronto vendrá la segunda. Semejante espaldarazo ha sido el disparador de ese fenómeno que coloca a a aquella serie original en un sitial de privilegio en la programación televisiva actual, que busca con desesperación aferrarse a alguna chance de que su masividad no caiga por debajo de los índices que a duras penas viene manteniendo.
Lo que estos datos parecieran sugerir, es que muchos de quienes continúan mirando televisión pertenecen al segmento de los que vieron “La familia Ingalls” cuando era una novedad, y que en la ola de nostalgia promovida por la remake de Netflix, deciden regresar a las fuentes. Mientras tanto, chicas y chicos de hoy, seducidos por las bondades de TikTok, tal vez no se sientan atraídos por la enésima edición de “Gran Hermano”, ese producto que alguna vez cautivó multitudes, y que por su exagerada reiteración pierde en la competencia con las aventuras de unos colonos que forjan su destino en el far west.






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