
Caras y caretas cordobesas
Víctor Ramés
Por Víctor Ramés
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Construyendo a Leopoldo Lugones (Vigésimo Sexta parte)
Lugones venía escribiendo largamente la historia de Julio A. Roca, quien había sido su amigo y tras su muerte en 1914 se había ido desdibujando de la ideología de Lugones, que llegó a considerar al liberalismo como una perversión política hacia los años treinta e inicio de la década infame. Ese tipo de procesos era típico en la vida de Lugones, sus cambios de rumbo, por más contradictorios que fueran. El encargo de escribir la vida de Julio A. Roca, en el marco de una conmemoración, le representaba a Lugones una buena suma de dinero, pero el proyecto se le hizo cuesta arriba. No fue solo lo ideológico lo que lo demoraba, porque Lugones era un mago de las palabras y siempre hallaría la forma – su forma- de cumplir el encargo. No era una cuestión literaria, ni ideológica, en realidad. Tenía que ver con el peso de su vida. Leída desde el diario del lunes, la vida de Leopoldo Lugones, que en sí era un peso para la intelectualidad argentina y para los rotundos opositores a la entrega que hizo de su pluma a la hora de la espada, le pesaba a sí mismo, más que a nadie. Pluma como espada, esgrimida para cantar un renacimiento de la patria en la dirección contraria a los hechos históricos, que llegaban para disputar terreno al modelo autoritario.
Todo esto, en particular la escritura de la Historia de Roca, tiene que ver con el final de Leopoldo Lugones, luego de habernos empeñado en construir su historia con los rastis de fragmentos de las publicaciones de Caras y Caretas.
Es obvio que un semanario, por definición, debía tener cierta demora para contar la realidad, y así, la noticia de la muerte de Leopoldo Lugones el 18 de febrero de 1938, era publicada una semana después de que todas las lenguas y las letras se hicieran un picnic con el escritor, poeta e intelectual reaccionario.
El semanario porteño, que tanto tenía para reivindicar de las firmas de Lugones en sus páginas, desde fines del siglo anterior, debe conformarse el 26 de febrero con unas palabras prácticamente de ocasión sobre una noticia que la posteridad -por ejemplo la nuestra, tan efímera como cualquiera- volverá una vez y otra a escudriñar, un poco curiosa, un poco maligna, en torno al suicidio del vate, del poeta, del pelele enamorado que, consciente de que el repentismo de la ilusión era nada comparado con un buen vaso de whisky de recreo del Tigre, cortado con cianuro diluido en agua. A nada de eso alude Caras y Caretas, como ajena, como lejana, como secundaria, respecto al paso de Lugones a la inmortalidad.
Esto publicaba nuestro semanario de referencia:
“Con la muerte de Leopoldo Lugones pierde América a uno de sus más grandes poetas
La robusta individualidad y el inquieto espíritu de Leopoldo Lugones perdurarán en su obra múltiple, variada, contradictoria y soberbia. Una incansable sed de renovación y un incontenible afán de lanzar a los cuatro vientos las nuevas facetas de su pensamiento mutable, dieron a su labor literaria y filosófica una variedad de matices y conceptos cuyo parangón sólo podría hallarse en la obra del tornadizo —y también grande— Víctor Hugo.
El muchacho de lírico sentimiento y palabra demoledora que un día llegó de Córdoba para destacarse con luz propia en el foco intelectual que es Buenos Aires, participó de entrada en el movimiento iniciado por Rubén Darío. El siglo XIX agonizaba entre el ruidoso ajetreo renovador de aquellos vates americanos que tan profundamente influyeron en la evolución de la literatura argentina. Fue en ese núcleo de temperamentos impetuosos donde Lugones empezó a llamar la atención de nuestro mundo intelectual.
Después, su vida de hombre de letras fue una sucesión ininterrumpida de éxitos positivos. Y desde ''Las montañas de oro" hasta sus evocaciones de "Martín Fierro", pasando por "Los crepúsculos del jardín" y "Las odas seculares", se consagró, por encima de sus notables condiciones de hombre de ideas, tribuno y polemista, como un poeta de alto vuelo y recia envergadura. Tanto su poesía apostólica como la de índole plástica y descriptiva, han de perdurar en las antologías de habla española para honra de las letras argentinas. ’Caras y Caretas’, que le contó entre sus colaboradores destacados, se pliega al sentimiento unánime de dolor que su inesperada muerte ha provocado.”
Es todo -por el momento- lo que puede brindarnos la publicación hebdomadaria. Debemos rebuscarnos por otro lado para hallar algunos detalles más dramáticos del hecho, ya que somos lectores y espectadores de hoy, no los de su tiempo, somos de los que vemos miniseries de asesinatos seriales, un horror con estilo, que guardan la revelación fatal para el final, mientras que el suicidio de Lugones, más de entrecasa, precede a la noticia. Y dejaba las migajas para tantas páginas que ya intentaron, como la nuestra, vender su sustancia imaginativa en torno a la tragedia de una vida, al fin y al cabo, en un mundo tan austero que ya resulta mezquino para nuestras aplicadas épicas del trabajo, o ejemplos para un manual de procrastinación.
Lo cierto es que el lado malicioso quiere ir sentado en la barcaza de Caronte, que partió de un puerto del Delta del Tigre, rumbo a la última escena de la vida de Lugones, sentados no a su lado precisamente, pero sí lo más cerca posible de un periodista que se valió de la información “que ha logrado obtener la policía de San Fernando”, como la que guía al diario Crítica del sábado 19 de febrero de 1938, para reconstruir las últimas horas del poeta cordobés, que pueden deducirse, luego de la compra de una dosis -en apariencia mínima- de cianuro en una farmacia. Nos sentaremos tan próximos como podamos a ese periodista que a medias imagina, a medias constata el guion de los últimos momentos de Lugones.






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