
Europa, extremistas y democracia
Javier Boher
La primera vez que me crucé “La democracia en 30 lecciones”, de Giovanni Sartori, lo descarté al leer el índice y hojear un poco sus páginas. Me pareció superficial e insuficiente para abordar un tema tan importante como el gobierno del pueblo. El libro es de 2008, así que probablemente haya sido algunos años después que lo tuve en mis manos.
En 2020, en pleno encierro por la pandemia, con nuestras libertades cercenadas arbitrariamente y sin fundamento legal, decidí buscar algo que pudiéramos trabajar en la virtualidad con mis alumnos del secundario. Ya habíamos leído “Rebelión en la granja” y estaba buscando algo menos literario y más accesible para trabajar con ellos. En ese contexto de una democracia que parecía un poco diluida se me ocurrió buscar el libro de Sartori. Qué fácil es confundir la habilidad para explicar bien las cosas con superficialidad (quizás porque hemos naturalizado que nuestros intelectuales hablen en su jerga críptica y alejada de la gente común).
Desde entonces suelo citarlo en estas notas, porque desarrolla y encadena 30 temas que hacen al corazón de la vida democrática, con el agregado de que cada lección se explica en una cantidad de palabras similar a la de cualquiera de estas notas. Es un libro accesible, ameno y esclarecedor, que se ha convertido en parte obligada de lo que deben trabajar mis alumnos de sexto año.
A raíz de lo que ha pasado en Europa durante las últimas semanas nos hemos visto sumergidos en un debate que nos resulta algo ajeno, aunque no del todo, porque se mezclan cuestiones propias de nuestra realidad con otras que vemos como muy lejanas. Al debatir sobre estas cuestiones con algunos amigos salieron algunos intentos de explicación para la crisis política que se ve en Francia y que amenaza con extenderse a otros países.
Primero vamos por las cuestiones concretas y materiales. El Estado benefactor europeo está encontrando sus propios límites, al aumentar las demandas que no puede satisfacer. Los países tienen una tasa de natalidad baja, sistemas de seguridad social muy generosos (en cuanto a seguros de desempleo y jubilaciones) y un cúmulo de regulaciones comunitarias que dificultan la innovación e inversión. Europa crece menos que sus competidores, pero le pide al Estado que haga más cosas.
En segundo lugar hay una cuestión ideológica. Hay sectores de la sociedad que se identifican con la izquierda y buscan imponer su modelo al resto, convencidos de su moral altruista que pone al otro por delante. Hay una apelación a una ética y moral fuerte, que se entiende como una virtud frente al egoísmo individualista de la derecha. Sin embargo, dice Sartori: “la izquierda sigue siendo moralmente genuina por lo que respecta a quienes creen en ella(...), pero en su mayoría es moralmente hipócrita en sus vértices. Digámoslo así: si el poder corrompe un poco a todo el mundo, a quien más corrompe es a la izquierda cuando llega al poder”.
Quizás por esto hay una gran dificultad para llamar ultraizquierda a los que alientan el caos y la destrucción, mientras que se usa el calificativo ultraderecha para cualquiera que desafíe el status quo de la política de las últimas dos décadas. Juan Soto Ivars, un ensayista español, lo dijo claramente al señalar que le temerá a la ultraderecha cuando haya barricadas, saqueos, incendios y además los políticos de la ultraderecha lo defiendan y alienten, acaso lo que ve en la ultraizquierda francesa (y también en la nuestra, que ahora ver cosas como esas).
Hoy existe una polarización muy grande entre los extremos, con mucha gente en el medio que tiene ideas arraigadas y que defiende con firmeza, pero que no por eso significan comprar el paquete entero de unos u otros. Puestos a elegir ante una elección entre dos opciones extremas, va a elegir la que le incomode menos. En el caso de Francia, después de los disturbios más del 60% de los encuestados votaría a la ultraderecha.
Finalmente, la inmigración, un tema que pone un pie en cada lado, en lo material y lo inmaterial. Sartori desarrolla el tema del Islam, el pluralismo y el multiculturalismo. Su planteo es que una sociedad puede ser plural y diversa, pero no multicultural. Aceptar que la gente se divida según sus creencias en lugar de integrarse con sus particularidades es incompatible con la idea misma de pluralismo, por más buenas que sean las intenciones de quienes defienden tales prácticas. Esa integración es lo que Argentina hizo muy bien durante mucho tiempo, algo que no parece estar tan claro en la Europa de hoy.
En este punto, Sartori es duro al afirmar que el viejo continente atravesó un proceso de secularización que concibió un orden basado en reglas, superior al orden teológico que llevó a las guerras religiosas entre católicos y protestantes. Las sociedades islámicas siguen viviendo en la violencia, sin abrazar la democracia, porque todo su orden social y político emana de una visión religiosa.
Los que no pueden poner el ideal democrático por encima de sus creencias particulares son los que ponen en riesgo la convivencia. Ejercer el poder de negar y esconder al otro porque no coincide con nosotros es el camino al debilitamiento de la democracia, un sistema que nos exige defender nuestras ideas con argumentos válidos en lugar de basarlas en una supuesta moral superior, sea política o religiosa. El derecho a disentir y a ser respetado como minoría requiere de la aceptación del principio mayoritario de gobierno, siempre que no avance sobre la dignidad y libertad de cada uno. Los extremos de cualquier color son incompatibles con la democracia, por más buenas que sean sus intenciones.





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