Caras y caretas cordobesas

En esta nota concluye el acercamiento a la “colección Wolff” de muebles coloniales que destacaba la revista de Buenos Aires en 1904, y al médico alemán y anticuario radicado en Córdoba a fines del siglo XIX.

Cultura 29 de mayo de 2024 Víctor Ramés Víctor Ramés
Colección Dr. Wolff N° 2
Dos imágenes de la colección de Wolff en su casa, en Córdoba. 1904.

 Por Víctor Ramés

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El Dr. Jacobo Wolff, coleccionista (Segunda parte)

El texto transcripto que aquí se completa, hacía un cuadro de situación sobre la colección de muebles coloniales reunida por el doctor Jacobo Wolff en Córdoba, tras criticar lo que su autor llamaba el “degenerado culto por las cosas Luis XV”, realzando en cambio esta colección de piezas genuinas. El autor firmaba con el seudónimo “Casto Polilla”, que habría usado José S. Álvarez, más conocido por su popular seudónimo oficial: Fray Mocho. Este analizaba el contexto del centro y noroeste argentino de la época, y lo distinguía por el tipo de circulación cultural y de la riqueza propia de esa región interna, lejos de la urgencia cosmopolita del puerto. A la vez, proponía Casto Polilla, cerca de una vida lujosa (al modelo peruano y señorial) con bienes conservados por generaciones. Y, en particular, encomiaba la riqueza que contenían las viejas casonas provinciales al ojo atento del anticuario.

Los ejemplares han sido adquiridos de las antiguas familias patricias de La Rioja y de Córdoba, casi todas de origen noble, lo cual explica la existencia de obras de arte, ya traídas de la península como recuerdo de familia o ya construidas en el país por hábiles artistas ignorados. Los muebles en su mayor parte de urunday y Jacaranda, y los tapices tejidos a mano, reflejan el gusto artístico reinante en el siglo XVII.
Todos estos valiosos recuerdos de nuestro pasado han sido encontrados en los desvanes de los viejos caserones o en los conventos que en los pasados tiempos fueron tan favorecidos por la generosidad de los fieles.
La riqueza de una buena casa del interior de la república, no admitía comparación con la de una del litoral, pues aquí no se tenían por los habitantes, las nociones de lujo que legaron a sus descendientes los capitanes fundadores de pueblos.
Vajilla de plata maciza forjada a martillo, muebles costosos, finísima ropa, pinturas y esculturas, eran los renglones principales de los expedientes testamentarios de la época allí, mientras que acá los constituían las posesiones rurales. Los ricos de Buenos Aires eran unos pobretones y no deja de ser curioso comparar el mueblaje de la casa del último virrey don Baltasar Hidalgo de Cisneros, por ejemplo, con la de un mandatario de la actualidad—presidente de la república o intendente municipal — para notar las diferencias de las épocas. Al ausentarse a Montevideo la ex virreina doña Inés Gastarabide de Cisneros, encomendó a don José Santos de Inchaurregui la venta de sus muebles, cuya lista de venta copiamos:
-El coche grande con sus correspondientes guarniciones negras, vendido a don Manuel Ignacio de Molina, en $ 6123
-Unas guarniciones de tres tiros, usadas, vendidas al presidente de la Junta (Coronel Cornelio de Saavedra) . . . $ 206
-Una berlina y sus guarniciones, vendida a don José Povil $ 927

-12 sillas, 1 sofá de caoba con respaldar y asiento de damasco amarillo, Ropero de caoba con lustre, vendidos a doña Nicolasa Fritis, las sillas a $ 10 c/una, el sofá en dos onzas y el ropero en $ 60.
-El pardo Mariano, vendido a don Pedro Cerviño a $ 300.
Interesante por demás sería que la piedad coleccionista de algún émulo del doctor Wolff nos hubiera conservado cualquier cosa de estos elementos suntuarios tan valiosos en su época, y hoy apenas equivalentes, fuera del valor histórico, a la riqueza menuda de un cacique de barrio.
CASTO POLILLA.”

Significaba una valoración de la labor de Jacobo Wolff en la prensa nacional, la preservación de elementos, en este caso de la aristocracia salteña y cordobesa, con criterio histórico y de conservación, en tanto modelos para ver y apreciar el pasado. Esto ocurría en 1904, fecha de la edición de Caras y Caretas que presentaba esta buena cobertura fotográfica y tratamiento periodístico, y suponía un reconocimiento para el médico renano que había llegado a Córdoba a los 28, quince años antes. 

Un coleccionista actual, Guillermo Palombo, experto en historia militar, amplía lo expuesto en Caras y Caretas, en la revista Hilario - Artes Letras Oficio, dedicada a subastas y coleccionismo. Al referirse al mobiliario de origen español que integraban la colección de Wolff, el especialista puntualiza que el mismo, de gran calidad, “procedía por lo general de Andalucía, Cataluña, Galicia y la frontera con Portugal. Los libros de la Real Aduana y expedientes de entre 1770 y 1790 que se conservan en el Archivo General de la Nación registran el ingreso de bufetes, camas, cómodas, contadores, cornucopias, estrados con guardamecíes (revestimiento de cuero trabajado), mesas, papeleras, taburetes, etc. Por su parte, los testamentos de los poderosos revelan cómo estaba ‘colgada y aperada’ una vivienda de la época.” En cuanto a las piezas realizadas en el país, agrega Palumbo que eran “producto de la habilidad de los carpinteros locales”, y que ese mobiliario “unió la madera excelente de algunas zonas del territorio, como la del jacarandá (la Dalbergia nigra, una especie endémica del Brasil, desde las selvas del este de Bahía a Río de Janeiro); el urunday de hermosas vetas (Astronium jungladifolium, Anacardiaceae) de Corrientes, Salta o el Chaco, o el nogal de Tucumán, con las cuales se fabricaron arcas, mesas, bancos, camas llanas o con pilares, escaleras, cajas, sillas y escaños. Objetos que pronto tuvieron la competencia de los que venían del Brasil y también de Inglaterra (mesas, bargueños sillería, escritorios). Pero también cuadros, cornucopias, candeleros y arañas de plata (o de hierro) con velas, y hasta abanicos, exhibía Wolff en su domicilio particular, donde llegó a reunir 472 piezas.”

El legado de Jacobo Wolff, gracias a Deodoro Roca, entonces director del Museo Provincial de Córdoba, fue adquirido en 1916 como patrimonio de la Provincia y en la actualidad puede apreciarse en el Museo Histórico Marqués de Sobremonte, la vieja casona de esquina de Rosario de Santa Fe e Ituzaingó de esta capital.

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