
En lucha contra la indiferencia
J.C. Maraddón
Las historias de los vencedores son todas demasiado parecidas, pero funcionan porque motivan a la gente común para que confíe en que el destino tal vez le depare un momento de gloria. En esas biografías laudatorias, la mayor parte de quienes triunfan han comenzado desde abajo, con escasas perspectivas y un apoyo menguado, pero luego el esfuerzo y las circunstancias propicias han torcido ese camino y lo han convertido en una senda ascendente, cuyo último peldaño es esa consagración que llega como resultado del talento y la persistencia, de la convicción de que si se quiere, se puede, siempre y cuando se esté dispuesto a darlo todo.
Por supuesto, se trata de casos excepcionales, de ejemplos virtuosos cuya trayectoria jamás podría transformarse en regla, porque es imposible imaginar una sociedad en la que todos sean considerados los mejores en lo suyo. A la par de los héroes, que son los menos, también debe existir una infinita cantidad de personas obligadas a conformarse con una vida dominada por la mediocridad y la rutina, más allá de que alguna vez hayan soñado con destacarse del resto y obtener un reconocimiento social que los sitúe en el estrato de las celebridades donde habitan sus ídolos.
Sin embargo, pese a la sobreabundancia de esas narraciones heroicas, quizás los relatos más atractivos, los que ofrecen matices desopilantes y variaciones sin límite, sean aquellos que siguen la ruta de los perdedores, de los que lo intentaron sin suerte y tuvieron que resignarse a quedar en el anonimato. El fracaso ulterior no le resta mérito al empeño puesto en ese afán de trascendencia, y las vicisitudes que se han atravesado hasta arribar a la triste conclusión, no hacen sino agregarle condimentos a un camino sinuoso que no condujo a la meta deseada aunque dio lugar a experiencias dignas de compartir.
En esta clase de tramas, el público no encuentra modelos a seguir. Su identificación se da en el plano de advertir cómo otros tampoco consiguieron lo que se proponían, a pesar de que se la jugaron y apelaron a todos los recursos a su alcance en la prosecución de una quimera que les fue esquiva. Ese es el consuelo que brindan las semblanzas de los fracasados, y es muy factible que allí resida el motivo por el que hasta la factoría hollywoodense apela muchas veces a esos argumentos, los lleva a la pantalla y recauda fortunas de taquilla.
Como ese formato de desventuras abunda en la vida real, el repertorio de crónicas en torno a empresas decepcionantes jamás se agota, y por ende conforma una reserva a la que se puede echar mano cuando sea necesario. En la mismísima galería de los superhéroes hay algunos a los que no les sale una y terminan involucrados en pasos de comedia que los vuelven más humanos y queribles. Cuando les va bien, eso sucede por casualidad y no por las virtudes del valiente personaje que no parece tener las aptitudes necesarias para entrar en la categoría de los colosos del género.
Si nos remitimos al mundo de la música de cuarteto, asumida con parte de la esencia cordobesa, hay un cantante que se ha ganado los laureles como el más grande exponente del tunga tunga, luego de haberse iniciado desde la posición menos privilegiada. Pero si La Mona Jiménez ostenta ese reinado y se autopercibe como “el mandamás”, cabe preguntarse quién sería entonces el “manda menos”, es decir, aquel que tuvo la chance de brillar en el firmamento cuartetero y que, para su desgracia, sufrió impedimentos que obstaculizaron su carrera y lo sentenciaron a un temprano olvido.
En su libro “Alguien que recoja la palabra”, publicado por la revista Tierra Media y el sello Recovecos, Marcelo Casarin elabora un entrañable retrato de Bernardo Bevilacqua, alias el Pibe Berna, quien acuciado por problemas de salud vio truncada su carrera, cuando era líder de un cuarteto en el que hizo su debut precisamente Jiménez. La curiosidad por saber qué ocurrió con Berna, motiva a Casarin a redactar un texto conmovedor, dentro de los varios que integran este volumen donde se recopilan sus colaboraciones para Tierra Media, en la inauguración de una serie de títulos emprendida desde esa publicación virtual.
“Alguien que recoja la palabra” será presentado esta tarde desde las 18.30 en la Sala B del tercer piso del Centro Cultural de la UNC, en Obispo Trejo 314. Junto al autor, estarán Gabriel Abalos, Juan Cruz Oliver y Paula Robledo, en tanto que Julieta Casarin y Ángeles Valdez reaizarán un aporte musical a la velada. Con el ojo y el corazón puestos en Córdoba, en este libro Marcelo Casarin se aplica a remover los prejuicios propios y ajenos acerca de una ciudad cuyos héroes son por todos conocidos, pero que todavía requiere de plumas dispuestas a rescatar a quienes fallaron en su lucha contra la indiferencia general.







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