
Cuando la ciencia es muy interesante
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
La divulgación científica alcanzó su mayor pico de popularidad en un periodo que tal vez abarque la década del ochenta y parte de la del noventa, cuando revistas como la española “Muy interesante” vendían miles de ejemplares y estaban colgadas entre las más visibles de los puestos de venta callejeros. Observado ese fenómeno desde este presente que se aferra con desesperación a la magia y lo sobrenatural, resulta increíble que la gente común (y sobre todo la juventud) se sintiera interpelada en aquel entonces por las noticias provenientes de un ámbito tan profundo como la ciencia, si bien el tratamiento que se le daba allí intentaba ser amigable con los lectores.
Vaya a saber cuántas vocaciones se despertaron en aquellos años a partir de la lectura de esos artículos que ponían en manos de los legos los avances en diferentes áreas del conocimiento, y trasladaban a la realidad muchas de las fantasías que habían sido objeto de narraciones dentro de la ciencia ficción. Ni las mentes más afiebradas podían imaginarse cuarenta años atrás algunas de las innovaciones tecnológicas que se nos ofrecen hoy, pero aun así esas publicaciones creaban en los lectores cierta ansiedad por el advenimiento de un futuro promisorio.
La dinámica vertiginosa que adquirió el progreso en áreas como la informática, obligó hacia finales del siglo pasado a una atención constante por parte de quienes se interesaban en estas novedades. Y esa inmediatez fue garantizada por internet, que informaba en tiempo real sobre asuntos que recién semanas después iban a ser relevados por los medios impresos. Además, la costumbre de segmentar los contenidos llevó a que ese tipo de noticias quedaran recluidas a la curiosidad de los denominados “nerds”, en lugar de extender su llegada a la población en general, como había sucedido apenas un par de décadas antes.
Para los no iniciados, el cambio de milenio alentó la apelación a creencias paracientíficas como vía para entender lo que estaba pasando y para perfilar un mañana que no fuese demasiado pesimista. Se reflotaron las apropiaciones de elementos de culturas orientales, se depositó una confianza ciega en los designios del zodiaco y se menospreció la pertinencia de esos saberes que, en definitiva, habían servido como base para que el mundo pudiese evolucionar. Mientras por un lado se perfeccionaban los mensajeros instantáneos y se alumbraban los primeros atisbos de la inteligencia artificial, por otra parte se depositaban ciegas esperanzas en un destino escrito de antemano.
Quizás sea por eso que a todos ha sorprendido el éxito del emprendimiento del CONICET a través del streaming, que muestra en directo cómo es la vida en las profundidades del Cañón Submarino de Mar del Plata, donde el organismo argentino lleva adelante la campaña “Talud Continental IV” junto a la fundación internacional Schmidt Ocean Institute. Con algunos de los videos que registran las alternativas de la expedición superando el millón de visualizaciones en YouTube, debe reconocerse a esta iniciativa su enorme contribución a que personas de la más diversa extracción se asombren con los hallazgos de la biología marina.
Por supuesto, este logro tiene su costado político, en momentos en que desde el gobierno nacional se ha apostado a desprestigiar (para desfinanciar) al CONICET, donde los sueldos miserables han obligado a muchos profesionales a buscar puestos laborales en el exterior. Pero, por si eso fuera poco, esta transmisión sienta un precedente encomiable dentro de los nuevos medios, al demostrar que las imágenes del fondo del mar y sus habitantes pueden ser tanto o más atractivas para la audiencia que los contenidos habituales del streaming, como cuando “Muy interesante” competía en los kioscos con las revistas de actualidad.







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