
Una rebelión pochoclera
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Las rebeliones de aquellos que están sometidos a un maltrato por parte de un estamento superior, han signado los destinos de la humanidad desde los tiempos antiguos y se han constituido en una parte fundamental del relato histórico, al punto que algunas de ellas determinaron un cambio de era. Las revueltas de los esclavos que se resistían al penoso destino al que los había condenado su pertenencia a la casta más baja, abarcan un abanico que va desde el Imperio Romano hasta los pueblos originarios de América, pasando por el levantamiento de afrodescendientes en Haití a comienzos del siglo diecinueve, que derivó en la independencia de ese país.
Aunque su disparador fue la toma de la Bastilla para liberar a los presos allí recluidos, la revolución francesa es leída como una sublevación inevitable de la burguesía que, desde los albores del capitalismo, pretendía abolir los regímenes monárquicos heredados del periodo feudal. Las ideas liberales que animaban a sus ejecutores colisionaban con el despotismo de la realeza, por lo que aquel movimiento emancipador sentó las bases para la entronización no sólo de un nuevo marco jurídico y político en el ejercicio del poder, sino también para la instauración de un nuevo sistema económico a escala internacional.
La revolución rusa de octubre de 1917 llevó las cosas aún más allá, porque a partir de la doctrina elaborada por Carlos Marx y Federico Engels, lo que procuraba era eliminar el yugo que oprimía al proletariado, esa clase social nacida al amparo del desarrollo de las industrias. La prédica se extendió hacia todas las latitudes donde el capital hubiese sentado sus bases, y dio lugar tanto a luchas obreras que reivindicaban derechos laborales como a procesos revolucionarios que derrocaron gobiernos “burgueses” y los reemplazaron por instituciones de corte socialista, cuyo objetivo debía ser establecer relaciones igualitarias para la convivencia.
Más de un siglo después, el mundo actual se parece poco y nada a aquel de las postrimerías de la Primera Guerra Mundial, en especial porque los avances tecnológicos que supuestamente iban a mejorar las condiciones de vida de la gente, en muchos casos han acentuado las desigualdades y han empujado a la marginalidad a grandes sectores de la población. La utilización cada vez más acentuada de bots en la mecanización de tareas antes realizadas por seres humanos, se combina ahora con las bondades de la inteligencia artificial, para tornar innecesario del reclutamiento de aquella mano de obra que antes era fundamental.
Pero en esas masas desplazadas no se advierten por el momento atisbos de insubordinación, por lo que más bien se tiende a fantasear con algo de lo que ya había dado cuenta la ciencia ficción como una hipótesis de conflicto: que al fin sean los artefactos los que se amotinen. Entre los fantasmas que se agitan a partir de la expansión del uso de la IA, está el que presagia un alzamiento de las máquinas, cuando en su evolución terminen adquiriendo conciencia propia y protagonicen un quiebre del orden establecido, hartas de ser manipuladas a discreción.
“Estado eléctrico”, el largometraje estrenado por Netflix con Millie Bobby Brown, sería uno más de los relatos distópicos que discurren sobre una revolución encabezada por los robots, si no fuese porque insumió un presupuesto de 320 millones de dólares y reclutó para el rol principal a la estrella de la serie “Stranger Things”. Pero, además, aunque se trate de un producto pochoclero para entretenerse un rato y nada más, los directores Anthony y Joe Russo apelan a una temática que no es novedosa pero que hoy es por demás oportuna, si nos atenemos a las advertencias que lanzan ciertos expertos.







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