Viva la casta

El problema de Argentina no está en que tenga una clase política más o menos estable, sino en que lo que hace no le sirve a nadie más que a los que gobiernan.

Nacional 17 de octubre de 2023 Javier Boher Javier Boher
2023-10-16-cristina-milei

Por Javier Boher

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A contramano de lo que hace o siente la mayoría de las personas, en mi caso los fines de semana largos son buenos para pensar. Algunas veces es un ejercicio de introspección, otras veces uno de prospección y muchas veces es sobre política. Esos días de seguir las noticias de refilón ayudan a que se asiente la polvareda y se puedan ver otras cosas.

Mientras estaba haciendo vaya a saber qué, me puse a pensar en la intención de buena parte de la política -y de la sociedad- de hacer que todo esto vuele por los aires. Ya mencionamos esa idea de que acá hemos vivido ciclos de stop-and-go y de crash-and-go, pero que la probabilidad es que esta vuelta nos toque un crash-and-stop, un quiebre económico profundo, que signifique 15% más de pobres estructurales en un contexto en el que la máquina no vuelva a arrancar después de la piña.

Así, todo lo que la sociedad está pidiendo es una ilusión. Es tan buena idea como atar el diente flojo a la perilla de la puerta para arrancarlo de golpe, una fantasía de que será un dolor intenso que rápidamente dará lugar al alivio. ¿Cuánta gente de la que alguna vez pensó en hacerlo efectivamente lo puso en práctica? Sospecho que poca.

Mientras pensaba en eso me vino una segunda reflexión, una sobre por qué tuvimos tres episodios de crash económico en los últimos 50 años, con el Rodrigazo, la hiper de Alfonsín y la brutal devaluación de la salida de la Convertibilidad que decidió Eduardo Duhalde. En contra de lo que opina Javier Milei, creo que el problema viene porque nos faltó casta política.

Está claro que hay un grupo de políticos profesionales que vive, ha vivido y vivirá del Estado. Son personas que le han dedicado la vida a ello, por lo que esperan que esa decisión les reditúe en el tiempo. La idea de Milei es que esa clase de gente es la que le ha hecho daño al país, a pesar de que son los que tienen el saber técnico específico para administrarlo.

Vamos a hacer una breve aclaración. Cuando hablamos sobre los estamentos en los que se divide una sociedad estamos hablando de estratificación social. A lo largo de la historia ha habido distinto sistemas de estratificación, como la esclavitud, el vasallaje o las clases. Dentro de estos sistemas está el sistema de castas, que significa que una persona nunca podrá entrar a o salir de un sector determinado de la sociedad. Se nace, se vive y se muere sin posibilidad de moverse a otro sector distinto. Mal que le pese a mucha gente, el capitalismo es el sistema que transformó todo eso: la sociedad de clases permite mucha más movilidad social que cualquier otro sistema.

Así, volvemos sobre la idea original. En el pensamiento de Milei, esa clase política -una casta inamovible- es la principal responsable de los problemas que tiene el país. A su entender, solamente sirve sacar a los que están y reemplazarlos por unos nuevos, un pensamiento casi infantil para una sociedad democrática. Nadie se va a ir si existen los mecanismos para que se quede; nadie podría entrar si no fuese un sistema flexible.

Uno de los aportes de Joseph Schumpeter al análisis de la democracia es la idea de “elitismo competitivo”. A su entender la democracia es un ideal imposible, y lo mejor a lo que podemos aspirar es que distintos grupos privilegiados compitan por hacerse con el control del gobierno. De ese modo, los ciudadanos apenas si pueden ser legitimadores de gobiernos en lugar de creadores.

De este modo uno de nuestros problemas es que nuestras élites políticas suelen ser más competitivas que cooperativas, de allí que sea mas difícil alcanzar consensos sobre políticas de Estado. Los pocos acuerdos que se consiguen son aquellos dirigidos a la creación de mayorías institucionales o a la elusión de los controles públicos, los que -a su vez- van haciendo más difícil la competencia posterior.

La existencia de una rivalidad entre grupos de mayor o menor tamaño nos lleva, cada tanto, a estos episodios de quiebre político, económico y social. No se tratar de ser solidarios con el que destruyó todo, pero sí de trabajar en conjunto para vitar el colapso, algo que parece no existir en este país. Ante el agotamiento de un modelo político y económico, los que tienen el poder eligen ir a fondo. Una vez agotado el tiempo, piden colaboración del resto del arco político (una estrategia para socializar las malas decisiones). Ante el colapso inminente, nadie ofrece su apoyo, sino que apuestan por ver quién va a ocupar ese lugar después. Algunos incentivan la destrucción porque se ven más cerca del poder (como el peronismo en 89 y 2001 o los libertarios en 2023) y creen que de ese modo es más fácil construir desde las cenizas. Otros apuestan a una moderación que es apenas una diferencia de estilo más que de objetivos.

Nosotros no tenemos una casta política, a pesar de que tenemos mucha gente que lleva una vida viviendo de ella. La política se puede oxigenar con nuevos ingresos, como fue el caso del kirchnerismo en 2003, el Pro desde 2013 o ahora con los libertarios. Siempre hay nuevos actores en política, a pesar de que también hay muchos que llevan décadas metidos en esto. El problema está en la competencia destructiva, que resulta de la falta de voluntad para recibir ayuda en la definición de políticas públicas y en los intentos desesperados de convocar cuando el barco ya se va a pique.

Nadie en su sano juicio puede pretender que acá haya una casta en el sentido estricto del término. Lo que sí nos vendría bien sería que dejen de pensar en las victorias particulares para ponerse a pensar en esos acuerdos elementales que le permitan a los argentinos no tener que pasar por todas las experiencias traumáticas que acumulamos con los años. La política y los políticos no van a desaparecer nunca. De lo que se trata es de que le sirva a todos.

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